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MI UTOPIA - Capitulo 2

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MI UTOPIA - Capitulo 2

Mensaje por Jocelyn Belaqua el Lun Feb 21, 2011 10:14 pm

CAPITULO 2


Paccielle llegó al aeropuerto quince minutos antes de lo pactado. El avión particular de Cardone salía lentamente del hangar, desafiante, haciendo honor a su nombre: "El Halcón".
Arturo sintió pasos a sus espaldas y volteó a mirar; Maximiliano se acercaba rodeado de sus tres guardaespaldas, con andar fuerte y seguro. Su porte hablaba claramente de la elegancia de su vida y del estilo nato de las personas finas; ni siquiera aparentaba los cincuenta años que ese día cumplía, muy al contrario, su físico se confundía con cualquiera del de los hombres de su guardia personal. Su metro noventa y dos y su espalda atlética hablaban por sí solos.
—Buen día Paccielle, veo que su puntualidad es buena...
—Buen día señor, y gracias.
—Desde hoy me llamará sólo Don Maximiliano, recuerde el puesto que ocupa ahora... recuerde que soy Maximiliano Cardone y por sobre todas las cosas no tolero que mi nombre se asocie con la debilidad... ese "señor" suena demasiado sumiso Arturo ¿ha comprendido?
—Perfectamente Don Maximiliano.
—Así me gusta, subamos, el viaje no debe retrasarse.
Fue un vuelo sin dificultades, relativamente corto, en el cual ninguna palabra se escapó de los labios de aquellos hombres, haciendo que el par de horas que estuvieron en el aire parecieran aún más.
—Solicito permiso para aterrizar base, aquí "Halcón" —dijo de pronto el piloto.
—Aquí base ¿cuál es su clave?
—Halcón 61292
—Permiso concedido Halcón, puede aterrizar en la pista número ocho.
—Entendido base, cambio y fuera.
Minutos más tarde el avión se deslizaba suavemente por tierra, después de haber llegado a su destino, la base principal de la operación “Israfil”, en el centro mismo de la selva amazónica.
Paccielle intentaba disimular su sórdida sorpresa y confusión. A sus pies, más de veinte mil rostros se alineaban en perfecta formación de escuadra. Cardone murmuró satisfecho: “Perfecto… casi perfecto”.
—Bienvenido señor —dijo un hombre acercándose.
—Gracias Comandante T.C., le presento a Arturo Paccielle, el hombre que tan insistentemente me estaba pidiendo.
Arturo tendió la mano en son de saludo, y el uniformado llevó una mano a la frente con el clásico saludo militar. Paccielle se sintió ridículo y bajó su mano musitando un breve: "A sus órdenes".
Sin preocuparse por parecer cortés el Comandante volvió la vista hacia Cardone y habló:
—Señor, tenemos preparado un agasajo en su honor. Por favor, síganme; en primer lugar disfrutarán de una competencia de artes marciales.
Los tres hombres y los guardaespaldas de Maximiliano, atravesaron el área de aterrizaje y más tarde el pasillo central, introduciéndose en la gran mole de la fortaleza principal. Tras ellos, entraron ordenadamente todos los demás, sin más ruido que el sonido acompasado de los pies al caminar.

Pese a lo que puede suponerse Augusto no estaba nervioso ni tenso, vistiendo su uniforme de lucha observaba las demás peleas con una seguridad absoluta. Su combate sería el último... el más esperado.
Su nombre retumbó de pronto en los parlantes. Se levantó y avanzó hacia el centro del cuadrilátero. Miró fijo a su contrincante, más que nunca se sintió decidido a vencerlo... él era su oponente eterno, con él competía por sobresalir en clases, por ejecutar el piano, por ganar en todo... Él lo odiaba... sin que en realidad hubiera motivo para ello.
Mientras oía las reglas que ambos conocían de memoria, se lo dijo:
—Te odio Federico, juro que te venceré.
Él no contestó, sólo le devolvió la mirada y musitó un sincero ÒSuerteÓ.
El combate terminó rápido, indudablemente Augusto era bastante superior.
—Eres débil... —murmuró Augusto sonriendo. Federico bajo los ojos en señal de derrota y se hincó ante él extendiendo la mano, presto al castigo recibido, según el reglamento, por todo perdedor.
