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MI UTOPIA - Capitulo 6

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MI UTOPIA - Capitulo 6

Mensaje por Jocelyn Belaqua el Lun Feb 21, 2011 10:29 pm

CAPITULO 6


Siguió dos cuadras a Calíope. siempre con los vidrios del auto en alto y bajo la mayor discreción posible.
Cuando ella llegó a la parada de ómnibus, Augusto le tocó bocina, estacionando junto a ella y bajando el vidrio.
—¿Augusto? —la sorpresa se dejaba entrever en su mirada.
—Sube, o un ómnibus terminará atropellándome. —Ella sonrió y subió.
—¿A qué hora es el concierto?
—A las siete treinta.
—Pues indícame el camino y vamos.
—Todavía no puedo creer que esto sea verdad.
—Me haces sentir un animal extraño cuando hablas así.
—Pues lo eres, porque no te has estropeado.
—¿Estropeado? —preguntó mientras seguía calle abajo buscando la dirección que Calíope había indicado.
—Que seas igual a todos, torpemente hueco, sórdidamente ignorante.
Augusto disminuyó la marcha mientras volteó a verla.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó.
—Diecinueve ¿porqué?
—Hablas como si tuvieras cien y odiaras a todo el mundo.
—Quizá es asíé pero eso no puede cambiarse.
—Nada es perpetuoé todo se modifica, tal vez cambies de opinióné ¿o te niegas esa posibilidad?
Calíope esquivó la respuesta.
—Allí es la Sinfónica Augusto.
—No trates de zafarte, contéstame.
—Hace poco me dijiste: ÒTal vez algún día te lo expliqueÓ. Pues bien, yo Òtal vez algún día te contesteÓ. Por favor, no escarbes en mi pasado.
Augusto bajó la mirada y no dijo nada más nada, de pronto sintió que ella se le escapaba de las manos y eso le dio miedoé un escalofrío le recorrió entero el cuerpo cuando tomó conciencia de aquel sentimientoé Áel jamás había tenido miedo!
—ÒMe gusta cuando callas
porque estás como ausenteéÓ
—Neruda, hay una época suya que me gusta, en el resto degeneró.
—Debe haber algo que no sepasé —el comentario de Augusto le sonó raro a Calíope.
—ÁClaro que lo hay! —ella rió— no soy perfecta ni nada parecidoé
Los acordes de la música hicieron apenas audibles sus últimas palabras, ambos se sentaron y durante una hora y media se olvidaron del mundoé
Cuando salieron de la sinfónica las mejillas de Calíope estaban sonrosadas y su rosto risueño.
Augusto se le quedó mirando, movido por una fuerza extraña que no supo ni quiso definir.
—Estás hermosa, —dijo de pronto— y esa belleza debe ser admirada.
—¿De qué tonterías hablas? —dijo tratando de disimular su rubor.
—Iremos a cenar.
—Gracias por la invitación, pero no puedo.
—¿Cómo que no? No puedes rehusarteé al menos por educacióné
—Por educación no quiero abochornarte.
—Tú jamás lo harías.
—No me hagas reir Augustoé —sonrió y los hoyuelos de siempre se formaron en su cara.
—Te lo estoy diciendo en serioé no acostumbro mentir ni bromear. —Calíope lo miró seria, como si de pronto se hubiese dado cuenta que él hablaba con la verdad— éVamos Calíope, recién son las nueve, podemos ir a que te cambies si es lo que quieresé
—No tengo la ropa apropiadaé —comenzó a decir Calíope cuando Augusto montó en cólera.
—ÁExcusas! ÁSólo me das excusas! ÁIndudablemente eres una mujer cualquiera!
—ÁTú no tienes la autoridad moral para juzgarme!é
—Yo juzgo a quien se me placeé y tú sólo eres una del montón.
—No pienso seguir escuchándote. —dijo ella dando media vuelta y llamando a un taxi.
—Pues no pienso dejarte ir sin que antes te disculpes. —mientras lo dijo asió con fuerza su brazo.
—¿Disculparme? ¿yo?é Áfuiste tú quien me insultó!
—ÁDiscúlpate!
—ÁNo lo haré!é no hice nada que lo merezca. —Trató de zafarse pero la fuerza de Augusto era demasiada.
—Suéltame. —dijo con voz más sosegada.
—No lo haréé no hiciste nada que lo merezca. —Fue su sarcástica respuesta.
—Suéltame. —Volvió a repetir ella con voz más débil pero segura.
Él no vio en sus ojos ni un vestigio de súplicaé aumentó aún más la presión movido por la cóleraéÊnadaé ni siquiera una mueca de dolor.
De pronto la soltó, como horrorizado por lo que estaba haciendo, sus dedos dejaron una huella roja en el brazo de Calíope.
Ella echó a andar calle abajo con pasos rápidos.
—ÁCalíope espera! —gritó mientras la alcanzaba— perdónameé —musitó mirándola a los ojos. Sintió que algo luchaba dentro suyo: él jamás había pronunciado esa palabra.
—Yo no soy quien para perdonarte, —respondió ella sin dejar de caminar— no es de mí de quien debes obtenerloé
—Calíope yo no quiseé
—ÁTaxi! —llamó ella sin dejarlo continuar. Se subió y lo dejó allí, parado, reprochándose y confundido al máximo.

