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Máscaras - Capítulos 6 al 7

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Máscaras - Capítulos 6 al 7

Mensaje por Jocelyn Belaqua el Lun Nov 22, 2010 2:41 pm

CAPITULO 6

Soledad volvió a calzarse aquel vestido rojo de la boda de Romina, pero le pareció demasiado atrevido para una cena de presentación.
—¿Qué tal así? —le preguntó a Bruno mientras acomodaba un sencillo vestido negro sobre sí misma.
—¿Y porqué no el rojo?
—Se supone que vas a presentarme a tu familia.
—Ah... ya entiendo... entonces vestirás de luto.
Soledad rió de buena gana.
—No hombre, pero tampoco voy a ir como para escandalizarlos.
—Tienes razón... a mamá le pone de mal humor el rojo. ¿qué tal un azul negruzco?
—Tengo lo que te mostré, nada más.
—¿Y para que se inventó el dinero de plástico?
—Bruno no empieces, no vamos a meternos en gastos para...
Soledad siguió refunfuñando, pero él la llevó a la fuerza a la tienda. Suspiró profundo y deseó no haber dicho jamás que el vestido anterior era atrevido, ahora él acabada de comprar a un precio estrafalario y con la etiqueta de quien sabe qué diseñador, treinta centímetros de tela “decente” como le diría ella y casi dos metros de una exquisita gasa que sobredimensionaba aún más el término “trasparente”.
Aunque se vio extremadamente provocativa en el espejo, quedó sorprendida del cambio... se sintió bella: corsé azul noche, con falda larga de cadera cubriendo “apenas” la cadera y un tajo profundo en el costado, mostrando todavía más de cerca la piel que ya se veía tras la gasa.
La mirada de aprobación de Bruno le indicó que se veía bien, destacó los ojos y los labios en un ciruela rabioso y se despejó la cara recogiendo su cabello como al descuido, dejando los hombros sugerentemente desnudos.
—Indudablemente tienes muy buen gusto en ropa femenina Bruno.
—E indudablemente tú sabes llevarla muy bien ¿nos vamos?
Ella recordó el momento en que ante esa misma muralla imponente, había sentido que un hoyo inmenso la tragaba, en una caída libre endemoniadamente rápida.
—¿Estás bien?— le preguntó él antes de entrar.
Y ella respondió un sí autómata, apenas audible, pero sincero.
—¿Qué tal abuela?
—Querido, ¿cómo estás? debería estar muy enojada contigo ¿Cómo se te ocurre irte sin avisarme nada? ¿No me presentas a tu novia?... Estás preciosa nena, y te adelanto que sacaste la lotería con mi nieto, medio país está pescando por él... pero basta de cháchara... los periodistas están esperando en el salón... vamos, espero que terminemos rápido con ellos porque odiaría que la cena se enfríe...
Soledad se sintió abrumada por el parloteo escandaloso de una señora que apenas si aparentaba unos cincuenta y tantos años. Captó de entrada las miradas de desprecio de los padres de Bruno, y la sumisión de todos a la autoridad casi despótica de la abuela. Indudablemente Bruno era su razón de ser... lo malcriaba hasta el hartazgo... y por sobre todo, hablaba y hablaba y hablaba, hasta que llegó el momento en que Soledad se limitó a sonreír disimulando apenas su sensación agigantada de cerebro embotado.
Una hora y media bastó para la sesión de fotos. Soledad rió para sus adentros, cuando la “gran familia Camblong” se acomodó en el jardín para la foto familiar.
“Pensar que ninguno de nosotros desea estar aquí...” — Tomó de la mano a Bruno y sonrió sarcástica, riéndose un poco de todos los que estaban a su alrededor y otro poco de si misma.
—Te gustan los mariscos niña? —preguntó la abuela, con esa manera suya en la que era imposible decir que no.
—Mucho señora.
—Nada de señora... Sara... Sara a secas... en una semana estarás viviendo en esta casa, como la esposa de mi único nieto, hijo de mi único hijo... lo cual niña te convierte en mi única nieta política “legal” claro... no puedo afirmar que mi querido Bruno no saldrá tan mujeriego como su padre.
—Abuela...
—Las cosas por su nombre Bruno... esta niña parece bastante más merecedora de ti que esa prostituta barata que se encamaba con padre e hijo ¿Cómo era que se llamaba?