Como una acelerada película pasaron por la mente de Augusto las veces que ambos habían competido por mil y un motivos... los ojos le brillaron cuando miró a Federico y rompió de un golpe dos dedos de su mano izquierda… signo inconfundible de los perdedores dentro de la organización.
Una hurra atronadora bulló en todo el estadio hasta que el Comandante T.C. se levantó y con un ademán ordenó silencio.
—He aquí nuestro campeón, Supremo. —dijo, dirigiéndose a Cardone.
—Felicito al campeón y requiero su presencia para un reto.
Augusto se acercó con el semblante decidido y firme ante la mirada de todos sus camaradas.
—Aquí estoy Supremo, presto a vuestro desafío.
— ¡Héctor! —llamó Cardone a uno de sus guardaespaldas— …prepárate para el combate…
Instantes más tarde ambos se debatían en el ring, dando muestras de una técnica perfecta y unos sentidos cien por ciento atentos... Seis minutos bastaron para definir la lucha, Héctor cayó a los pies de Augusto, con un grito de dolor.
Cardone fue el primero en aplaudir, y tras él, las más de veinte mil almas del recinto también lo hicieron.
—Acércate Augusto —dijo Maximiliano cuando los ánimos de la multitud se aquietaron un poco.
Él avanzó, empapado de sudor, con el labio sangrante y el andar un poco trémulo.
—Has vencido a mi campeón, y por ende mereces que se te bautice desde ya con tu nombre de combate... —Augusto abrió los ojos azorado, el bautizo colectivo se haría recién dos meses después, bautizarlo ahora constituía un gran honor— ... y serás tú mismo quien escoja el nombre...
—Señor... —musitó imperceptible— yo...
—Vamos, escoge, es tu premio y lo mereces.
El silencio fue absoluto hasta que Augusto pronunció:
—Habub Gatrafan.
Todos se miraron entre sí... indudablemente el nombre sonaba soberbio, sin embargo, era su real descripción.
—Escoges bien muchacho, por lo visto no me he equivocado.
Sin decir más, volvió a sentarse y ordenó: "¡Que el agasajo continúe!"; a lo que el Comandante T.C. respondió con un "Así sea"

Parte del grupo se movilizó hasta el auditorio principal, donde se disponía un concierto en honor a Cardone.
—¿Desea escuchar algo en especial, Supremo?
—Me agradarían el vals del Emperador y Las Danzas Húngaras para comenzar.
—Lo que desee.
Los acordes rítmicos inundaron el salón. Maximiliano sentía pasión por la música clásica, pasión por todo lo que él llamaba cultura: el teatro, el ballet, la pintura...
Augusto estaba embrujado por la música cuando sintió que alguien tocaba su hombro. Sobresaltado, giró y vio al jefe de su pabellón.
—Ven un momento —le dijo. Él lo siguió, acostumbrado a no pedir explicaciones, sin siquiera suponer que desde aquel día, dejaría de ser uno más del montón, haciendo verdadero honor a su nombre de combate.
Se sorprendió cuando vio que Cardone lo esperaba en el cuarto al que lo condujeron. No se atrevió a hablar pero mantuvo la mirada firme, sin dejar entrever sus emociones... Maximiliano sonrió para sus adentros... en Augusto se veía a sí mismo... y esa visión lo regocijaba porque así se completaría su eterno sueño, el que quizá ya no vería porque los años se suceden demasiado rápido cuando la vejez se acerca.
—Muchacho —dijo— he de confesarte que desde que eras niño he puesto los ojos en ti para un proyecto que cambiará al mundo... afortunadamente no me equivoqué… tienes la casta de los ases... —calló un instante, mientras indicaba a sus guardaespaldas que se retiraran— é Tú, como todos tus camaradas no han conocido más que esta fortaleza, han aprendido aquí todo lo que saben y están esculpidos en la forma en que la humanidad debería estarlo, son inteligentes, cultos, fuertes, virtuosos... Ustedes son el ejército que impondrá en el mundo un nuevo régimen, un régimen en el que la ignorancia no tendrá cabida y deberá ser desterrada... pero todo ejército debe tener un general, un líder que lo guíe con carisma, temperamento y decisión. Ese hombre, si pasas mi última prueba, serás tú.
Augusto se estremeció, un calor endemoniado le recorrió el cuerpo sin que pudiera describir de qué se trataba.