Federico estaba sentado en el pasillo cuando Calíope llegó. Levantó los ojos del libro que leía para saludarla.
—Hola Calíopeé
—Hola. —su respuesta sonó bastante seca.
—¿Te ocurre algo?
—Nada. —respondió mientras entraba en su dormitorio.
Él comprendió que no quería hablar y siguió leyendo. De pronto se oyeron gritos en la habitacióné
—ÁEste cuarto también es mío Eliana! ÁTengo derecho a entrar en él cuando quiero!
—ÁPues no cuando lo estoy usando!
—Disculpa pero esto no es un burdelé Áy saca a ese tipo de aquí inmediatamente!
—Á¿Y si no quiero?!
—Lo saco yo.
—Intenta, y verás como todas tus porquerías vuelan por la ventana, comenzando por esos malditos libros.
—Eres una maldita perra en celoé
—ÁAl menos lo gozo tonta! —logró escucharse mientras Calíope salía hacia la calle.
Federico intentó detenerla.
—ÁDéjame!
Sin atinar a otra cosa caminó con ella, hasta que cinco cuadras más abajo Calíope se detuvo.
—Siento que hayas escuchado la discusión. —Se disculpó sin atreverse a mirarlo.
—Deberías haberla echado.
—Eliana habría armado un desastre, Doña María nos habría sacado a ambas de su casa.
—¿Y tu familia? ¿ellos no pueden ayudarte?
—Mis padres murieron cuando yo tenía seis años.
A Federico eso le era familiar, él tampoco sabía lo que era el amor de padres, pero su situación era distinta.
No quiso imaginarse el pasado de Calíope, de pronto se sintió muy poca cosa para estar al lado suyo. Se habían sentado sobre una muralla baja; pasó un par de minutos hasta que Federico volvió a hablar.
—Si quieres puedo ir yo a sacar a ese tipo.
—Noé iré a dormir a algún hotel, ya mañana veré qué hago.
—Pero es tu derecho Calíopeé
—Como lo fue vivir mi infancia, como lo es tener amigos, como lo fue tener dos padres que me amené Sí Federico, tienes razón, es mi derechoé pero no mi realidad.
Ella se levantó y revisó su cartera.
—Ve a dormir Federico, ya veré qué hacer.
—Al menos deja que te acompañe.
Ella lo miró y comprendió que su introversión era absurda, que su disfraz de autosuficiencia y seguridad se le quebraba y ya no podía evitarlo.
De pronto comenzó a sollozar como un niño, con un gemido compulsivo que le sacudía el pecho y que Federico percibió perfectamente cuando se acercó a consolarla.
—¿Por qué todo tiene que ser así? ¿Puedes explicármelo? ¿Tan mala soy que merezco castigo?
—No digas esoé tranquilízate por favoré ve a dormir y relájate.
—Ojalá no despertara másé
—No digas eso y escúchame: —la tomó por los hombros y la obligó a mirarlo— tú eres la única persona que conozco que puede evitar un desastreé sé que ahora no lo entiendes y que sólo agrego un peso más a tu espalda; pero por favor no te rindasé
—No te entiendo.
—Ni lo entenderías si te lo explicara ahora, pero prometo que te lo diré.
—Dices cosas que no alcanzo a entender y siento que sólo intentas desviar mi atención.
—Hagamos un trato, yo prometo no mentirte jamás y tú harás lo mismo, pero con la condición de que me des tiempo para decirte mi verdad y la de Augusto.
Ella lo miró y secó sus lágrimas.
—Está bien, acepto. Pero haya o no sido tu intención, lograste desviar mi preocupación.
—Eres demasiado persona para que gente como Eliana se transforme en tu verdugo. Ve a dormir, te acompañaré hasta el hotelé y recuerda que puedes contar conmigo.
—Gracias. —murmuró ella, reanudando el paso.
Antes de entrar al hotel dijo a Federico:
—Por si acaso Augusto pregunte, no le digas donde estoy.
—¿Augusto?
—Es muy probable que lo hagaé quizá él mismo te lo explique. ¿Puedes hacerme ese favor?
—Por supuestoé y ahora, descansa.