—Analía, abuela.
—Analía... horror, hasta su nombre me solía resultar empalagoso... a ti no querida? —preguntó a la mamá de Bruno con una ironía que por momentos rozaba lo simpático.— Oh... perdona, olvidé que tú no tenías tiempo de fijarte en esas cosas... sabes Soledad, es que mi nuera es una “apasionada” de los deportes, un mes muere por el profesor de tenis, otro mes muere por su personal trainner.
Soledad no sabía si reirse o desaparecer, los padres de Bruno apenas si probaban bocado mientras la abuela no paraba de avergonzarlos, una y otra vez, con el fin obvio de arruinar toda digestión.
—Mañana te espero a las tres treinta para elegir el ajuar niña... se puntual.
—Como usted diga Sara...
—Sé menos diplomática niña... y hazme el favor de tutearme.
En cuanto subieron al taxi, ella soltó la mano de Bruno como si le quemara.
—Si te disgustaba tanto, me lo hubieras dicho... no era necesario que nos tomáramos la mano.
—No te enojes... no es por ti...
—Todavía estás a tiempo de echarte atrás.
—No lo haré, pero me gustaría que me dijeras que no estamos engañando a tu abuela... aunque sea una mentira, me haría sentir mejor.
—No la estoy engañando... y no es una mentira. Ella conoce todo de mí y con eso quiero decir todo.
—¿Los videos también?
—Todo.
—¿Y qué piensa... que yo puedo regenerarte?
—No, desde un primer momento le conté la verdad de nuestra relación.
—Dios... o sea que cree que soy una oportunista.
Bruno rió.
—Es increíble como te preocupas por lo que piensan las demás... no cree eso, porque le he contado como eres y sé que antes de formarse una opinión sobre ti te analizará hasta la médula... la conozco como a la palma de mi mano, jamás juzga a alguien hasta no tener una opinión propia.
Hasta que llegaron al departamento, ella no volvió a hablar.
—¿Sucede algo?... te quedaste callada de golpe.
—Sólo estaba pensando ¿Qué piensa ella de tu sexualidad?
—Cuando se lo dije puso el grito en el cielo... ella misma me llevó a cuando médico conocía, desde sexólogos hasta clínicos... incluso organizó cada fiestita que... no sé...
—¿Y qué la hizo desistir?
—Mis locuras tal vez...
—¿Tus locuras?
—Drogas, sexo y rock and roll... pero sabes que no me gusta hablar de eso... por esa causa lastimé a la única persona que me adoró desde que nací y juro que hasta ahora me arrepiento... sólo confía en ella... es la única persona aparte de ti que piensa con algo distinto a su bolsillo.


Soledad llegó cinco minutos antes de lo pactado y encontró a Sara desayunando.
—¿Jugo, querida? —preguntó con un gesto que parecía de sincera cortesía.
—Gracias, pero ya desayuné.
—No te vendría mal, tu cabello está opaco... te hacen falta vitaminas.
Alisó el pantalón que llevaba puesto antes de indicar a Soledad que la siguiera.
—Mi nieto me dijo que se llevan bien.
Soledad miró las casas que dejaban atrás y sonrió mirando lejos.
—Es cierto.
—Dime... la verdad de todo esto es que tú no amas a Bruno y él tampoco puede amarte porque eres mujer, entonces porqué alargamos la situación ¿cuánto quieres para desaparecer?
Soledad suspiró profundo y la miró de frente.
—Escúcheme señora... su dinero no me está comprando ni lo va a hacer... yo por Bruno siento algo que no me permite verlo como hombre y tampoco le voy a mentir... lo necesito, pero no por su posición, ni por su riqueza, ni por su apellido... lo necesito como compañía, porque tiene mis mismos códigos, porque entiende mis histerias y porque me permite entender las suyas. Si usted no está de acuerdo con eso yo no puedo hacer nada y está en su derecho si pretende hacerme la vida imposible. Lo único que quiero que sepa es que no voy a entrar en su juego, usted decide, si quiere que desaparezca sólo pídamelo y lo haré... ahora o cuando usted lo crea oportuno.
—¿Ya elegiste tu vestido de novia?
—No.
—¿Alguna sugerencia, o prefieres que te lleve con mi diseñador?
