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MI UTOPIA - Capitulo 4

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MI UTOPIA - Capitulo 4

Mensaje por Jocelyn Belaqua el Lun Feb 21, 2011 10:20 pm

CAPITULO 4


Como de costumbre Augusto y Federico estuvieron ya en pie a las 5 AM. Tuvieron tiempo de dar su trote de las mañanas, antes de ducharse y prepararse para la llegada de Cardone.
Calíope salía hacia su oficina cuando encontró a Augusto en el pasillo. Se quedó pasmada cuando lo vio, definiti-vamente su porte era arrogante: un traje azul marino de corte perfecto, camisa blanca, corbata bordó…
—¿Dónde vas? —preguntó él.
—A trabajar.
—¿Dónde?
—Publicitaria MC.
En ese instante salió Federico, su traje beige lo volvía un niño elegante, el tono pastel lo llenaba de candidez, de simpática atracción.
Calíope sonrió al verlo.
—Ya debo irme. Por cierto, —agregó camino a la salida— están muy guapos.
Sin embargo pensó que de los dos, le atraía mucho más el estilo soberbio de Augusto que la elegancia tierna de Federico.
Minutos más tarde Paccielle entraba.
—Apresúrense, Don Cardone no dispone de tiempo para perder.
Cuando subieron al auto se les entregó un par de pasaportes falsos.
—Son primos, argentinos, nacieron en el sur… en Río Negro, de chicos emigraron al Brasil y estudiaron allí en una escuela militar, ahora han venido aquí para trabajar y seguir estudiando. Esa es la historia que repetirán a cualquiera que los interrogue sobre su pasado. Y cuidado con los detalles, sean lo menos complicados posible, pueden llegar a contradecirse ¿han entendido?
—Sí señor.
—Bien, ahora hablaremos de su empleo, ambos trabajarán en Publicitaria MC, Augusto como Gerente de Operaciones y Federico como su asistente. Los dos tienen conocimientos válidos como para ejercer los puestos, así que dejo a su cargo el resto.
Los dos guardaron sus documentos y asintieron.
En Augusto resonaban a dúo las voces de Maximiliano y Calíope: “Publicitaria MC”
Minutos más tarde llegaban al imponente edificio de la publicitaria de más renombre en el país.
Cardone los presentó al Gerente Administrativo.
—Buen día Señor Inchausti.
—¡Señor Cardone! ¿qué lo trae por aquí?
—He aquí al nuevo Gerente de Operaciones y su asistente. Le presento a Augusto Adolfo Wunderlich y Mauro Federico Rappenecker.
A aquel hombre ya cuarentón, ambos le parecieron unos jóvenes aprendices, sin embargo asintió de la mejor manera.
Cuando Cardone se hubo marchado, Augusto fue presentado al resto de los jerarcas y puesto al tanto de sus funciones.
Ya solo en su oficina llamó a Federico.
—¿Y, qué piensas?
—¿Pensar? Todo esto no me da ni tiempo a pensaré por lo pronto me siento en el centro mismo de la nada… sin tener idea de qué hacer.
—Sólo seguiré nos prueban… recuerda…
—Pues odio sentirme un conejillo de Indias
—Siento decirte que depende de ti el que mueras en el laboratorio o el que seas inmortalizado por la ciencia.
—Como siempre tú tan suspicaz.
Un golpe en la puerta cortó el diálogo.
—Adelante.
—Buen día señor, soy Marcela, su secretaria. Si necesita algo sólo llámeme.
—Está bien.
—Señor, ¿quiere que reserve lugar en algún sitio para su almuerzo?
—Noé sólo disponga que nos traigan algo liviano para comer aquí.
—Como guste, permiso.
Cuando Marcela salió la conversación se reanudó.
—¿Dónde estuviste anoche?
—En el pasillo, tomando aire fresco.
—¿Solo?
—¿Por qué lo preguntas?
—¿Solo? —repitió
—Con Calíope.
Augusto no dijo nada.
—¿Qué piensas de ella?
—¿Por qué tendría que pensar algo?
—Es la primera vez que te digo algo y no me lo rebates.
— No creo que sea el momento para hablar sobre impresiones… ella…
—Ella te confunde, como me confunde a mí ¿no es cierto?
—Es distinta a todo lo que conocemos, nada más. Nos toma de sorpresa.
—¿Porqué no admites que esa sorpresa es agradable?
