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MI UTOPIA - Capitulo 3

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MI UTOPIA - Capitulo 3

Mensaje por Jocelyn Belaqua el Lun Feb 21, 2011 10:17 pm

CAPITULO 3


A la hora señalada los cuatro jóvenes estaban preparados para salir. Calíope se acercó hasta el cuarto de los muchachos y llamó a la puerta.
Cuando Augusto abrió volvió a mirarla de pies a cabeza, pero esta vez ya no con ojos fríos. Ella vestía una fresca solera de verano, de un azul vivaz; él, pantalón pinzado beige con una camisa ocre tenue.
Ella también lo miró de punta a punta, cuando él suavizaba la mirada tenía rostro de niño: ojos almendra, cabello casi rubio, tez inmaculadamente blanca.
Sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo cuando le habló... tampoco su voz era la misma de la tarde, ahora sonaba más suave...
—¿Calíope verdad?
—Sí. —respondió.
—Federico, ¿estás listo ya? Apresúrate.
Eliana apareció en ese momento con un corto vestido que marcaba sus formas con una exactitud envidiable. Calíope suspiró resignada, otra vez su amiga obtendría los halagos, y las miradas, y las atenciones... una vez más.
Federico captó ese suspiro, captó la mirada de una envidia sin malicia y de un dolor oculto; la entendió, la entendió y no la censuró, sin embargo confortó a Calíope diciéndole mientras caminaban, y en voz apenas perceptible:
—Una muñeca de porcelana es hermosa... pero hueca; y lo hueco es fácil de romper. La belleza hueca ni siquiera sirve para exponerse, se quiebra y muere sin que deje huellas...
—¿Por qué dices eso?
—Tú sabes porqué.
—No te entiendo. —Dijo ella rehuyendo la conversación
—Claro que lo entiendes, tú piensas que Eliana es hermosa y que por eso...
—No lo pienso, es algo que está a la vista.
—Déjame terminar. —Ella asintió y calló— Tú también eres bella, y tienes cosas que ella no puede: elegancia, presencia... cerebro...
—No nos conocemos lo suficiente como para que afirmes eso.
—Jamás conocí una mujer capaz de pensaré
—¡Eso ya se pasa de la raya!
Eliana y Augusto giraron, tras un par de miradas inquisidoras que no tuvieron respuesta, siguieron caminando.
—No te enojes... —continuó Federico.
—No estoy enojada, sólo que nadie jamás... siempre ella... —calló, llena de un cúmulo de ideas que no podía hilvanar coherentemente.
—Calíope, en el lugar de donde vengo, nos enseñaron que las mujeres sólo sirven para dar placer y procrear hijos... —Calíope lo miró indignada pero lo dejó continuar— é las pocas mujeres que conocí me dieron también la misma imagen... no sé... eres distinta... piensas, sabes cosas... me resulta difícil definirlo.
—Pues mi cerebro que piensa y opina no pueden competir con sus caderas que se menean o sus escotes que amilanan.
—No seas necia, la belleza de Eliana es hueca, te lo demostraré, ven...
Apuraron el paso hasta ir a la par de Eliana y Augusto.
—Habub. —Llamó Federico, él se paró en seco.
—¿Qué quieres?
—No quiero molestarte pero he olvidado un poema y no puedo recordarlo... Calíope me ha dicho que soy un tonto... sólo quiero que salves mi honor camarada.
Alabar a Augusto era lo mejor que Federico podía haber hecho, sus rasgos se suavizaron...
—Adelante... dime de qué se trataba.
—Decía algo así como:
"Si yo te odiara, mi odio te daría
en las palabras rotundo y seguro"...
Augusto continuó:
—¡pero te amo y mi amor no se confía
a este hablar de hombres, tan oscuro!
Tú lo quieres vuelto un alarido,
y viene de tan hondo que ha desecho
su quemante raudal, desfallecido,
antes de la garganta antes del pecho.
Estoy lo mismo que estanque colmado
y te parezco un surtidor inerte...
—¡Todo por mi callar atribulado
que es más atroz que el entrar en la
muerte] —fue Calíope quien pronunció los dos últimos versos, sorprendiendo a todos.
—¿La conoces? —fue la pregunta de Augusto.
—"El Amor que calla", de Gabriela Mistral.
Augusto la miró confuso.
—Hoy también decías un poema cuando salí del baño...
—"Dolor", de Alfonsina Storni.
Cada vez más sorprendido, Augusto se acercó a ella.
—Augusto... —llamó Eliana.
—¿Sabes algún otro? —preguntó él sin hacer caso al llamado.
—¿Qué les parece si llegamos antes a algún lugar? —sugirió Federico.
—Hay... hay una pizzería aquí a una cuadra —balbuceó Calíope.
Sin decir palabra los cuatro comenzaron nuevamente a caminar. Ante la puerta del negocio, él volvió a preguntar en voz baja.
—¿Sabes algún otro?
Calíope comenzó, casi imperceptiblemente a recitar:
— "El mar como un vasto cristal azorado
refleja la lámina de un cielo de cinc;
lejanas bandadas de pájaros manchan
el fondo bruñido de pálido gris.
* * *
El sol, como un vidrio redondo y opaco,
con paso de enfermo, se acerca al cenit;
el viento marino descansa en la sombra
teniendo de almohada su negro clarín.
* * *
Las ondas que mueven su vientre se plomo
debajo del muelle parecen gemir.
Sentado en un cable, fumando su pipa,
está un marinero pensando en las playas
de un viejo, lejano, brumoso país.
* * *
Es viejo este lobo. Tostaron su cara
los rayos de fuego del sol del Brasil...
—...los recios tifones del mar de la china
le han visto bebiendo su frasco de gin.
* * *
La espuma impregnada de yodo y salitre,
ha tiempo conoce su roja nariz,
sus crespos cabellos de lona, su blusa de dril...
—¡Tú también te la sabes! —dijo ella.
—Sí, termínala tú por favor.
Ella continuó:
— é En medio del humo que forma el tabaco
ve el viejo, el lejano, brumoso país,
adonde una tarde caliente y dorada
tendidas las velas, partió el bergantín.

