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MI UTOPIA - Capitulo 5

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MI UTOPIA - Capitulo 5

Mensaje por Jocelyn Belaqua el Lun Feb 21, 2011 10:24 pm

CAPITULO 5


Cuando Augusto se levantó, Federico casi acababa de vestirse. Encontró a Eliana en la puerta del baño con un babydoll transparente que no dejaba absolutamente nada librado a la imaginación.
—¿Y Calíope? —le preguntó
—Ya ha salido, ¿por qué?
—Noé por nadaé
—¿Puede saberse qué le viste?
—¿Qué le vi?é No te entiendo.
—¿Qué te gusta de esa tonta amargada y anticuada?
—Sencillamente tus desplantes de chiquilina envidiosa ya no te cuadrané por qué no te comportas como una adulta y dejas de criticar a los demás.
Eliana rió a carcajadas.
—Verás que pronto la encontrarás insípida y vendrás a míé hasta luego Augusto, nos vemos uno de estos días.
Ella entró en su habitación y él giró, sólo para encontrar a Federico a unos pasos suyos.
—Augustoé —dijo— ya que tú no quieres que hable con ella, dile que se aleje de Elianaé es una manzana podrida.
—No te quepa la menor duda de que lo haré, realmente no tengo idea de cómo la soporta.
Ajustó el nudo de su corbata y se colocó el saco cuando escuchó la bocina del automóvil de Paccielle.

Ni bien llegaron Augusto declaró:
¢¤¢¡¤¥££¥¥¡¤¡¢¤£¢¥¤ ¢¤£¢¤¡¢¥ý£E¢££¡¡—Federico, tenemos un problema con la Sra. Mierez, quiero que vayas a Administración de Personal y me traigas un informe completo de sus antecedentes.
—Está bien.
Cuando la puerta se cerró Augusto pidió una comunicación a Marcelaé
—Sr. Wunderlich, su pedido está en el teléfono. —dijo ella tras cinco minutos.
—Gracias. —contestó, mientras alzaba el tubo.— Sí, quisiera encargar una docena de rosasé sí, al Departamento de Arte y Creatividad de Publicitaria MC, Sta. CalíopeéÊsí, a cobrar en la Gerencia de Operaciones, al Sr. Wunderliché sí, está biené lo esperoé
Augusto colgaba el auricular cuando regresó Federico.
—Tiene un curriculum abultado, Augustoé ¿qué ocurre con ella?
—Recibí informaciones de que es una especie de ÒdéspotaÓ.
—¿Formalmente?é quiero decir, ¿de fuentes creíbles?
—Por supuesto.
—No me estás diciendo algo Augusto, jamás te importó el autoritarismoé tú mismo eres un déspota.
—Jamás me importó a menos que me afectara, y Òesa mujerÓ lo haceé ¿cuánto tiempo lleva en la empresa?
—Nueve años, siempre en el Departamento de Arte.
—¿Y en la jefatura?
—Cinco.
—Bien, quiero que la cites para dentro de media hora, aquí, en la oficina.
—¿Qué vas a hacer?
—Obligarla a renunciaré y si no resulta, despedirla.
—ÁAugusto!
—No te malgastesé no hay razones que dobleguen mi decisión.
—Hablas de razones para impedir una injusticia.
—No es una injusticia.
—ÁPues demonios, dime qué hizo!
Augusto atravesó la mitad de la sala, llegando hasta la silla de su escritorio, volteó para ver a Federico y tras un suspiro, dijo:
—Quiere despedir a Calíope.
Federico calmó sus ánimos de pronto.
—¿Por qué? —musitó.
—Envidiaé quiso lucirse con el trabajo de Lafayette y Calíope la desplazó.
—¿Te lo dijo ella?
—La encontré llorando ayeré regresó muy tarde anocheé
—¿Acaso ella sabe que trabajas aquí?
—No, ni lo sabrá.
—Realmente no te entiendo.
—Tengo que admitir que ni yo mismo lo hago.
La puerta se abrió y Marcela entró en la oficina.
—Traen una factura para usted Sr. Wunderlich. —dijo acercándosela.
El membrete le confirmó que se trataba de la florería.
—Quien lo trajoé ¿dónde está?
—Espera afuera señor, y pregunta si podrá algo en la tarjetaé
—Sí Marcela, alcáncemela.
Tras redactar un par de líneas despachó a su secretaria y volvió junto a Federico.
Él lo miró fijamente, con la sombra de una duda atroz en la mirada.
—¿Esas flores eran para Calíope? —se atrevió a preguntar.
—Sí.
Federico no dijo nada más, pero se preguntó a si mismo si acaso Augusto no se estaría enamorando.