Augusto giró en seco para mirarlo. Se veía enojado y confuso cuando habló:
—Deja a Calíope, Federico, déjala…
Su tono de voz sonó tenso; Federico lo conocía demasiado bien como para arriesgarse a seguir.
Esta vez fue el teléfono el que impidió que el aire de discordia perdurara por más tiempo.
—¿Hola?... sí, está bien… espero ese informe… le comunicaré en breve los resultados… perfecto… hasta luego.
Augusto, —dijo en cuanto colgó— acaba de llamar la Directora Creativa comunicándome que la cadena de Tiendas Lafayette tiene pendiente un trabajo completo de cambio de imagen y campaña publicitaria. Quiere que supervisemos ese trabajo porque es el de mayor premura actualmente y por otro lado nos enviará un informe completo de los trabajos que se están realizando en este momento.
—Perfecto. ¿Qué tal si damos una vuelta por el edificio para ubicar los departamentos?
—Como quieras.
—Marcela, —llamó Augusto por el intercomunicador— si no está muy ocupada necesito que nos sirva de guía para recorrer la empresa.
—Sí señor.
Ambos salieron y junto a Marcela bajaron hasta la planta baja.
—Aquí se encuentra el Departamento de Cuentas, hay diez ejecutivos seniors y tres juniors, la Gerencia Comercial se halla al final del pasillo y lo ejerce el Lic. Marcelo Uliarte. —tras las presentaciones de rigor continuaron con el recorrido— Aquí en el primer piso se ubican las secciones de Marketing, Medios y Producción a cargo de ustedes, en el segundo el Departamento de Arte y Creatividad cuya jefatura la representa un Director Creativo bajo el mando inmediato de la Gerencia de Operaciones por carecer en este momento de Gerente. El tercer piso está ocupado por el Departamento Administrativo y su gerente es el Lic. Luis Inchausti; por último en el cuarto piso se halla la Gerencia General a cargo del Dr. Martín Segovia, la Oficina del Director y la asesoría legal y económica liderada por el Dr. Julio Costantini.
Marcela no dejó de hablar mientras el ascensor delataba recién la llegada al segundo piso.
Al entrar, ocho mesas se dibujo llenaban la primera sala; seis de ellas estaban ocupadas en aquel momento…
—Señores, les presento al nuevo Gerente de Operaciones y su asistente… Sr. Wunderlich, estos son los diseñadores gráficos de la empresa.
Una mujer salió de pronto de una puerta lateral.
—Buenos días. —dijo, al ver a Augusto y Federico.
—Buenos días.
—Ella es la Sra. Mierez, Directora Creativa del Departamento… Sra., él es el Sr. Wunderlich, Gerente de Operaciones, y su asistente, el Sr. Rappenecker.
—Encantada… si me disculpan un momento, en unos minutos estoy con ustedes.
Se acercó a uno de los dibujantes llevándole un trabajo.
—Aquí tienes Antonio… recuerda que no debes sobrepasar los 150 mm. de base… ¿ya terminaste el trabajo del Supermercados Soler?
—Necesito una plancha de retícula y una reducción del logotipo.
—Pídele a Calíope lo que necesites… —Augusto y Federico giraron en seco al oír aquel nombre— …dile también que se apresure con las composiciones para laboratorio por favor.
A Federico aquello lo tomó realmente por sorpresa, no podía borrar de su cara el pasmo. Augusto lo disimuló mejor e invitó a la Sra. Mierez a su oficina.
Marcela siguió con el itinerario hasta que les hubo presentado a el resto de los jerarcas de la empresa. Ninguno de los dos prestó demasiada atención, las presentaciones burocráticas no eran cosa que les agradara demasiado, así que aplicaron un poco de diplomacia, estrecharon manos y oyeron una vez más los nombres de cada uno repetirse monótonamente.
Mientras volvían a la oficina ambos pensaban… Augusto en que la tenía cerca, sin poder descifrar si aquello le incomodaba o le agradaba; Federico en las palabras de Augusto que repiqueteaban en su mente: “Deja a Calíope, Federico, déjala…”
—¡Federico! —llamó Augusto por tercera vez— ¿dónde diablos estás? Deja de vivir en las nubes y atiéndeme. Calíope no debe saber que trabajamos aquí ¿has entendido?
Él lo miró, como atontado…
—¿Por qué? —se atrevió a preguntar.
—Porque “yo” lo quiero así.
Federico desvió la mirada sin decir nada.