Cuando Federico llegó a la casa. Augusto esperaba en el portón de enfrente.
—Son cerca de las doce ¿dónde diablos estuviste?
—Adentro te lo explicaré.
éšú™š›šú›é™ú阛隚ó˜ú˜é—Ahora no puedoé iré más tarde.
—No la esperes, ella no vendrá esta noche.
Augusto giró y lo increpó con los ojos.
—¿Qué diantres dices?
—Calíope no vendrá hoy.
—¿Cómo sabes tú eso?
—¿Dejarás que te lo explique?
—Habla y deja de dar tantas vueltas.
—Vamos adentro, alguien puede oirnos.
Federico se sentó en la cama cuando entraron en el cuarto.
—Habla. —Volvió a decir Augusto que lo miraba de pie, con el semblante firme.
—Calíope encontró a Eliana con un hombre en su habitacióné discutieron y se fue.
—¿Dónde?
—Me pidió que no te lo dijera.
—Eso significa que estuviste con ella ¿no es cierto?é ÁTe lo prohibí!
—No podía dejar que se fuera como lo hizo, y si no la hubiera seguido tampoco sabrías nada de esto.
Augusto no le replicó más nada pero no mermó la fuerza de su mirada.
—¿Cómo ocurrió?
—Ya te lo dije: ella llegó y encontró a Eliana con un hombre.
—¿Qué hacían?
—No seas ingenuo Augusto, sabes que Eliana no es muy puritana que digamos.
—Quiero saber dónde está Calíope.
—Te repito que no quería que lo dijeraé ¿ocurrió algo entre ustedes?
—No te importa.
—Augustoé si la hubieses visto hoyé
—ÁNo te atrevas a tocarla Federico! ÁTe prohibo que la mires siquiera! ÁNo me obligues a hacértelo entender por la fuerza! —lo tomó del cuello de la camisa mientras lo sacudía.
—Te estás enamorando Augusto. —dijo, con el aire entrecortado. Él lo soltó de pronto, como si esas palabras hubiesen dado justo en su talón de Aquiles.
—No digas idiotecesé —su voz sonaba sumisa, casi como obligada.
Federico conocía a Augustoé aprovechó la oportunidad.
—¿Tú viste a Calíope hoy?
Él respondió sumiso, como un niño encontrado en falta.
—Fuimos a la sinfónica.
—¿Y luego?
—Yo había reservado una mesa en un restaurante y ella no quiso ir. Dijo que no estaba presentableé me enojé y la insultéé no me contuve, seguí insultándolaé y se fueé
Su mirada estaba distante cuando dejó de hablar. De pronto volvió a la realidad y su vista se volvió furibunda.
—ÁAlgo me pasa y no lo entiendo!
—Salió dando un portazo. Federico oyó también el portón de la calle que se cerraba. Eran cerca de la una de la mañana.

Federico tendía las camas cuando Augusto regresóé eran poco más de las seisé su aspecto delataba que no había dormido.
—¿Qué hora es? —preguntó.
—Ve a ducharteé pronto pasará Paccielle.
—Dime dónde está Calíope. —Su tono, aunque resultaba extraño, sonaba a súplica.
—Te lo diré si hoy no va a trabajar.
—No juegues Federico.
—No estoy jugandoé debo hablar con ella primeroé no quiero que la lastimes.
—ÁNo voy a hacerlo!
—Quizá lo hiciste anoche sin darte cuenta.
—No me juzgueséÊes ella quien debe hacerlo.
—Está bien, dejemos de discutir; ve y dúchate, no puedes presentarte así.
Media hora más tarde Augusto terminaba de vestirse. Federico no lo reconocía, estaba distante, preocupadoé no era élé
Subieron al auto cuando Paccielle pasó a buscarlos. También él notó extraño a Augusto. Federico habló por él:
—Se encuentra algo indispuesto, pido permiso para acompañarlo al médico esta mañana. —Él dudó un instante.
—Creo que deberíamos hablar con Don Cardone primero.
—Federico le ha explicado que no me siento bien, —intervino Augusto— si usted no puede decidir algo tan trivial, creo que ni siquiera le debo respeto.
Arturo sintió su orgullo herido en lo más profundo.
—No me hables en esos términos.
—Usted no es más que yoé ¿por qué tratarlo cómo un superior entonces?
—Los llevaré yo mismo al médicoé
—ÁOh!, mira Federico, —dijo con sarcasmo Augusto— Arturo Paccielle es nuestra niñera.
Él frenó bruscamente el automóvil.
—ÁBajen! —bramó— Ya verán cuando se lo cuente a Don Maximiliano.
—Idiota, le lames los pies como un perro fielé ve, y cuéntaselo para que te protejaé
El vehículo arrancó, dejándolos a ambos parados en la calle.
—Puede causarnos problemas. —dijo Federico.
—No importaé yo lo arreglaré de algún modoéÊy gracias por ayudarme.
—Calla, —respondió Federico sonriendo— ahora ve y compra a Calíope un bonito vestido, mándale nuevamente flores e invítala a cenaré pero invítala, no la obligues. Yo me haré cargo de la publicitaria.
—¿Crees que funcionará?
—Eso espero, al menos funcionaba en esas películas cursis que solían mostrarnos como anti-arte, ¿no?
Ambos sonrieron y cada cual tomó un taxi hacia su destino.