—¿Es este el departamento de Arte y Creatividad? —el ramo apenas cabía entre los brazos del muchacho.
—Sí. —respondió uno de los dibujantes —¿buscas a alguien?
—La Srta. Calíope por favor.
—Tras esa puerta.
—Gracias.
El muchacho golpeó y esperó que le abrieran.
—Traigo un encargo para la Srta. Calíope.
Ella se levantó y se acercó hasta la puerta, cuando tuvo entre sus manos aquel ramo su gesto de sorpresa fue aún mayor que el de sus compañeras. Sólo la Sra. Mierez no sonrió.
ÒNechmah:
Quiera el cielo que estas rosas no se mueran de envidia al verte.
Schahseman.Ó
Las líneas de la tarjeta alumbraron las mejillas de Calíope llenándola de un rubor tibio.
—Vuelve a tu trabajo que te queda ya poco tiempo en él. —Gruñó la Sra. Mierez.
En ese instante sonó el teléfono y ella salió con mala cara de la habitación.
A Calíope no la desanimaron esas palabras, se limitó a acomodar las flores en un jarrón y volver a sus tareas pero con un brillo distinto en la mirada.
—¿Quién te las mandó?
—Un amigo.
—¿Sólo un amigo?
—Síé sólo un amigo.
Siguió tecleando una tras otra las letras que luego se dibujaban en la pantallaé Calíope tenía la vista fija en ellas, pero no las veíaé su mirada se perdía a lo lejos, en los rincones recónditos del pensamientoé