Maximiliano no se percató y siguió hablando:
—La prueba que debes pasar es enfrentarte al mundo real, el que está fuera de estos muros y que sólo conocen por libros, fotos y películas... Supongo que debes entender poco y nada de lo que digo, pero no te preocupes, sobre el paso las cosas se te tornarán increíblemente claras. —un golpe en la puerta cortó la alocución de Maximiliano— Adelante —dijo.
—Permiso mi Supremo, aquí le presento la persona de la cual le hablé... —Tímidamente, tras la figura del Comandante T.C., apareció Federico.
—¿Cuál es su nombre? —inquirió Cardone
—Mauricio Federico —fue la respuesta metálica de T.C.
—¿Él es su escogido Comandante?
—Así es mi Supremo.
—Está bien, será también puesto a prueba —giró para ver nuevamente a Augusto y prosiguió— é Han sido elegidos para mi última prueba, he de ser sincero y decir que sólo había escogido a uno de ustedes, pero el Comandante T.C. ha tenido razón en sugerir otro candidato... nuestro plan no puede fallar y depender de una sola persona podría resultar muy peligroso...

Augusto miró la mano vendada de Federico y volvió a degustar el sabor de su victoria, sabía además que él era el elegido de Cardone y una sensación de supremacía le llenó íntegro el cuerpo.
Federico en cambio no apartó sus ojos del piso, su rostro traslucía confusión, duda… miedo.
—Ambos vendrán conmigo ahora —continuó Maximiliano— preparen sus pertenencias... sólo lo básico, yo les proveeré de lo necesario. Los espero dentro de quince minutos en la pista de aterrizaje.
—Sí señor. —fue la respuesta unánime.
—Un momento —agregó— debemos bautizarte a ti también con tu nombre de combate. Augusto, tú lo venciste, te corresponde hacerlo...
Sus ojos brillaron, tentado por cientos de nombres humillantes que pasaron por su mente: Aukal3é Nachisch4é
Sin embargo, movido aún por un poco de compasión, se contentó con pronunciar:
—Al-Bakuk5
—Así sea entonces, —fue la respuesta aprobatoria— y apresúrense... su primera lección es que el tiempo vale oro, por lo tanto no ha de desperdiciarse ni un segundo... Los espero. —agregó, y salió con el Comandante T.C.
Federico miró a Augusto y dijo.
—Tengo miedo... -él no lo dejó continuar.
—El miedo es para los débiles… ésta es tu última oportunidad para demostrar que no eres un cobardeé espero que no la desperdicies, porque te anticipo que no pienso compadecerme otra vez de ti.
—¿Acaso no puedes dejar de ser tan soberbio Augusto?
—Simplemente te falta personalidad Federico, te repito que eres débil, tanto como una burbuja en el agua... —su sorna en referencia a su nuevo nombre era obvia. Federico se limitó a salir y dirigirse a su pabellón, dejando que Augusto disfrutara solo de su negro humor.

Vistiendo uniforme de gala, cada cual se presentó en la pista, exactamente diez minutos después. Al pie del "Halcón" aguardaban Paccielle, el Comandante T.C., Cardone y sus guardias.
—Les deseo suerte mis discípulos, estoy seguro que El Supremo no será defraudado.
—No lo dude Comandante. —respondió Augusto, llevando la mano a la sien con el clásico saludo militar.
Tras las despedidas de rigor y la correspondiente autorización de la torre, el avión emprendió su regreso a un mundo que Maximiliano conocía demasiado bien, y al cual tanto Augusto como Federico verían con ojos nuevos, ajenos totalmente a su realidad.
Paccielle había sido puesto al tanto de los puntos básicos del plan madre de Maximiliano, así como de los pormenores de la etapa que estaban cumpliendo. Sería él quien se encargaría de todo lo concerniente a los muchachos.
Un automóvil los aguardaba en el aeropuerto cuando llegaron. Los veinte minutos que transcurrieron hasta la casa de Cardone se convirtieron en un suplicio interminable para Federico. Augusto en cambio, estaba ansioso y eufórico, emociones que coartaban todo temor y sosegaban cualquier confusión.
A pesar de los dispares sentimientos de ambos, sus posturas eran idénticas, ni la más profunda mirada a sus pupilas adivinaría el sentir de cada uno...
Cardone los observaba, y aunque también lo disimulaba, estaba feliz, sentía su sueño cada vez más cerca... cada vez más tangible.
—¡Ofelia! —llamó Cardone ni bien entró.
—Señor. —se oyó segundos después.