—Como usted quiera.
—Te olvidas rápido del tuteo querida.
—Como quieras Sara. —corrigió ella, sin saber cómo reaccionar frente a sus abruptos cambios de carácter.
—¿Blanco? —preguntó delante de un montón de modelos que desfilaban delante de ellas.
—Si tu quieres.
—Es tu boda niña, date el gusto de elegir el vestido.
—No me hace sentir bien.
—Escucha, punto uno: el dinero no sirve para nada más que para gastarlo; punto dos: estoy “adulta” por no decir vieja y la cantidad de años que todavía pienso vivir no me van a alcanzar para gastar todo el que tengo; punto tres: estoy probando tus gustos, si vas a ser la esposa de mi nieto el estilo se te tiene que notar a flor de piel querida. Vamos, elige.
—Pues no me gusta ninguno.
—¡Víctor!
El diseñador llegó a su lado con una caminata amanerada que ella consideró innecesario.
—¿Ya escogiste Sarita?
—Me estás defraudando Víctor... se casa mi nieto, quiero algo más que especial. —él se disculpó ordenando que le trajeran nuevos modelos, dejando a las dos mujeres solas.— Coincidimos en que ninguno era lo suficientemente bueno como para gustarme, veamos si coincidimos también en qué exactamente buscamos... ¿color?
—Champagne.
—¿Cola?
—No.
—¿Mangas?
—No.
—Seamos más directas, te diré el modelo que quiero y me dirás si es de tu agrado.
—Me parece bien.
—Tienes buena cintura y eres alta, que tal un strapless con corte princesa... drapeado hasta la cadera, con falta larga... bastante vaporosa diría... gasa salpicada de un bordado simple, en un gama un poco más suave que el vestido... el borde me gustaría acentuado con unos canutillos.... y.... guantes largos.... por arriba de los codos, aunque tienen bonitas manos, podríamos obviarlo si no quieres.
—Suena realmente hermoso.
—Pues ya está niña... Víctor!!!
Describió el vestido tal cual ella lo había soñado siempre y no supo si sentirse feliz por ello. Nada le inspiraba, más allá de Bruno, la más mínima confianza... pero no quería terminar sola... no quería morir sola... y Bruno no era solo una compañía, él era un amigo.

Una semana. Una semana de preparativos ceremoniosos y hasta excéntricos, una semana de idas, de venidas, de llegadas a cien mil puntos y de nuevas partidas. Soledad estaba agotada, pero tenía que reconocer que Sara no había dejado un solo cabo sin atar. La había acompañado todos los días, puntualmente, desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde; jamás había vuelto a mencionar la propuesta de aquella primera mañana, y al contrario, demostraba un celo por su “nueva nieta” como ella la llamaba, casi comparable al que sentía por Bruno.
Soledad no controlaba sus nervios esa tarde; iba y venía de una punta a otra de la sala desarreglando el vestido, el peinado, el maquillaje...
—¡Niña, por Dios, quédate quieta! ¡Estás poniéndome tan nerviosa como en mi propia boda!
—No puedo, bastante con que no me arranco los guantes para comerme las uñas!
—Tranquilízate... nada va a salir mal... tú estás, Bruno está, los anillos están...
—¿Sara?
—¿Sí?
—¿Porqué nunca insististe con... con aquello que... no, nada, no me hagas caso.
Sara la miró fijo, pero con un dejo de comprensión.
—¿Quieres echarte atrás?
—Es simplemente una pregunta.
—Bruno confía en ti, y yo confío en Bruno... ¿es respuesta suficiente?
—No. ¿usted confía en mí?
—Para serte sincera he de decirte que es muy poco tiempo para responder algo así ¿o tú opinarías de alguien concienzudamente a una semana de conocerlo?
—Tengo miedo Sara... y se lo confieso aunque dude de mí... por favor, dígame si estoy haciendo lo correcto.
—No puedo contestarte eso Soledad, yo he cometido los errores más grandes que puedas imaginar, pero del único que me arrepiento realmente es del que cometí por influencia de otros y no porque era lo que yo quería.
—Yo necesito a Bruno, Sara, pero no sé si soporte el precio. No quiero ser parte del mundo en que todos ustedes están atrapados... Bruno dijo muchas veces que esto era una cárcel y no es sino hasta ahora que lo entiendo.