—Señor… —se oyó por el intercomunicador— es hora de almorzar y su pedido ya está aquí ¿se lo acerco?
—Sí Marcela.
La tarde trascurrió sin mayores movimientos, fueron a la sección de marketing y trajeron todos los antecedentes de Tiendas Lafayette, ambos se concentraron toda la tarde en la estrategia de mercado y de medios que más convendría.
—Señor, Arturo Paccielle lo espera en la entrada. —la voz de Marcela irrumpió de súbito en el intercomunicador.
Augusto miró su reloj: las 5 P.M.
Ambos tomaron sus cosas y salieron. Afuera un auto blanco los esperaba estacionado frente a la puerta principal. Ni bien subieron, el vehículo emprendió el viaje hasta la casa de Cardone.
Tres profesores suyos estaban ya instalados en la casa. Cuando Augusto y Federico llegaron, Ofelia los llevó a la planta alta y les asignó dos habitaciones.
—Mientras estén aquí estos serán sus cuartos. Sus profesores los esperan a las cinco treinta en el despacho de Don Cardone, tendrán clase de estrategia. —Sin decir más nada se marchó. Tenían diez minutos para ducharse y cambiarse…

La clase de estrategia y la de lucha resultaron agotadoras; a las diez de la noche y tras una ducha fría, el chofer los llevó hasta la casa de Doña María.
Cuando el auto frenó frente al portón de entrada Calíope buscaba afanosamente la llave en su cartera.
Los tres se miraron esbozando un saludo. Calíope esquivó los ojos de Augusto hasta que sintió que alguien la tomaba del brazo.
—Hola…
—Hola. —Respondió; su voz había sonado trémula, acompañando el estremecimiento que la sacudió.
—¿Podemos hablar?
Ella no supo cómo decir que no.
—Te escucho. —Federico paso por su lado camino al dormitorio, pensando en mil palabras con las cuales interceder para no abandonarla allí… ninguna parecía lo suficientemente razonable como para actuar. Ya cuando entraba oyó la voz de Calíope.
—¿Ustedes cenaron?
—No.
—Podríamos ir a la pizzería de anoche. —invitó ella.
—Federico está muy cansado y con dolor de cabeza… él no irá.
Calíope volvió a estremecerse, Federico le daba seguridad… Augusto le causaba confusión, temor…
—¿Vamos? —dijo el tomándola nuevamente del brazo y dirigiendo a Federico una mirada que gritaba “quieto ahí”.
Caminaron una cuadra sin que ninguno hablara. Al cabo Augusto preguntó:
—¿Qué te tiene tan callada?
—Tú; —contestó ella— suena ridículo pero tengo miedo de ti.
—¿Acaso te he hecho algo?
—No es lo que hayas hecho, es… es… no sé… algo en ti que me cohíbe y me desazona y que al mismo tiempo meé —no se permitió decir lo que seguía… Hasta a ella misma la sorprendió: “…y que al mismo tiempo me gusta”.
Él la miraba fijo.
—¿Tienes hambre? —preguntó él.
—En realidad no… ¿y tú?
—Yo sólo quería hablar contigo.
—¿Algún motivo en especial? —tentó ella.
—Debe haber, sin embargo no sé cuál.
Ella se sentó en un banco de la plaza que atravesaban. Tarareó “Para Elisa” de Beethoven mientras veía las parejas que paseaban tomadas de la mano.
—¿Te gusta Beethoven?
—Sí, pero prefiero a Thaicovsky y Brahms.
—A mí también me gusta TChaicovsky, pero mi debilidad son Beethoven y Verdi.
—Realmente eres tan extraño.
—¿Extraño? ¿a qué te refieres?
—No es posible que un muchacho de tu edad sepa de música clásica y poesía.
—¿Y por qué no? También sé de pintura y de teatro y de muchísimas cosas a lo cual no le veo lo “extraño”.
Calíope miró a Augusto disimulando una sonrisa. De pronto sus palabras se suavizaban y él dejaba de ser aquel a quien ella temía. De pronto sentía que podía pasar horas hablando con él, olvidando que de a ratos su porte le recordaba al de un león furibundo y majestuoso.
—¿Por qué suele Federico llamarte “Habub Gatrafan”?
—Es mi nombre de… de combate…
—¿De combate?
—Artes marciales —respondió él, revelando una pequeña porción de la verdad.
—¿Y el de Federico?
—Al Bakuk.