—Lleve a estos dos muchachos a una de las habitaciones de huéspedes y prepárales algo de comer.
—Sí Don Maximiliano.
—Paccielle, pase a mi despacho, y ustedes suban a bañarse, coman algo y luego pídanle a Ofelia que los lleve hasta nosotros.
Sin siquiera esperar una contestación, giró sobre sus talones dejando que los demás, simplemente ejecutaran sus órdenes.
Ofelia llevó a Federico y Augusto a la planta alta.
—En el placard encontrarán lo que necesiten, cuando terminen de asearse bajen, yo los estaré esperando.
Federico ahogó sus palabras a sabiendas que Augusto censuraría cualquier comentario.
Tras la ducha y vistiendo nuevamente sus uniformes, bajaron. Ofelia les tenía preparado una limonada fría y un entremés.
Diez minutos después, se presentaron ante Maximiliano y Paccielle en su despacho.

—Adelante. —respondió Cardone a los golpes en la puerta.
—Permiso señor.
—Bueno, bueno, sin tanta ceremonia. No hay tiempo que perder, acompáñenme, debemos terminar los preparativos finales, todo comenzará desde mañana.
Instantes después todos volvían a atravesar la extensa propiedad, camino a la ciudad, con rumbo exacto desconocido para ambos muchachos. Media hora después, el automóvil se detuvo frente a una de las tiendas más grandes de la ciudad.
—Escogerán ropas variadas con las cuales vestirse a diario. —sentenció Maximiliano. Sin más, ambos acataron la orden.
Tanto Augusto como Federico tomaron un grupo de ropas que se destacaban por su calidad, estilo y elegancia; aún lo tildado como "informal" destilaba clase en cada fibra.
Cardone sintió satisfacción una vez más, uno de sus objetivos estaba cumplido: sus discípulos sobresalían por su proceder fino y elegante, fijándose en detalles delicados, y por sobre todo, haciéndolo naturalmente, brindando honor a su casta, la de “Benu-Asad”.
Paccielle se separó del grupo cuando todos entraron a la tienda. Al salir, él los aguardaba ya en el automóvil, hizo un gesto afirmativo a Cardone y se aseguró de que todos los paquetes fueran cargados en el vehículo.
—Ya arreglé todo lo que me pidió, Don Maximiliano. —agregó cuando se subió.
—Pues vayamos entonces.
—Al 1.963 de la calle Uruguay. —ordenó Arturo al chofer.
Tras un rato, el vehículo dejó a los muchachos en la calle indicada, con las cosas que habían comprado, una llave y un sobre, que Maximiliano les entregó con la recomendación de no hacer ningún comentario a extraños antes de leer el contenido.
Cuando el auto partió, una mujer de baja estatura y excedida de peso se asomó por la puerta. Sin mayores protocolos se presentó:
—Soy Doña María, la dueña de casa, pueden meter sus cosas, les mostraré la habitación.
Atravesaron un ancho pasillo parcialmente techado. A la izquierda contaron cuatro puertas hasta detenerse.
—Aquí es... cualquier cosa que necesiten estoy al frente, tienen entrada independiente y el baño es aquel —terminó señalando una puerta en uno de los ángulos.
Sin más se retiró, dejando que Augusto y Federico pudieran al fin asimilar e intentar comprenderlo todo.
Augusto abrió la puerta del cuarto y entró: dos camas, una mesa, un par de sillas y un placard constituían todo el escueto mobiliario... acostumbrados a algo de mayor confort y estilo, ambos hicieron una mueca de desagrado.
Colocaron los paquetes sobre una de las camas. Federico miró a Augusto señalando la carta.
—Leámosla, no sé tú, pero yo no tengo idea de todo lo que está pasando.
En un ataque de sinceridad Augusto afirmó lo mismo.
—"Vosotros sois de la casta del León, como tales deben demostrar la fiereza, el orgullo, la supremacía y la impenetrabilidad de la fuerza que lo caracteriza. Han sido escogidos desde el momento de su nacimiento para formar parte del grupo que sobresaldrá en la tierra... del único grupo que debe sobrevivir en él.
Su misión, su última prueba consistirá en sobrevivir en el mundo al que los he enviado, demostrando con ello que podemos pasar a la última fase de mi plan.
Quizá todo les parezca confuso... lo sé pero recuerden que nada debe agobiarlos, ante todo está el poder, la supremacía, el conducirse con astucia e inteligencia, como leones que son, como acreedores por derecho a esto que les estoy ofreciendo.