La siesta del trópico. El lobo se duerme
Ya todo lo envuelve la gama del gris
Parece que un suave y enorme esfumino
del curvo horizonte borrara el confín.

La siesta del trópico. La vieja cigarra
ensaya su ronca guitarra senil,
y el grillo preludia un sólo monótono
en la única cuerda que está en su violín.
Cuando terminó, ambos jóvenes buscaron a Eliana y Federico. Los descubrieron ya dentro del local, así que entraron.
Eliana miró a Calíope como reprochándole algo. Ella sólo bajó la mirada y se sentó al lado de Federico.
—¿Qué van a ordenar? —preguntó un mozo acercándose.
¿¾º¶¾¸••¶¯³´¬²¯¨§¬ £¥ ¡¢óé󔛝›¤««µ½ÁÂÈÿ—ÁYo quiero una súper especial de anchoas y una botella súper helada de cerveza! —Eliana como de costumbre comenzó a mostrar lo más bajo de su hilacha; en vez de parecer divertida o espontánea, sólo se vislumbraba en ella una chiquilina caprichosa y atrevida.
Sin hacer caso alguno a su arranque Augusto tomó la carta.
—¿Alguno de ustedes quiere algo en especial?
—Yo no. —respondió Federico.
—¿Tú, Calíope?
—De roquefort, por favor.
—Tres porciones de roquefort y una botella de un tinto con bastante cuerpo.
El mozo lo miró extrañado, su último pedido no encuadraba bien en aquella pequeña pizzería de barrio. Sin decir nada anotó la orden y los dejó.
A Calíope también le extrañó que pidiera vino, la mayoría de los muchachos que conocía se colmaba de cerveza sin siquiera darse tiempo para respirar.
—¿Cómo es que sabes de poesía? —preguntó Augusto.
—Sencillo, me gusta; lo que no me resulta normal es que "tú" sepas de poesía.
—¿No te resulta normal? —Augusto rió— ¿y qué tiene de "anormal"?
—No quise decir que fuera anormal, simplemente me parece raro... nunca conocí a nadie que supiera por lo menos la nacionalidad de Alfonsina Storni o Neruda...
Él no la dejó terminar:
—Alfonsina Storni, nacida en Sala Capriasca, Suiza, fue a vivir con sus padres a Argentina a la edad de cuatro años. Tuvo un hijo llamado Alfredo y se suicidó, dejándose ahogar en Mar del Plata después de saber que el cáncer que padecía era incurable.
Pablo Neruda, chileno, fue aparte de poeta, político, diplomático...
La llegada del mozo acabó con la conversación. Calíope no cabía en su asombro, mientras que Eliana estaba decididamente furiosa.
Cada cual tomó su porción en silencio. El gesto de Augusto al probar el vino fue determinante.
—Es un vino barato. —sentenció Federico.
—Más que vino parece alcohol rectificado.
—No es buen lugar para pedir un buen vino, hasta me sorprende que al menos hayan tenido este. —Calíope lo dijo disimulando una mueca de desagrado. En realidad la comparación con alcohol rectificado se quedaba en un piropo.
Por un instante ninguno de los cuatro habló. Sin saber cómo iniciar una conversación, Calíope preguntó:
—¿Cómo fue que cayeron en el hospedaje?
Federico miró a Augusto dándole a entender que le dejara a su cargo salir de la situación...
—Somos nuevos en la ciudad... pero nuestra historia es aburrida ¿qué pueden decirnos de ustedes?