—Yo lo llamé anoche As-Samet-Kamús… a ti te iría bien el nombre de Schahseman.
—¿Por qué?
—El tiempo es eterno, el viento por momentos deja de soplar humillando su arrogancia porque no es inmortal…
Augusto observó minuciosamente cada centímetro de Calíope con crítica de entendido. Ella al cabo de un rato bajó la vista, totalmente ruborizada.
— Calíope es el nombre de una musa ¿no es así?
—Correcto.
—La musa de la retórica, la elocuencia y la poesía épica ¿verdad?
—Así es.
—Hija de Mnemosina, diosa de la memoria… habitante junto a las ocho musas restantes y Apolo, del monte de Parnaso.
—Vaya… por lo visto sabes bastante de mi árbol genealógico.
—Y creo que es uno de los temas en los que podría darte clases.
—¿Es un desafío?
—Como quieras.
—Pues bien señor Mitología… ¿podría decirme usted quién fue el primer personaje mitológico, padre de todo?
—Pues Demogorgón señorita Desafío ¿acaso puede responderme quienes eran las Parcas?
—Las Parcas, que por cierto eran hijas de Demogorgón, eran tres: Cloto, quien llevaba todo a su nacimiento; Laquesis, que hilaba la vida de los hombres y distribuía los destinos y Atropo, que establecía la muerte.
—Correcto; espero tu pregunta.
—¿Cuántos ríos tiene el infierno y cómo se llaman?
—Tiene cuatro ríos y una laguna, y son Aqueronte, Flegetonte, Cócito y Estigia. Ahora dime tú cuántos hijos tuvo el averno y nómbrame al menos cinco.
—Tuvo veintiún hijos, todos ellos de su media hermana Tierra; y si la memoria no me falla fueron: Amor, Gracia, Trabajo, Envidia, Miedo, Engaño, Necesidad, Miseria, Hambre, Queja, Enfermedad, Vejez, Palidez, Tiniebla, Muerte, Caronte, Día, Éter y los últimos tres te los debo porque sinceramente no los recuerdo.
—Creo que te subestimé… una pregunta difícil para reivindicarme.
—Cuéntame la historia de la muerte de Sémele.
—Ella era hija de Cadmo y Harmonía. Estaba encinta de Júpiter y eso despertó los celos de Juno, quien con engaños la convenció de comprobar si el amor del dios era verdadero pidiéndole que yaciera con ella como lo hacía con Juno..
—…luego —continuó Calíope— Sémele hizo prometer a Júpiter que cumpliría hasta su más mínimo deseo y tras el juramento repitió la prueba de amor que le debía. Júpiter, lamentándose y comprendiendo la trampa que Juno había tendido a su rival, tomó el más pequeño de sus rayos y con él la golpeó, causándole la muerte y naciendo de su vientre un niño aún no formado…
—…que más tarde fue conocido como Baco. —agregó por último Augusto, retomando el relato que la misma Calíope había interrumpido.
—Adoro esa leyenda. —Su mirada estaba fija en la nada… vaga.
Él volvió a mirarla fijamente. Sin saber porqué, había momentos en los que no podía apartar los ojos de ella, como si algo más poderoso que él lo gobernara tiranamente.
Una pregunta lo acechó de pronto: ¿Qué hacía Calíope regresando a las diez de la noche si su turno terminaba a las seis?
—¿A qué hora sales del trabajo?
—A las seis.
—Eran más de las diez cuando llegamos. ¿dónde estabas?
—En la facultad… sigo Ciencias Económicas.
—¿Y cuál es tu trabajo en la publicitaria?
—Soy operadora de computadoras en la Sección de Diseño Gráfico.
—Puedes explicarme qué hace una estudiante de Ciencias Económicas en el Departamento de Arte y Creatividad de MC.
—Ya ves… trabaja… ¿y tú, dónde trabajas?
—Soy de la competencia —mintió— trabajo como gerente de operaciones de una pequeña publicitaria.
—Hummm… dudo eso de que sea pequeña… —Calíope miró su reloj, faltaba poco para la medianoche.— Es tarde, debo ir a dormir.
—Está bien… vámonos.
Las tres cuadras que había hasta la casa confirmaron a Calíope que Augusto era un león de estirpe, pero como todo animal, atacaba sólo por necesidad…
—Hasta mañana. —fue el saludo cuando Augusto la dejó frente a su puerta.



Temprano por la mañana, Calíope se topó con Federico en el pasillo.