—Pregúntate antes de salir por esa puerta si “necesitas” a Bruno o si lo “quieres”, del modo que sea... yo estoy algo vieja para comprender ciertos tipos de amor.
Soledad se alisó el vestido y acomodó los guantes, justo en el preciso momento en que el coro de la iglesia comenzó a cantar un Ave María profundo.
—Lo quiero. —susurró al oído de Sara antes de agarrarse del brazo del “gran candidato Camblong” y caminar con paso decidido, dejando a su costado gente que murmuraba por lo bajo y la miraba con el aire desdeñoso de la envidia.
Mientras el padre hablaba ella recordó a una velocidad estrepitosamente escandalosa más de veinte años de su vida, se detuvo en el instante en que aquel diagnóstico médico había cambiado tantas cosas... y miró a Bruno... en ese instante supo que él la entendería, que sería el amigo, el hermano, el compañero... nunca el hombre... y no dudó:
—Soledad Eliana Rivas, acepta usted por esposo a Bruno Ezequiel Camblong Bengoechea, para amarlo, respetarlo y -......
—Sí, acepto.
El beso tímido de ambos frente a más de cien personas en la iglesia tampoco le importó, ni los miles de flashes que le cegaron el camino de salida y que ella sabía saldrían publicadas en todas las revistas... ni siquiera la mirada rabiosa de Romina que ni siquiera se acercó a felicitarla. Nada, sólo un rubor extraño que le tiñó de un rojo subido las mejillas cuando se paró frente a la gran cama matrimonial donde por primera vez tendría que dormir a su lado.
Bruno lo notó.
—Si prefieres puedo dormir en otro lado.
—Está bien... igual tengo que acostumbrarme... además ya sé que roncas.
—¿Cómo que ronco? No mientas... lo dices para avergonzarme.
—Tienes razón, los ronquidos son un poco más suaves “mi amor”. —se burló ella con una risita disimulada, mientras él se sonrojaba tratando de contener también la carcajada.
Se acomodaron uno al lado del otro, mirando ambos el techo.
—Es raro ¿no?
—¿Qué cosa?
—Siento como que es algo nuevo el vivir contigo... y no es así.
—Tal vez porque ahora tenemos que disimular... tal vez porque tenemos que comportarnos como marido y mujer... no es fácil fingir el amor.
—Yo no finjo amarte... te quiero, de una manera distinta tal vez, no como un amante quizás, pero te quiero.
—Si yo me quejara de mi suerte sería un egoísta.
—No exagero, y te prometo que voy a hacer todo lo que este a mi alcance para que seas feliz.
Ella rió con ganas.
—¿Y eso?
—Parecemos sacados de un guión de telenovela mexicana.

—Tenemos que hablar.
—¿Señor? —preguntó Soledad cuando el gran “candidato” le tapó el paso al pie de la escalera.
—Sígueme.
Ella lo acompañó al despacho y titubeó al entrar.
—Estás aquí porque mi madre quiere que estes aquí... y te lo estoy diciendo porque no te va a durar demasiado tiempo. —Mística entró detrás de ella y maulló como entendiendo que no eran bien recibidas.
—¿En serio?... qué raro..! créame que hasta ahora no lo había notado.
—Los sarcasmos no te quedan criatura.
—“Criatura”... eso suena a Alienígena señor...
—No me importa cómo te suene.
—No lo dije para que le importara, sólo que yo buscaría un asesor de relaciones públicas porque si trata a todos los electores como a mí... no sé... creo que sus probabilidades de alcanzar el cargo se reducirían un poco.
—No tengo tiempo para perder contigo.
—No fui yo quien dijo “sígueme”.
Él la miró y lanzó al aire una sonrisita irónica.
—Te crees muy viva... pero te equivocas... nada de lo que económicamente puedas sacar de nosotros, que de antemano de prevengo que será muy poco, podrá resarcir al menos mínimamente el calvario que me encargaré que pases aquí.
—Como Ud. quiera Sr. Camblong... como dije mil veces... no me importa... nada de lo que Ud. tiene puede darme lo que yo necesito.