La Sra. Mierez ha llegado, señor. —La voz de Marcela sonó clara por el intercomunicador.
—Que pase.
Federico se sintió incómodo ante la situación. En un extremo Augusto, en el otro la Sra Mierezé culpable y víctima a la vezéÊverdugos amboséÊinjustos ambosé
—Buen día señora, la he llamado para comunicarle su traslado de sección.
—¿No hablará en serio?
—¿Acaso parezco mentir? ¿Tan poco serio me considera?
—Señor Wunderlich, creo queé
—No crea nada, desde mañana le corresponderá ocupar la jefatura del depósito de materiales de produccióné
—ÁNo tiene derecho a hacer eso!
—¿Derecho?é no sólo tengo derecho, también tengo la autoridad y el deber de que los empleados estén motivados.
—ÁPues su motivación me parece descalificada y negativa!
—Quizá para usted Sra. Mierezé no creo que quienes estén bajo su yugo opinen lo mismo.
—Á¿Qué insinúa?!
—Lo que quiera usted entender.
—No sabe lo que dice.
—Claro que lo séé perfectamente.
—Pues yo no soportaré esta decisión, no voy a seguir bajo el mando de un incompetente que se deja llevar por rumores sin asidero. ÁMi renuncia le llegará antes del mediodía!
Ella se marchó sin decir más, los ojos de Augusto demostraban complacencia por la victoria.
—No crees que podrías tener inconvenientes por su renuncia. —preguntó Federico.
—¿Inconvenientes de qué tipo?
—Hablo del Supremo.
—Él me puso en este gerencia y tengo la potestad de actuar dentro de mi puesto.
—Nadie te niega ese derecho Augusto, siempre que tus acciones se respalden con eficiencia y provecho para la empresa; pero quieras o no aceptarlo Calíope es una razón poco convincente para Cardone.
—Yo sé lo que hago, deja de inmiscuirte en mi vida y olvídate de Calíopeé me colma la paciencia el hecho que la recuerdes siquieraé te está vedada Federicoé haz el favor de no olvidarlo.
—Espero que no le hagas daño Augusto, porque no se lo merece.
—No quiero tocar más ese tema; debemos encontar un reemplazante para la Sra. Mierez. Llama al encargado de Personal y ordena que traigan informes sobre las personas capaces de ocupar el puesto. Luego de tener la renuncia iremos al departamento de Arte a estudiar el ambienteé
—¿Y Calíope?
—Dispone que acuda a la sección de Marketing o a algún otro ladoé no quiero que esté allí mientras estemos en el departamento.
—Lo prepararé todo para la tarde.
—Está bien.
Federico salió para cumplir las órdenes de Augusto. Él verificaba el pautaje con los medios cuando Marcela entró con un sobre.
—Lo trajo la Sra. Mierez, Sr. Wunderlich.
—Gracias Marcela.
Aquellas líneas eran el documento que ratificaba su triunfo: ÒLa presente es la presentación formal de mi renuncia como Directora Creativa del Departamento de ArteéÓ
Augusto no siguió leyendoé no le importabaé había conseguido lo que quería, como siempreé como durante toda su vidaé
Sonrió, con una mueca torcida que reflejaba hasta maldadé
—Aquí tienes Augusto, lo que ordenaste; el encargado vendrá en cinco minutos con un par de carpetas que faltan.
—Está biené veamos qué tenemos aquí.
Mientras Augusto revisaba los antecedentes, Federico lo miraba con temoré ¿acaso siempre él actuaría así?é ¿acaso lo de Calíope era también un necio capricho?é
—¿En qué piensas Federico? —fue la pregunta que lo sacó de sus cavilaciones.
—Esteeeé en nada.
—Has el favor de no mentirmeé me molesta.
—Pensaba en que jamás seré como tú. —la respuesta de Augusto no se hizo esperar.
—Eso es un hecho, tu cobardía y esa sensibilidad tonta nunca te lo permitirán.
La llegada del Encargado de Personal impidió una nueva pelea.
—Hágalo pasar Marcela, y que nadie nos moleste.
—Sí señor.
La reunión duró casi una hora, se fijaron las pautas para una elección idónea y se acordaron un par de candidatos quedando la decisión para después del almuerzo.