—Buen día.
—Hola Calíope, disculpa que te lo pregunte, pero ¿cómo se portó ayer Augusto?
—¿Por qué?
—Suele ser un poco impertinente y soberbio, no quisiera que te molestara, no me mal interpretes, pero necesito tener algún amigo y no me gustaría perder tu amistad por culpa suya…
—No te preocupes, Augusto se comportó como un niño muy bueno ayer.
Él salía del cuarto cuando se despedían. Al verlos uno junto al otro sus ojos brillaron de furia.
Calíope le sonrió cuando lo vio y al tomar su cartera para salir se despidió de él con un:
—Hasta luego Schahseman.
Sin que pueda explicarse el porque eso le devolvió la calma. Federico notó el cambio sin poder creer que Calíope lo hubiera logrado con sólo tres palabras.
Mientras el automóvil de Cardone los conducía a la publicitaria, por la cabeza de Augusto pasaba monótonamente una de las enseñanzas de Maximiliano: “Las mujeres son un instrumento, su función es dar placer y procrearé jamás pensar. Las mujeres no son parte de la sociedad, no pueden serlo porque son nada, son entes para usar, incapaces de pensaré”
Calíope no era así, ella comprendía, sabía… pensaba.
—Augusto… Augusto… te estoy hablando…
—¿Sí?
—¿Qué te sucede? desde ayer estas raro.
—Nada…
Realmente estaba extraño, su forma de dirigirse a los demás era distinta, menos altanera, menos agresiva. Se sentía confundido, atosigado de ideas, contrariado hasta el límite.
Ni bien llegaron, Marcela les avisó que la Sra. Mierez necesitaba hablar con ellos.
—Que baje, yo también tengo algunas cosas que decirle.
Minutos más tarde la Directora Creativa golpeó la puerta y entró, traía un fajo de papeles que dejó sobre la mesa.
—Aquí están los bocetos para Tiendas Lafayette. —su tono sonaba enfadado.
Augusto los tomó y revisó cada orden de trabajo sin encontrar aquello que buscaba.
—Quiero los nombres de los que hicieron cada uno de estos trabajos.
—¿Para qué?
—No es de su incumbencia.
La Sra. Mierez apretó los puños tratando de contener la ira.
—Llevo nueve años en este lugar y jamás se procedió de esta forma… como Directora Creativa exijo que se me dé una explicación sobre la forma en que se está llevando este trabajo…
—Le pregunté algo Sra. Mierez, y como Gerente de Operaciones le exijo que me lo responda… —la voz de Augusto se contraponía a la de ella, sonaba calma sin perder su altivez, sarcástica sin caer en lo vulgar.
—Debo revisar mis notas para contestarle…
—Pues bien señora, revisaré los bocetos mientras espero su respuesta. Puede retirarse.
Ella salió dando casi un portazo. Él sonrió conforme, mientras Federico lo miraba con una mezcla rara de admiración y temor.
Marcela apareció con la lista unos quince minutos después. Augusto debió revisar varias veces los bocetos hasta encontrar las referencias que identificaban el trabajo de Calíope. sin comentarle nada a Federico colocó todos los bocetos sobre el escritorio y preguntó:
—¿Cuál te gusta más?
—Por tu cara puede notarse que tú ya has escogido ¿para qué quieres saberlo?
—Escoge y te lo diré.
—Aquel. —dijo, tras analizarlos un momento.
—¿Tienes idea de quien lo hizo?
—Ni la más mínima.
—Calíope.
Federico se acercó y estudió el trabajo, en realidad estaba bien logrado, dando un vuelco abrupto en lo que a la imagen de Lafayette se refería, tal cual lo habían establecido el día anterior cuando planearon la estrategia de marketing.
—¿Cuál procesarás?
—Justamente ese.
—¿Algún motivo en especial?
—No puedes decir que no cuadra con la estrategia que pensamos. Es el que más se acerca a lo que planeamos de acuerdo al medioé y lo sabesé así que no busques más razones, son esas y basta.
—Estás seguro que sólo es esoé
—¿Qué diablos quieres insinuar?
—Nadaé absolutamente nadaé
—Pues entonces envía de regreso al Departamento de Arte este boceto y que se procese. Da orden de que se nos remita día a día el resto de la campaña y habla con el Director Creativo sobre la estrategia de marketing para que a partir de allí realice todo.
Ni bien Federico salió, Augusto tomó el teléfono y llamó a la operadora.