—No te hagas la mosquita muerta porque vas a terminar cansándome antes; y quiero fuera de esta casa a esa bola de pelos que te sigue a todos lados... y lo digo muy en serio, si no sale en veinticuatro horas puede tener un pequeño “accidente” que todos lamentaríamos, por supuesto.
Soledad alzó a Mística y salió sin responder más nada. Bruno la vió escabullirse del despacho y la siguió escaleras arriba.
—¿Qué te dijo? —le preguntó de pronto mientras la tomaba del brazo.
—Me asustaste.
—¿Te amenazó... intentó tocarte... te ofreció dinero?
—Qué es lo que te preocupa ¿qué haya hecho algo de eso o que yo dejara que lo hiciera?
Él se ruborizó y volvió a la planta baja como si esa sola pregunta pudiera con toda su humanidad. Soledad se dio cuenta que ella misma había hecho la pregunta con sorna, no supo si ir tras él o esperar a que el miedo de estar allí se le pasara y optó por salir de la casa buscando refugio en algo conocido.
Intentó recordar a alguna amiga o algún antiguo pretendiente de secundaria, pero su memoria se había transformado en un agujero negro que ya no contenía nada más que la propia oscuridad. Revisó su cartera y rescató del fondo de su billetera el resultado arrugado de su HIV.
—Ay Mística... todo es tan complicado... tan absurdamente complicado... quien me mandó a mi a meterme donde nadie me llamó. Si te pasa algo juro que voy a cortar a ese idiota en mil pedacitos y voy a alimentar a los buitres del zoológico.
Mística no respondió, pero se acurrucó en su regazo buscando mimos.
—Mírame Mística... ¿sabías que ni siquiera sé que pensar de mi misma?... me casé con Bruno para no morirme sola... ¿pero quien me asegura que cuando sepa todo no me dejará?...
“Me casé con Bruno para no morirme sola”, repitió en su cabeza y se sintió tonta y egoísta al mismo tiempo.
—Mira Mística... mira esos niños de allá... yo nunca podré tener un hijo ¿lo sabías? —dijo lagrimeando— son hermosos, verdad? —suspiró profundo, como si necesitara todavía más aire que el que metía en los pulmones.
Encontró a Bruno en la cama cuando volvió.
—¿Te sientes mal? Es demasiado temprano para dormir.—le dijo mirando su reloj.
—No, solo estaba pensando.
Ella se sentó en la cama buscando alguna manera de disculparse por su ironía de la mañana.
—Me... me preguntaba si es que no querrías hacer el amor.
Soledad bajó a Mística sobre la cama como si lo que había escuchado no fuera nada.
—Sabes Bruno... no quiero que empecemos esto mal... no me importa en este preciso instante porqué dijiste esa barbaridad, y voy a hacer de cuentas que ni siquiera lo oí... así que si tenés algo que decirme, algo que reclamarme o algo de lo que tengamos que hablar por favor hacelo ya.
—Aunque nos lastimemos?
—Sí.
—Esta mañana dudé de ti.
—Entonces no escuchaste mi conversación con tu padre.
—Precisamente por eso pregunté, porque temí que tuviera alguna de sus salidas sucias e intentara presionarte... pero tu respuesta me desubicó, me hizo sentir que estabas a su favor.
—Bueno... ya escuché tu motivo, decime que preferis ahora: que te cuente lo que pasó, que te jure que no es cierto o que lo olvidemos todo?
—Por supuesto que quiero saber qué pasó... es lo mismo que pregunté esta mañana.
—Me dijo que no me saldría con la mía, que estoy acá por un capricho de tu abuela, que no les voy a poder “sacar” nada... y que si Mística no se va para mañana puede sufrir un “accidente” que por supuesto él va a lamentar mucho.
—Y porqué no me dijiste simplemente eso... yo sabía que te iba a presionar de alguna forma y quise protegerte... nada más.
—Porque te creí culpable tal vez... esa gata aunque suene idiota, es todo lo que tengo, es la única que se acurruca a dormir a mi lado como si yo fuera todo su mundo... está conmigo desde hace ocho años Bruno, es mi familia... ¿cómo puedo sentirme si me metí en una cueva de lobos que amenaza matarla y hasta yo misma juzgo el porqué?
—A Mística no le va a pasar nada... eso te lo prometo, es fácil de arreglar. Pero no puedo arreglar lo otro Soledad... sinceramente no sé porqué aceptaste meterte en toda esta locura conmigo, pero sé que existe algún motivo, aunque es obvio que no querés que lo conozca.
