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MI UTOPIA - Capitulo 1

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MI UTOPIA - Capitulo 1

Mensaje por Jocelyn Belaqua el Lun Feb 21, 2011 10:11 pm

CAPITULO 1



No había nacido en cuna de oro, su niñez no transcurrió entre oropeles ni conoció del descuido de las personas ricas. Su educación no se forjó en los mejores colegios del país, ni se codeó con personalidades encumbradas de la sociedad…
Tampoco pasó hambre, ni supo de casuchas con goteras ni de harapos por vestido. Todo en su infancia fue normal, sin lujos ni estrecheces, sin diamantes ni andrajos… sin extremos.
Desde niño demostró ansias de aprender, madurez, inteligencia… astucia; en su adolescencia sobresalía ya como un innato líder.
Condiciones sobradas presentó Maximiliano Cardone, condiciones que sumadas a su templanza, voluntad e insistencia, forjaron su futuro en caracteres grandes, logrando que su nombre figurara en la élite social con majestuosidad y por derecho propio… así como lo había deseado siempre, desde niño, cuando se lamentaba porque sus modales finos y su gran elocuencia —innatos también en él— no concordaban en nada con el mediocre mundo que lo rodeaba.

—Virginia… cancele mi cita con el Sr. D’ Angelo.
—¿Señor?
—Cancele mi cita con el Sr. D’ Angelo.
—Sí señor, lo escuché, pero esa reunión es muy importante. ¿ocurre algo?
Arturo Paccielle miró a su secretaria con cierto enfado. ¿quién era ella para inmiscuirse en sus decisiones?... a pesar de todo contestó:
—Maximiliano Cardone.
Sólo bastó con el nombre. Virginia comprendió. “Nada” era más importante que aquel hombre.
—Sí señor. Veré de acordar una nueva cita.
—Gracias Virginia.
Paccielle salió del imponente edificio con pasos cortos, meditaba mientras se dirigía a su automóvil. “Algo sucede, o sucederá”, pensó. Un sudor frío recorrió su espalda, nada podría asegurarse tratándose de Cardone. ¿Y quién era él sino uno de los tantos, para que lo citara en su residencia?
El vehículo se deslizó lentamente por el microcentro; más tarde circulaba por la avenida desierta y poblada de árboles que conducía a la mansión.
Ante el portón de entrada se detuvo e identificó al guardia. Una llamada telefónica confirmó el visto bueno para su pase; aún debió conducir unos cien metros hasta la inmaculada casa blanca. El paisaje lo fascinó, una alfombra de orquídeas tapizaba todo el pasto. Era sabido que Cardone sentía una atracción indeleble y hasta morbosa por aquella flor…
Una sirvienta acompañó a Paccielle hasta el despacho, Don Cardone examinaba meticuloso un nuevo espécimen.
—Laelio Cattleya “Golden Hind” —dijo sin levantar la vista de la planta.
—Muy hermosa.
—Más que hermosa amigo… exquisitamente bella… —levantó la vista como para asegurarse de que su comentario era tomado como una irrefutable afirmación por su interlocutor.
La frase de Paccielle dejó translucir la intimidación de aquella mirada: “Por supuesto señor…bellísima”
—¡Ofelia! —llamó, y al instante una robusta mujer de aspecto cansado apareció por la puerta.
—¿Sí señor?
—Lleve esta planta al jardinero y dígale que venga a las cuatro para darle instrucciones.
La mujer desapareció con la maceta cerrando la puerta tras de sí. Paccielle volvió a sentir que un escalofrío recorría su cuerpo, la sola presencia de Cardone lo inhibía, le coartaba toda seguridad… lo empequeñecía.
—Siéntese. —Invitó Maximiliano con un tono que sonaba a orden.
—Después de usted señor. —Contestó y esperó a que Maximiliano hiciera lo propio.
—Se preguntará porqué lo hice llamar ¿no? —Su mirada era firme, penetrante, insostenible— pues bien, desde niño odié la mediocridad, la pobreza, la ignorancia… luché para salir de eso… me enferma el solo hecho de pensar en esas cosas… son calificativos que definitivamente no soporto… —se levantó repentinamente— ¿un whisky? —preguntó mientras se dirigía al bar.
—No, gracias.
—Vamos amigo, beba, pronto será hora de la cena, es un excelente aperitivo… ¿con hielo o solo?
—Con hielo —respondió Paccielle sin atreverse a rechazar de nuevo la bebida.
Cardone siguió hablando mientras servía metódicamente el whisky.
—Como sabrá pronto cumpliré medio siglo, y por lo tanto es ya tiempo de ejecutar la segunda parte de mi plan ¿Tiene familia Paccielle? —preguntó tras pasarle el vaso.
—No señor.
—¿Padres?
—No, fallecieron hace algunos años.
—Lo siento… —dijo por cumplido— …pero es mejor así.
Paccielle lo miró extrañado, mientras Cardone volvía a sentarse.
—No me mire así amigo, cuando sepa el porqué de mi charla lo entenderá.
—Sí señor. —sólo atinó a responder.
Cardone lo miró con lástima mientras bebía. Pensó en el títere que tenía enfrente y sintió repulsión. “Me servirá al menos”, asintió internamente mientras tragaba el último sorbo.
—¿Desde cuándo me conoce Paccielle?
—Quince años señor.
—Proviene de una familia rica ¿no es cierto? —Maximiliano conocía de antemano la respuesta, pero disfrutaba de la incertidumbre que denotaba el rostro de Arturo.
—Sí.
—Sabrá que no es mi caso ¿no?
—Todo el mundo conoce su cuna señor, y no lo digo despectivamente —se apresuró a agregar notando la molestia furibunda de Cardone— al contrario, eso lo vuelve aún más respetado.
—¿Le gustaría trabajar para mí?