—Quiero una comunicación con la Sta. Calíope del Departamento de Arte.
—Enseguida Señor ¿de parte de quién?
—Sólo comuníqueme.
—Sí señor.
Tras un par de minutos, alguien contestó el teléfono.
—¿Hola?
—Sí, ¿eres tú Calíope?
—Sí. ¿Quién habla?
—Augusto.
—¡Schahseman! a qué se debe esta sorpresa!
—No sé tenía ganas de escucharte y si te estuviera viendo es seguro que me reiría de la forma en que te sonrojas.
—¿Y cómo sabes que me ruboricé?
—Te imagino ¿qué hacías?
—Imagínalo… —respondió ella con una risita.
—Realmente eres distinta. —lo dijo como hablando sólo, con un murmullo apenas audible.
—¿Qué dijiste?
—Nada… pensaba en voz alta. ¿Hoy también tienes clases?
—Sí, sólo me salvo los miércoles y los fines de semana.
—Mañana es miércoles ¿qué harás?
—Prométeme que no te reirás.
—Lo juro.
—Todos los miércoles voy al concierto de la sinfónica de la ciudad.
—Entonces es verdad que te gusta la música clásica.
—Claro que es verdad, no acostumbro mentir.
—Calíope…¿por qué eres así?
—Así ¿cómo?
—Distinta, no cuadras dentro del prototipo de mujeres que conozco.
—Me gustaría saber porque tú y Federico se refieren a las mujeres del mismo modo. Suena despectivo.
—Tal vez algún día te lo explique.
—¿Tal vez?, eso suena a nunca.
—Te lo diré, te lo diré cuando estés preparada para aceptarlo. —Ella no contestó del otro lado del teléfono— ¿Me escuchaste?
—Sí, Schahseman
—¿Schahseman? me gusta el nombre…
—Federico me llamó Chamila-Nechmah-Marchana, pero creo que el primero no me cabe.
—¿Federico? —preguntó él; su voz se endureció de pronto. Ella lo notó.
—¿Qué te pasa? —en ese instante Federico entró a la oficina.
—Nada, sólo que acaban de traer unos cuantos papeles que debo revisar.
—Entonces te dejo trabajaré hasta luego.
—Hasta luego. —Respondió y colgó el tubo.
Clavó en Federico esos ojos de fuego de cuando la ira lo invadía. Se levantó y asió con fuerza su brazo izquierdo.
—Rompí tus dedos… si no quieres que también quiebre tu brazo deja a Calíope en pazé has entendido ¿verdad? —Federico no contestó, Augusto presionó aún más.
—No vas a lastimarla Augusto… no vas a hacerlo.
—¿Y por qué diantres ella te interesa tanto?
—Suéltame…
—Responde…
—Es una buena persona y lo sabes, no merece que le hagas daño. —Augusto lo soltó bruscamente.
—Quiero que la dejes… te prohibo que te le acerques… no quiero enterarme que le has hablado siquieraé —Salió, dejando a Federico sólo en la oficina.
—¡Diablos! odio a Augusto... lo ódio...
Se desplomó en uno de los sillones lanzando maldiciones.
—Marcela. —llamó.
—¿Sí señor?... —la voz sonaba apática por el intercomunicador.
—¿Sabe dónde fue el Sr. Wunderlich?
—No señor.
—Gracias Marcela.
Lanzó otra sarta de maldiciones mientras se paseaba nervioso por el cuarto.

Augusto salió del edificio con paso rápido; estaba nervioso y ni siquiera notó las veinte cuadras que caminó. Al regresar, aminoró la marcha, caminando pensativo, con un ir monótono y hasta cansado por momentos. A un par de cuadras del edificio de MC. se detuvo a mirarlo, la mole sobresalía entre sus pares.
—Y pensar que Calíope está allí —su comentario fue apenas perceptible— é¿por qué me comporto así?é demonios Augusto ¿qué te sucede?
El ruido de los autos ahogó su pregunta. El sol lo cegó por unos momentos cuando clavó la vista en el cielo.
—¡Augusto! —una voz lo llamó desde el otro lado de la calle. Reconoció el tono casi de inmediato.
—¿Calíope? —la vio saludándolo desde la vereda de enfrente. Cruzó apresurado sin quitarle los ojos de encima.
—¿Qué haces por aquí?
—Yo… —la pregunta lo había tomado por sorpresa— … esteee… salí a almorzar ¿y tú?