Eran las diez de la mañana cuando el envío de la florería llegó a manos de Calíope. Veinte rosas blancas con una orquídea salmón en el centro fueron el regalo.
Calíope leyó la tarjeta en voz baja:
ÒNechmah:
Las rosas blancas gritan perdón, sé que actué mal y te ruego me disculpes. Eres una de las plérides1é apiádate de un simple mortal.
SchahsemanÓ
Acababa de leerla cuando oyó por el intercomunicador que tenía una llamada.
—¿Sí? Holaé
—Hola Calíopeé
—¿Augusto? —preguntó ella.
—Síé ¿estás bien?
—¿Por qué lo preguntas?
—Anoche no estabas cuando lleguéé salí a buscarte y tampoco te encontré.
—¿Por qué hiciste eso?
—Quería disculparmeé me comportéé me comporté como un necio anoche.
—No te menoscabes.
—Es la verdad.
—No completamente, yo también tuve parte de la culpa.
—¿Me perdonas?
—Claro que sí.
—Si no estuviera donde estoy gritaría.
—¿Dónde estás?
—En una cabina pública.
—Y tu trabajo
—Hoy no fuié tenía que arreglar lo que desencadené anoche.
—Me siento halagadaé ni siquiera sé qué decirte.
—No hay nada más que deciré te invito a cenar hoy ¿aceptas?
—Está biené ¿dónde iremos?
—Al Restaurante Alexander.
—¿No estarás hablando en serio?
—Claro que sí y si tienes alguna excusa cuando cuelgues y regreses a trabajar descubrirás que ya no es válida. ¿Qué respondes?
—¿Podrías llamar más tarde? Me encantaría ir, pero tengo que conseguir un par de cosas antes.
—No hay problema, te llamaré a las tres.
—Está bien, hasta las tres.
Cuando Calíope entró nuevamente a su sala no comprendió muy bien lo que ocurría; una enorme caja envuelta al mejor estilo descansaba sobre una mesa, entre los dos jarrones de flores que Augusto le había enviado.
—Vamos boba, Áábrelo! es para ti. —Se adelantó a decir una de sus compañeras.
—¿Para mí?
—Áçbrela! morimos por saber qué es.
Calíope desató el moño y deshizo el envoltorio. Destapó la caja y sacó de su interior un vestido negro que dejo sin aliento a los que miraban.
—¿Puedes decirnos dónde encontraste a ese tipo?
—Te lo tenías bien escondido ¿eh?
Los comentarios de sus compañeras no significaban nada para ellaé estaba fascinada, confundida, sorprendida. Todo le parecía un sueño del que no estaba segura de querer despertar.

—ÒTeléfono para Calíope CostantinÓ —se oyó por el intercomunicador. Ella miró su reloj: las tres en punto.
—¿Sí?
—Habla Augusto ¿cómo estás?
—A decir verdad no sé.
—¿Acaso te sientes mal?
—Noé no es eso, no sé cómo en realidad me sientoé estoyé sorprendidaé
—Por favor no me asustesé lo último que quiero es haberte incidentado.
—No es esoé
—¿Aceptas mi invitación? ¿Te sienta el vestido?
—Síé y es realmente hermoso.
—Irás conmigo ¿verdad?
—Iréé —no tardó ella en decir.
—¿Dónde te paso a buscar?
—Saldré a las nueve de la facultad.
—Dame la dirección y te esperaré allí.
—Antequera esquina 25 de Mayo.
—Allí estaré.
Augusto colgó y Calíope quedó con el tubo en la mano, con una sensación extraña recorriéndola enteraé inexplicable quizá, pero grata.



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Jocelyn Belaqua
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