—Marcela —llamó Augusto— ordene que nos traigan algo para comer.
—¿Alguna preferencia señor?
—¿Qué quieres? —preguntó a Federico.
—Nada en especial.
—Cualquier cosa Marcela, lo dejo a su criterio.
—Sí señoré en seguida.
Augusto miró su relojéÊlas doce en puntoé Calíope todavía debía estar en al empresa.
Tomó el teléfono y pidió una comunicación con ella.
—¿Hola? ¿sí? —respondió alguien después de un rato.
—¿Eres tú Calíope?
—Síé ¿Schahseman?
—Soy yo.
—Gracias por las floresé son hermosas.
„É„„…É„É…†…É……„þ…_—¿Todavía no se marchitaron? —Federico lo escuchaba sin saber si tomar su forma de actuar como un vuelco de 180¼ o una de sus tantas trampas.— ¿Tu jefa no dijo nada por ellas?
—Ni te imaginas lo que ocurrió hoyé ella acaba de presentar su renuncia.
—¿Su renuncia?
—Síé todavía no asimilé bien la noticiaé y lo reconozco, por un lado la conciencia me repite que soy culpable.
—No te entiendo.
—Yo siempre desee estar fuera de su mando, ahora que mi sueño es real siento que fui egoísta.
—Eso es necioé uno mismo está sobre todas las cosas.
—En parte quizá sí, pero no cuando eso signifique dolor para otras personasé
—¿Dolor? ¿Acaso ella no te hizo lo mismo a ti?
—¿Pero no crees que si la imitara sería tan ruin como ella?
—No, no lo creoé aplicas sólo la Ley del Talión: ÒOjo por ojo y diente por dienteÓ.
—Esa ley es arcaica, y sobre todo irracional.
—Para sobrevivir la racionalidad es un elemento que se lleva a segundo plano.
—Tus comentarios suenas demasiado maquiavélicos.
—Y los tuyos me recuerdan a Gandhi y la Madre Teresa.
—No quiero discutir sobre diferencias filosóficas, cada cual tiene su óptica y sus fundamentosé ¿en paz ya Schah-seman? —lo dijo de una manera tan diplomática y convincente que Augusto rió.
—Por supuestoé
—Disculpa pero me insisten en que cuelgue, ya sabes, no son permitidas las llamadas personales.
—Está biené adiósé
—Adiós Augustoé y gracias otra vez.
Cuando colgó los ojos de él brillaban con una risita risueña. A Federico lo confundió no encontrar la consabida mueca maligna de satisfacción que él solía demostrar.
—Sr. Wunderliché —el intercomunicador sacó bruscamente a ambos de sus pensamientos. — el Sr. Maximiliano Cardone quiere verlo.
—Hágalo pasar Marcela.
Maximiliano entró y miró a los muchachos con cierta rudeza. Sin esperar invitación se sentó frente a Augusto.
—Quiero que me expliquen el despido de la Sra. Mierez. —su tono era atronador, y por lo visto requería una explicación bastante convincente. Augusto notó en la mirada de Federico cierto reproche. Sin titubeos contestó:
—La Sra. Mierez se tomaba atribuciones no acordes con su puesto señor.
—Eso no llena mis expectativas Augustoé y creo que es obvio.
—Señor, no permitiré que ninguna mujer quiera igualarme en supremacíaé y cumpliré lo que acabo de decir aún sobre su autoridad señor, o estaría violando los principios que usted mismo nos inculcó.
Maximiliano no dijo nada. Augusto siguió hablando:
—La Sra. Mierez se creía dueña de todo el Departamentoé enfrentó mi autoridad humillándome delante del resto del personalé y sólo es una mujeré ¿acaso usted no nos enseñó cuál es la única función femenina?
Maximiliano aflojó su actitud recia y su voz no sonó tan estridente como al principio, cuando dijo:
—Por lo visto, y aunque en parte me cueste aceptarlo, tienes razóné sólo que de ahora en más me gustaría que me tuvieras más al tanto de tus decisiones Augusto.
—Como ordene mi Supremo.
Tan repentina como su llegada fue su partida. Sin ningún otro comentario se levantó del sillón y salió. Federico se desplomó en uno de los sofás y suspiró aliviado.
—Yo sabía que ocurriríaé —dijo— estás jugando con algo que puede quemarte Augusto.
—Deja de decirme lo que tengo que haceré me fastidiaé lo que creas que tienes que hacer solo hazloé deja de ser cobarde al menos alguna vez.
—Yo no le llamaría cobardíaé le diría ÒcorduraÓ.
—Indudablemente no tienes pasta de líder Federicoé sólo sirves para ser uno más del ejército.
—ÁEl hecho de que no sea un maldito déspota engreído no me hace menos que tú!
—Digas lo que digas sabes muy bien que NUNCA serás como yo.
—Pues eso me satisface, puedo asegurártelo.
—ÁNecio! No soporto tu debilidad.
—ÁNi yo tu prepotencia tonta!