—También, de allí vengo. ¿Dónde trabajas?
—Una pequeña publicitaria a unas cuadras de aquí.
—Apuesto a que es nuestra principal competidora.
—No lo creasé te equivocasé
Ella miró su reloj. Faltaban diez para las dos.
—Debo irmeé mi jefa no está de muy buen talante hoyé
—¿Puedo acompañarte al menos?
—Ni siquiera debes preguntarlo.
Mientras caminaban Augusto inquirió:
—¿Irás mañana al concierto?
—Claroé es uno de los pocos gustos que puedo darme, no hay semana que deje de ir.
—Quiero ir también.
Calíope se detuvo y lo miró con un brillo intenso en los ojos.
—¿Te gusta Hendel?
Él no contestóé la mirabaé la miraba sin poder sacarle la vista de encima.
El rubor tiñó las mejillas de Calíope de un rojo subido.
—Debo irme… —volvió a repetir ella.
—Está bien.. que tengas un buen día.
La vió entrar apresurada al edificio. Cinco minutos más tarde, también él entró.
Al llegar a la oficina Federico estaba reunido con el encargado de la sección Marketing.
—El Sr. Wunderlich ultimará los detalles con usted, Sr. Almeidas. Augusto, —dijo— éél es el Jefe del çrea de Marketing y trae los proyectos para Tiendas Lafayette.
—Buenas tardes Sr. Wunderlich.
—Buenas tardesé
Federico se ubicó al lado de Augusto y soportó la media hora que duró la entrevista.
Al fin, cuando Almeidas se fue, él encaró a Augusto.
—¿Dónde fuiste?
—No te importa.
Federico cerró los ojos tratando de contener la rabia.
—Está bien Augusto haremos un trato… yo prometo no acercarme a Calíope si tu prometes no hacerle dañoé
—¿Bajo qué autoridad osas pedirme eso?
—Bajo la de un amigo.
—No seas hipócrita ¿quieres?
—¿Hipócrita? ¿acaso crees que puedo será algo más de ella?! te estás convirtiendo en un iluso; Calíope es dema-siado para tú y yo junto… Responde si alguna vez cualquiera de nosotros conoció a una mujer así.
—No podemos basarnos en eso… conocemos poco y nada del mundo.
—No te excuses, puedes darte cuenta por el trato con la gente que somos diferentes ¿has conocido a alguien fuera de Calíope que supiera algo de música clásica o de pintura?
El silencio contestó la pregunta de Federico.
—Habla, Augusto.
—¿A qué quieres llegar?
—Yo sólo busco su amistad… no sé tú. El trato está hecho, pero recuerda… al más mínimo dolor el pacto se rompe.
—No me amenaces.
—No es una amenaza, y tú lo sabes, sólo es un aviso.
La llamada del intercomunicador evitó el comienzo de una pelea.
—Sr. Wunderlich vienen a buscarlo a usted y al Sr. Rappenecker los aguardan en la entrada.
—Gracias Marcela.
El reloj aún no había dado las cuatro cuando partieron.
La rutina del día anterior volvió a repetirse: clase de lucha, estrategia y algo de idiomas. Tras la ducha y antes de partir, Augusto pidió hablar con Cardone.
Ya frente a él, trató de excusar su solicitud de la mejor manera posible.
—¿Querías verme Augusto?
—Sí mi Supremo, tengo una petición que hacerle.
—Está bien, habla.
—Me tomaré el atrevimiento de pedirle una especie de franco los días miércoles.
—¿Algún motivo especial?
—Deseo ir a una serie de conciertos.
—¿Sólo eso?
—Sí mi Supremo.
—¿Cómo te enteraste?
—Por medio del periódico, señor. —La mentira sonaba bastante convincente, Cardone cedió sin mayor reticencia.
—Está bien Augusto, a partir de mañana tendrán como días libres los miércoles, sábados y domingos.
—Gracias señor. —fue la escueta respuesta.
Durante el camino a la casa otra vez el silencio, Federico había vencido en la clase práctica de estrategia y eso le molestaba.
Al llegar Federico cayó rendido sobre la cama sin siquiera desvestirse. Augusto miró su reloj, las diez y diez; Calíope llegaría de un momento a otro, salió a esperarla en el portón.
Casi cuarenta minutos más tarde pudo ver la figura de Calíope, que se acercaba lentamente con pasos cortos. Él retrocedió unos pasos, hasta quedar fuera de su campo visual, dispuesto a sorprenderla cuando entrara.