Sé... estoy más que seguro, que el transcurso del tiempo y el roce con el mundo los hará pensar igual que yo... allí sabrán qué hacer, allí, y sólo allí, sabré si es probable que la luz ilumine tanta ignorante oscuridad... allí me demostrarán si he criado leones o he amamantado ovejas... "
Cuando Federico terminó de leer levantó la vista... los ojos de Augusto tenían un brillo que él ya conocía, un brillo que la palabra "poder" despertaba y que podía hasta palparse por su profundidad.
Resignado, dobló el papel y procedió a leer un segundo, que contenía una corta lista de instrucciones.
—Ò 1.- Mañana se presentarán al Jefe de Personal de una de mis empresas, él dispondrá de ustedes. Los pasaré a buscar.
2.- Por la tarde continuarán en mi casa con sus clases de estrategia, lucha y música.
3.- Deberán relacionarse con personas de todas las edades, reuniéndose conmigo para una evaluación de sus resultados.
4.- Mañana se les proveerá de dinero para su uso personal, no se les pedirá ninguna clase de informes sobre el uso que se le de al mismo, pero no podrán superar la cuota de cada mes.
5.- Nadie debe saber que entre ustedes y yo existe alguna conexión. Si en algún momento deben comunicarse conmigo debido a inconvenientes ÒGRAVESÓ, llamen al 28-0962.
6.- Cualquier tipo de duda o molestia que no puedan enfrentar será comunicada a Arturo Paccielle al 31-0877éÓ
Federico calló, guardó cuidadosamente el papel y comenzó a organizar todo cuanto estaba en la habitación.
Sentía que un peso inmenso le doblaba la espalda en cada momento, y sin embargo no dijo nada.
Augusto en cambio, sí habló. Aquel brillo intenso continuaba aún en su mirada.
—Esto es más que perfecto... el Supremo confía en nosotros... ¿te haces al menos una idea de lo que eso significa?
—Responsabilidad —fue la respuesta de Federico mientras seguía guardando todo.
—Te ahogas en un vaso de agua. Indudablemente "Al Bakú", eres débil... endemoniadamente débil...
—Y tú demasiado soberbio.
—El león es soberbio... tú pareces sólo un gato.
Federico obvió su último comentario y disimuló el dolor de sus dedos quebrados al levantar una de las cajas.
—Voy a darme una ducha anunció Augusto.
Mientras hurgaba en su bolso buscando algo de ropa unos golpes se oyeron en la puerta. Ambos se miraron, sin que ninguno optara por abrir. Un nuevo llamado al fin hizo reaccionar a Federico.
—¡Hola, soy Liana! —dijo una jovencita de figura menuda y mediana estatura.
—Hola —contestó Federico sorprendido y trémulo. Augusto sólo la miró, desdeñoso.
—Se mudaron recién ¿no? Yo vivo en la pieza de al lado con una amiga. ¿Ustedes cómo se llaman?
—Él es Augusto y yo Federico.
—Mucho gusto —respondió ella sonriendo.
Augusto tomó su ropa y se dirigió hacia la puerta.
—Permiso, voy a ducharme. —Su tono era frío y hasta descortés, Liana se hizo a un lado.
Cuando él entró en el cuarto de baño Federico se animó a pedir disculpas.
—Perdónalo, está algo nervioso.
—Descuida, no hay problema... —unos pasos por el pasillo cortaron la conversación e hicieron que ambos jóvenes voltearan.
Por el otro extremo apareció de pronto otra joven, su porte era mucho más imponente y elegante que el de Eliana; su rostro y su cuerpo evidenciaban quizás un par de años más de los que en realidad tenía.
Sus facciones denotaron sorpresa cuando vio a Eliana con Federico. Se acercó.
—Ella es Calíope, mi compañera; él es Fede.
—Encantada —respondió ella.
—¡Eliana... teléfono! —se oyó decir desde adelante.
—Los dejo un rato. —dijo, y se marchó corriendo.
—Tienes nombre de diosa ¿por qué?
—De musa, —corrigió— mis padres eran amantes de la literatura, pero adoraban las obras clásicas.
—Y a ti, ¿te gusta leer?
—Según muchas personas ya demasiado.
—¿Algún autor predilecto?
—Depende mucho de qué tenga ganas de leer, de la época del libro, del estilo que me esté interesando… muchos factores digamos...