—Por supuesto señor —Paccielle pensó que su contestación no tenía sentido… todo el mundo trabajaba para Cardone, aún sin saberlo. Él era dueño de un sinnúmero de empresas fuera y dentro del país, poseía mayoría accionaria en las principales compañías que regían la economía… él manejaba a voluntad las decisiones de políticos, congresistas… jueces… Él sí, la frase era tonta, cómo negarse si aún haciéndolo él ejercía poder neto sobre su vida.
—¿Pensaba en algo amigo?
—No señor. —mintió.
Un suave golpe en la puerta interrumpió el diálogo.
—Adelante.
—La cena está servida —anunció Ofelia.
—Bueno Paccielle, hablaremos de trabajo después de comer.
Cardone se levantó y le indicó con un adusto gesto que lo siguiera. Después de atravesar la sala entraron en el comedor, decorado al mejor estilo inglés…
—Espero que le guste el cordero.
—Por supuesto señor. —Cardone disimuló su desagrado por la sumisión de Arturo, le indicó que se sentara a su derecha y procedió a acomodar la servilleta sobre sus piernas y llamar al servicio para que los atendiera.
Ambos hombres disfrutaban de la comida sin que ninguna otra palabra traspasara sus labios. Paccielle observaba de tanto en tanto el actuar de Cardone; admiraba y temía a aquel hombre, sentía que su estilo, su clase... su porte, se anteponía ante todo, incluso ante sí mismo...
Después de despejar la mesa, la criada regresó con dos humeantes tazas de café.
—Es mi adicción. —dijo Maximiliano rompiendo el silencio. El comedor resultaba demasiado grande para ellos solos, y a pesar de todo Arturo se sentía como encajonado.
—Pasemos al despacho Paccielle, ha llegado el momento de hablar de nuestro asunto. —Arturo sintió nuevamente aquel escalofrío recorriéndole el cuerpo.
—Tranquilo amigo, lo que tengo que encargarle significará un progreso para usted, para mí... y sobre todo para el mundo... Siéntese, y dígame qué opina sobre esto.
Le tendió una abultada carpeta. Paccielle sólo atinó a tomarla y hojearla, intentando inútilmente comprender de qué se trataba. Sin más remedio comenzó a leer en voz alta.
—Mi Supremo, teniendo en cuenta las consideraciones generales del plan estructurado por su venia, debo informarle que lo estipulado en él se cumple sin inconvenientes. A continuación, le envío el último informe sobre vuestro discípulo A.A., el cual ha sobresalido en el último período de prueba en forma considerable...
—Avance unas hojas Paccielle, ese tema no le corresponde, no tiene porqué saberlo —las palabras de Maximiliano habían sonado cortantes, Arturo acató su orden y volvió a abrir la carpeta unas hojas más adelante.— Continúe...
—Es necesario, Mi Supremo, encontrar a la persona adecuada que sirva como mano derecha de su persona, siendo capaz de actuar como intermediario eficiente entre usted y nosotros para llevar a buen puerto vuestro proyecto, ya que a la altura en la que nos encontramos, esta comunicación es fundamental para manejar hasta los detalles más ínfimos.
Sin que nada más afecte a su venia, me despido y subordino a futuras órdenes, esperando que sean de vuestro agrado las noticias que le he hecho llegar. Atentamente. Comandante T.C.
—Comandante T.C., sólo lo conocerá por ese nombre por el momento, sólo quiero saber si acepta el puesto...
Paccielle lo miró incrédulo, las líneas que había leído no explicaban nada en concreto como para descifrar qué había detrás de aquel telón... sin embargo, sí estaba claro que se requería una persona para un puesto clave, y ese lugar se le estaba ofreciendo, se le entregaba servido en bandeja de plata.
—Por supuesto señor... —respondió— será un placer.
De pronto los ojos de Paccielle brillaron de ambición... mano derecha de Cardone... indudablemente era algo con lo que jamás había siquiera intentado soñar.
Cardone rió para sus adentros, aquel brillo en la mirada de Arturo le confirmó que había encontrado lo que el Comandante T.C. le pedía.
—Muy bien Paccielle, veo que no deja pasar las oportunidades, le aseguro que no se arrepentirá. Lo veré mañana en el aeropuerto, quiero que conozca cuál va a ser su trabajo, esté allí a las siete, y sea puntual... hasta pronto amigo.
No hubo rituales en la despedida, fue rápida y hasta escueta. Arturo ni siquiera reflexionó sobre aquello... tampoco le importaba, ahora ocupaba un lugar que muchos envidiarían... era nada menos que el segundo de Maximiliano Cardone, "El Emperador", como se lo llamaba.


A cientos de kilómetros de allí alguien sí pensaba. Su nombre era Augusto Adolfo, simplemente así, sin apellido, nadie en el lugar donde estaba tenía apellido...
Él fijaba su mente en el evento del día siguiente. Cerró los ojos relajándose por completo. Repasó mentalmente una a una las técnicas de lucha... no podía perderé su combate sería el principal, y él se sabía el mejor en artes marciales.
Seguro de sí mismo abrió nuevamente los ojos cuando la sirena que anunciaba la hora de la toma de revista, sonó.
Augusto cumpliría 21 años al día siguiente. Él, como los veinte mil jóvenes que allí se encontraban, ni siquiera conocían con exactitud su edad, desde su nacimiento habían sido llevados a aquel lugar para su instrucción, para formar parte de un plan ideado por Cardone hace muchísimo tiempo... plan que requería una escrupulosa y especial preparación llevada a cabo durante años.
Ahora era ya tiempo de ver sus resultados, ahora vería Maximiliano su ruina o su trono... su derrota o su victoria...



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