Sin embargo fue él el sorprendido, Calíope tenía los ojos rojos y las mejillas húmedas por el llanto. Al toparse con él, rehuyó su mirada.
—¿Qué te ocurre?
—Nada. —dijo, intentando pasar.
Augusto le cortó el paso y la tomó por los hombros.
—Mírame y dime qué te ocurre.
Ella volvió a esquivar sus ojos, repitiendo:
—No me pasa nada, déjame ir.
—Pues no lo haré a menos que me digas la verdad.
—¿Para qué? No podrías hacer nada.
—Al menos te escucharía ¿no? Vamos Calíope. confía en mí
Ella lo miró con tristeza, dio media vuelta y fue a sentarse en el borde de la acera. Pronto Augusto se encontraba a su lado, sin tan sólo atreverse a decir alguna palabra.
Al fin dijo, como un mero comentario:
—Ensuciarás tu uniforme aquí sentada.
—No importa, quizás mañana ya no deba usarlo.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que este mundo es injusto… que soy demasiado ingenua para vivir en élé
—Contéstame Calíope —la tomó de la barbilla y la obligó a mirarlo— ¿qué te hicieron?
La fuerza de aquella mirada terminó por hacerla ceder. Bajó los párpados mientras se le escapaban dos lágrimas.
—Creo que van a despedirme.
—¿Despedirte? ¿pero por qué?
—Eso es lo peor, no hay motivo.
—¿De dónde te llegó la información?
—Me lo dijo mi jefa hoy por la tarde, y créeme que ni a mi peor enemigo le diría las cosas que ella dijo… ¿sabes qué es lo más triste?
—Noé
—Yo admiraba su carácter decidido y fuerte, tenía un aplomo gigantesco… —mientras lo decía, Calíope miraba lejos, recordando quizá tiempos pasados— …fue tan torpe su actuación de hoyé tan chiquilinamente impulsiva…
Calló, sumiéndose aún más en los recuerdos.
—Continúa. —dijo él.
—Ayer llegó un trabajo de Tiendas Lafayette, se presentaron varios bocetos y un racional por cada uno… ella misma hizo dos… todos sabíamos que uno de los suyos sería el elegido, es ella quien dispone qué se hace y qué no… —tras una pausa, ella continuó— …Hoy, poco antes de ir a almorzar la llamaron pidiéndole los bocetos… de allí regresó enojada y maldiciendo a medio mundo, gritando a voces que su antigüedad en la empresa, que su experiencia, que su jefatura… en fin. Cuando volví del almuerzo descubrí sobre mi máquina el boceto que yo había hecho. “Está aprobado” me dijo, “saca uno para procesar y luego ven que necesito hablar contigo”. Cuando imprimí el trabajo me presenté ante ella… lo único que escuché fueron maldiciones, injurias, insultos. —calló, como recordando cada una de aquellas palabras.
—¿Qué reacción tuviste?
—Primero la dejé hablar, pero después me defendí… no sé si para bien o mal… dijo que haría que me despidan.
Augusto la miró fijamente y volvió a tomarla de la barbilla.
—¿Por eso lloras?
—Quedarme sin trabajo ahora me implicaría demasiados problemas.
—Aún no contestaste
—Sí, lloro por eso.
—Pues ya no lo hagas porque nada va a pasarte hoy te dije que confiaras en mí hazlo.
—Es tan fácil decirlo.
—Sólo hazlo, y deja de preocuparte, si algo ocurriera, en menos de cinco minutos estarás otra vez trabajando y ahora, levántate de allí y ve a dormiré es ya demasiado tarde.
Ella se paró y sobre las mejillas aún húmedas se dibujaron un par de hoyuelos esbozando a una sonrisa.
—Gracias por hacerme sentir mejoré hasta mañana. —fueron las últimas palabras de Calíope aquel día.
Augusto no dijo más nada, pero aquella noche tardó algo más en dormirse; la reacción de la Sra. Mierez era comprensible, sentía envidia, el ego herido se sintió confundido, cuantas veces él sintió lo mismo por Federico esa misma tarde tras la clase de estrategia ahora él castigaría la injusticia contra Calíope, ¿pero acaso él mismo no debería entonces ser castigado?
Dejó de pensar. “Lo último que debo hacer es ir contra mi mismo”, pensó, y cerró los ojos.


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Jocelyn Belaqua
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