—¿Estás leyendo algo en este momento?
—Poesía... Nereo para ser más específica.
—¿No fue Nervo el que dijo:?
El día que me quieras
tendrá más luz que junio,
la noche que me quieras
será de plenilunio...
—é con notas de Beethoven
gimiendo en cada rayo
sus inefables cosas...
Calíope completó los versos siguiendo a Federico.
—¿Storni?—tentó él.
—Cometiste un error —dijo ella sonriendo— Alfonsina y Rubén Darío son dos de mis poetas favoritos... Escoge cualquier poema...
—"Dolor" —respondió.
— Quisiera esta tarde divina de octubre
pasear por las orillas lejanas del mar
que la arena de oro y las aguas verdes
y los cielos puros me vieran pasar.
Ser alta, soberbia... perfecta quisiera,
como una romana para concordar
con las grandes olas y las rocas muertas
y las anchas playas que ciñen el mar.
Pensar que pudieren las frágiles barcas
hundirse en las aguasé
—é y no despertaré —la voz se oyó detrás de Calíope. Ella volteó. Augusto la miraba con ojos firmes, la escrutaba de pies a cabeza como investigándola.
—¿Sucede algo? —atinó a decir ella cuando sintió que algo le recorría el cuerpo y la molestaba.
—No, nada.
Viendo la incómoda situación Federico medió.
—Augusto, ella es Calíope, compañera de Eliana.
Él miró nuevamente a Calíope.
—No se parecen en nada.
Sin saber si tomar aquello como un halago o un desprecio, ella sólo se despidió bajo la excusa de estar cansada.
Al entrar nuevamente en su cuarto Federico replicó a Augusto:
—¿Porqué tienes que comportarte siempre así? ¿No te das cuenta que tu soberbia ya es el colmo?
‚ „‚ɄɁÉÉþ‚_„þÉ_…_‚þÉ_„ÉÉ‚—No me sermonees Federico, prefiero mil veces mi arrogancia a tu cobardía.
—Algún día te arrepentirás de tanta altanería.
—Ese día no llegará, iluso.
—Al menos iré a disculparme por tu comportamiento.
—Tú puedes hacer lo que quieras, siempre que no incluyas mi nombre.
Cansado de discutir sin llegar a algún acuerdo, Federico salió. Todavía sin encontrar las palabras adecuadas para disculparse golpeó la puerta.
—¿Sí? —se oyó desde adentro.
—Soy Federico.
La puerta se abrió, dejando ver el ambiente cálido del pequeño cuarto.
—Hola... vengo a excusarme por la reacción de Augusto...
—No hay nada que disculpar, —cortó Calíope— ...cada cual es como es, a mi no me molestó.
Federico suspiró aliviado, sus palabras lo hicieron sentir más seguro.
—¿Qué haces? —preguntó
— Iba a bañarme, no hay nada mejor para...
Eliana entró de golpe al cuarto con una cara como de cien diablos echando maldiciones.
—¿Qué sucede? —preguntó Calíope.
Sin dar demasiada importancia a la presencia de Federico, Eliana contestó:
—¡El imbécil de Eduardo me deja otra vez plantada! ¡Pero se acabó, si cree que soy un títere se equivoca!
Federico escuchaba cada palabra deseando no estar allí y sin saber muy bien como sería la mejor manera de reaccionar. Calíope intentó tranquilizar los ánimos, en vista de la incomodidad de la situación.
—Eli... primero intentá tranquilizarte, incomodas a Federico, a mí y hasta a ti misma; haremos una cosa, esta noche vamos a comer algo y con el fresco olvidarás la borrasca.
—Sabes que no podré...
—Claro que podrás; además Federico y su amigo nos acompañarán ¿verdad? —dijo dirigiendo una mirada de súplica a Federico.
—Por supuesto —contestó él, más por voluntad propia que por presión.
—Dentro de dos horas. —agregó Calíope.
—Perfecto. —fue la respuesta.
Para Federico la idea era más que buena; cuando se la presentó a Augusto, él puso el grito en el cielo.
Federico apeló a las instrucciones de Cardone: "...Deberán relacionarse con personas de todas las edades, reuniéndose conmigo para una evaluación de los resultados"...
Augusto no tuvo más remedio que callar, su compañero había sido lo suficientemente listo como para justificar y respaldar el ofrecimiento de las chicas.



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