—Depende, si se trata de Calíope pueden estar seguros que cualquier cosa es menos aburrida. —Eliana intentó descolocarla, abochornarla... sin embargo el disparo se le escapó por la culata.
—¿Eres siempre tan maleducada y mezquina? —preguntó Federico.
Las mejillas de Eliana se sonrojaron de ira y sus ojos brillaron como gemas perfecta atravesando a Federico como si fueran dagas.
—¡Idiotas! —gritó levantándose de la mesa y saliendo como un tifón de aquel lugar.
Calíope intentó ir tras ella; Augusto la tomó del brazo diciendo:
—Quédate. —Su tono sonaba impetuoso.
—Nadie me dice lo que debo hacer.
—He dicho que te quedes... —lo último era ya una orden, la presión sobre el brazo aumentó.
—Me lastimas —dijo ella. Federico se levantó, intentando calmar a Augusto.
—Augusto... conserva la calma, "Habub Gatrafan" es tu nombre, recuérdalo.
Él aflojó la presión sobre el brazo pero no la soltó.
—Calíope, —dijo Federico— quédate por favor, Eliana está furiosa y no lograrás nada hablándole ahora.
Ella volvió a sentarse. Tras unos minutos en los cuales nadie habló, Augusto se levantó y dijo:
—Vayámonos de aquí, no creo que hayamos dado un muy buen espectáculo.
Pagaron la cuenta y salieron. El mutismo de Calíope era total. De pronto se paró en seco; Federico y Augusto también lo hicieron.
—¿Qué sucede? —preguntó uno de ellos.
—Sucede que estoy enojada, sucede que me deben una explicación, ¡sucede que me confunden!
—No hay nada que explicar.
—¿Nada? ¿Están tan seguros? ¿A qué se refiere Federico cuando te llama Habub?
—Sólo es un apodo.
—Parecen una especie de espías llamándose por nombres secretos... Te llama Habub Gatrafan, —replicó ella— eso significa "viento arrogante" ¿o me equivoco?
—¿Cómo sabes tú eso?
—¡Diablos! ¿Acaso crees que sólo tú tienes cerebro? ¡Pues te reto a que me demuestres que estoy en inferioridad de condiciones.!
Las voces se habían vuelto gritos en la calle oscura.
—¡Basta! —dijo de pronto Federico— Creo que estamos demasiado exaltados como para continuar esto en forma civilizada.
Los tres se miraron y asintieron callados. Las dos cuadras de distancia hasta la casa parecieron una eternidad. Ninguno de ellos pronunció palabra hasta el saludo final frente al cuarto de Calíope.
—Hasta mañana.
—Hasta mañana. —fue la respuesta.
Cuando Calíope entró encontró todos sus libros desparramados en el piso. Su único tesoro eran ellos... su serenidad se hizo añicos con aquel espectáculo. Eliana estaba recostada, escuchando música en un radio personal.
—¿Qué sucedió aquí? —preguntó Calíope tratando de conservar la calma.
—Tus porquerías me estorbaban en "mi" cómoda.
—Chiquilina caprichosa y egoísta...
—No me vengas con sermones. —dijo mientras subía más el volumen para no escucharla.
Calíope salió dando un portazo. Ya en el pasillo caminó hasta el patio y se sentó en el suelo.
De repente alguien le habló:
—El piso está frío como para sentarse allí.
Ella giró asustada; Federico notó las lágrimas en sus ojos.
—No importa. —respondió ella, tratando de disimular su voz crispada.
—¿Qué te sucede?
—Nada... no es nada...
—¿Y nada es razón para llorar? —Se sentó a su lado.