Federico salió dando un portazo. Augusto miró su reloj, eran más de la una. Marcela entró de pronto, trayendo el almuerzo que habían pedido hace ya rato. Miró con indiferencia la bandeja que ella dejó.
—¿Dónde está Federico, Marcela? —preguntó.
—El Sr. Rappenecker está en el pasillo señor.
—ÁDile que venga! —Marcela salió presurosa. Segundos más tarde volvió, temblando de pies a cabeza al ver el semblante de Augusto.
—El Sr. Rappenecker dice que en este momento no puede venir, que irá a arreglar todo para la visita de esta tardeé —Augusto dio un puñetazo al escritorio echando maldiciones. Marcela se obligó a continuar a pesar del miedo— élo llamará cuando todo este preparado.
—ÁLlévese esto de aquí! —gritó, señalando la bandeja.
Cuando ella salió, Augusto fue hasta el cuarto de baño y se miró en el espejo. Sus ojos semejaban dos carbones encendidos y las venas de su cuello resaltaban, notándose el latido furioso del corazón.
Bajó los ojos, dejó que el agua corriera en el lavabo y se lavó la cara. Sintió que el rostro le ardíaé que la furia lo quemaba.
De pronto sonó el teléfono.
—Augusto, todo está arreglado para que vayamos al Departamento de Arte, te espero en el ascensor. —Ni siquiera esperó a que él contestara para colgar.
—ÁMaldito!é esto no va a quedar asíé lo juroé
Todavía echando fuego por los ojos salió camino al ascensor; en la puerta encontró a Federico.
—ÁQuién diantres crees que eres para hacer lo que hiciste!
—En primer lugar no hice nada, y en segundoé —Augusto lo interrumpió.
—Á¿Cómo es posible que tengas tan poca vergŸenza?!
—Augusto, ahora estamos trabajando, arreglemos este asunto a la salida por favor.
La aparición del Jefe de Personal por el ala opuesta del pasillo evitó que la discusión terminara en riña.
Los tres subieron al ascensoré ninguno de ellos hablóé el clima estaba demasiado tenso para comentarios vanos.
Todas las operadoras a excepción de Calíope estaban trabajando; la mesa de la Sra. Mierez yacía vacía, despojada de cualquier indicio que indicara la presencia de alguien sólo unas horas antes.
—Buenas Tardes, les presento al nuevo Gerente de Operaciones y su asistente. Ellos darán una ojeada a la sección y están buscando a un reemplazante para la Sra. Mierez, que como ustedes ya saben, ha renunciado esta mañana. Me gustaría que satisfagan cualquier consulta de los señoresé —las compañeras de Calíope no escucharon nada más, aunque el discurso de presentación duró unos cinco minutos más.
Cada una de ellas estudió a Augusto y Federico de pies a cabeza. Algunas quedaron prendadas de la belleza altiva del primeo, otras del porte tiernamente infantil del segundo.
Ninguna oyó el resto del discursoé tampoco les importaba gran cosaé ambos eran demasiado apuestos como para prestar atención a una presentación de rutina.
—¿Esa máquina está libre? —preguntó Augusto fingiendo no saber nada.
—La señorita Calíope Costantin ocupa ese lugar. —contestó el Jefe de Personal. Augusto se sentó en su silla y revisó los archivos, alzó la vista para ver a Federico y descubrió que él miraba en otra dirección. Siguió su mirada sólo para descubrir el ramo de flores que esa mañana él le había enviado.
Se levantó y salió de la sala, Federico lo siguióé bastante consciente de que los suspiros que escuchó a sus espaldas no eran de alivio sino de alevosa insinuación.
La reunión con el Jefe de Personal para ultimar detalles duró poco más de una hora.
De regreso a su despacho Augusto comunicó a Federico que a partir de ese día tendrían libres los miércolesé
—¿Por qué? —preguntó él.
—Porque se lo pedí al Supremo.
—¿Cuál es el motivo?
—Eso ya no te incumbe, y deja ya de meterte en mi vida, si hoy te salvaste sólo fue por suerte.
—Quieras o no tienes que decirme qué es lo que haces o decidesé recuerda que somos un equipoé en cualquier momento nuestros argumentos pueden contradecirse y entoncesé —Augusto no lo dejó continuar.
—No me fastidiesé hablar contigo me pone de mal humor y eso es lo último que necesito hoy. Puedes irte si deseas, y haz lo que se te plazca, al menos por el resto de la tarde.
Augusto salió, como olvidado de la discusión enfermiza de aquella tarde.
Había ya dado instrucciones precisas a Marcela para que contratara un automóvil de alquiler e hiciera reservaciones en un costoso restaurante de la ciudad.



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