—No importa... jamás ha importado... —calló, y siguió derramando lágrima tras lágrima.
Federico no supo qué actitud tomar, sólo se quedó a su lado, haciéndole compañía. Tras unos minutos ella calló, se secó las lágrimas y miró a Federico...
—Debo pedirte disculpas.
Él no la dejó continuar.
—¿Disculpas? ¿Por llorar? jamás, yo mismo salí para eso.
Calíope lo miró dubitativa. Él lo notó.
—¿No me crees acaso? —tras un instante, viendo que ella no contestaba, agregó— acabo de discutir con Augusto.
—Y yo con Eliana.
—¿Porqué?
—Cuéntame tú primero. —Él dudó, pero respondió.
—Es demasiado soberbio.
—Lo he notado.
—¿Y Eliana?
—Caprichosa... pero no sé porque se disgustó tanto hoy
—¿No lo sabes?... y es tan sencillo... —rió— ...por envidia.
—¿Envidia ella? ¿De qué?
—De ti.
—Eso no es posible, no tengo nada que ella no posea aún en mayor cantidad, al contrario, yo debería envidiarla a ella.
Federico volvió a reír.
—No tienes nada que envidiarle. Recuerda lo que te dije esta noche... recuerda el motivo de su enojo.
—Que por cierto aún no me has explicado.
—Ella estaba con Augusto y tú llamaste su atención... heriste su ego.
Calíope bajó la vista musitando:
—No lo puedo creer.
—Créelo, y no te sientas inferior a ella, eres bella, elegante... inteligente... Eliana posee sólo el primer calificativo.
—Gracias.
El silencio los envolvió nuevamente por un par de minutos.
—¿Puedes responderme algo que quiero saber desde que te vi?
—Supongo que sí.
—¿Qué te ocurrió en la mano?
Federico se sonrojó.
—Nada... me lastimé. —Su voz sonó apenas audible.
—No quieres decírmelo ¿verdad?
—Ya te lo dije, sólo me lastimé.
—Tu expresión dice que no es cierto... pero en fin, tendrás tus motivos.
Otra vez el silencio, un silencio roto sólo por los sonidos de la noche: la brisa que mecía apenas la copa de los árboles, alguno que otro grillo a la distancia.
—Calíope...
—¿Sí?
—¿Cómo sabes tú que Habub Gatrafan significa "Viento Arrogante".
Ella lo miró, con la semilla de la duda en los ojos. Suspiró y al fin dijo:
—No soy políglota pero leer te abre muchas puerta... desde que leí "Las mil y una noche" me fascinaron los nombre árabes y persas... tengo una lista larguísima de ellos...
Federico ahogó un suspiro de alivio con una sonrisa.
—¿Qué nombre me pondrías?
—As - Samet - Kamús
—¿El silencioso mar?
—Sí.
—Te gusta el mar ¿no es cierto?
—Lo adoro... es lo más hermoso que he conocido.
—Pues yo te bautizaría Chamila - Nechmah - Marchana.
—Marchana es coral... Nechmah, estrella ¿y Chamila?
—Bella.
—Conseguirás que me sonroje.
—Y te parecerá aún más al coral.
Ambos rieron.
š™í•ší“™”—Es tarde, mañana debo entrar temprano a trabajar, me iré a dormir. —dijo Calíope.
—Y yo podría hacer lo mismo, Augusto ya debe estarlo. Hasta mañana.
—Hasta mañana.
El espectáculo de sus libros en el piso ya no le pareció tan deprimente. Los levantó y acomodó en un rincón de su cama antes de dormirse.


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Jocelyn Belaqua
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