—Es cierto... y algún día me vas a dar la razón por no contártelo. ¿En paz ya?
—En paz —respondió él mientras se levantaba de la cama y alzaba a Mística.— Ven conmigo le indicó a Soledad.
—Abuela... ¿puedo?... —preguntó detrás de la puerta del enorme jardín de invierno donde ella iba a leer todas las noches.
—Claro Bruno ¿qué pasa?
—Es papá, abuela.
—No me digas nada... ya lo imagino.

—Mamá... no podrías haber organizado esta reunión para un poco más tarde...
—No, el Dr. Echevarría no tenía más tiempo en la agenda.
—¿El Dr. Echevarría? Para qué llamaste otra vez al abogado?
—Ay Rodrigo... sábes que odio dar explicaciones de las cosas que hago. Sé paciente y sabrás, no actúes como un niño curioso por favor.
La familia entera estaba reunida en la biblioteca, con ese aire de desconfianza que caracterizaba a cada uno pero siempre bajando la cabeza ante la abuela.
—Puede empezar doctor.
—Bueno, la Sra. Camblog ha decidido hacer unos cambios a su testamento y quiere hacerlo de conocimiento de todos ustedes.
—Para no interferir en sus planes claro.—agregó ella con sorna.— Por favor doctor, sólo la parte que sufrió modificaciones... no quiero hacer perder tiempo a nadie.
—...nombro como absoluta heredera de todos mil bienes al felino de raza persa que responde al nombre de Mística, anotado en el Registro de Propiedad bajo el título Nº 124578 y en caso de óbito de la misma a la Sra. Soledad Rivas de Camblong. En caso de falta de esta última, dono la totalidad de mi hacienda al Instituto Nacional de Investigación de Patologías Cancerosas, de acuerdo a escrituras de propiedad que constan en la caja de seguridad de la cuenta 09-03121/9 del FSM Bank, y cuyas copias autenticadas se hallan en poder de mi abogado...”
—Estás loca...
—Pero soy feliz así Rodrigo.
—Voy a declararte insana...
El abogado continuó leyendo:
—“... en caso de que mis descendientes, o cualquier otra persona, alegue la existencia de algún tipo de presión o invalidez psíquica al momento de la redacción y firma de este documento, autorizo a mi representante legal a presentar a la justicia el examen siquiátrico de la Junta Médica de la Universidad de Medicina que avala mi salud mental de acuerdo a las leyes dispuestas por este país...”
El Dr. Camblong salió de la biblioteca dando un portazo.
Soledad no dijo una sola palabra, pero tomó a Bruno de la mano y se sentó despacio, sintió que todas las miradas la incriminaban, sintió que todo aquello era demasiada responsabilidad. Sintió que el peso que llevaba sobre los hombros era esta vez demasiado... pero supo que Sara la apoyaba, supo que buscaba sólo proteger a Bruno y que confiaba en ella.
—¿Estás bien niña? —le preguntó ella cuando se quedaron únicamente ellas dos en la sala.
—Si y no Sara.
—Espero que no me defraudes.
—Yo también. Pero me gustaría saber exactamente que es lo que esperas de mi.
—Que hagas feliz a Bruno... que no dejes que su padre termine manipulándolo... y sinceramente tengo que confesarte que ni siquiera estoy segura de lo que hago... pero creo que eres mi última carta... o mejor dicho, la última carta de Bruno.
—Créeme que no los entiendo Sara... porque son parte de todo esto si no lo soportan?
—Pagamos un precio Soledad. Y lamentablemente cuando escogimos esto no pensamos que iba a ser tan alto.
—Un precio por qué ¿por todo este dinero? ¿crees que vale la pena acaso?
—Hoy te puedo decir que no. Pero hace cuarenta años no pensaba así... y para que ser hipócrita conmigo misma... si no hubiera hecho lo que hice me hubiese arrepentido toda mi vida. Yo no he sido lo que se dice una niñita tonta Soledad.
—Uno puede equivocarse.
—Cierto... pero debe soportar las consecuencias.
—Creo que te castigas demasiado.
—Fui una mala madre Soledad, tengo un hijo que me mataría por dinero y que no entiende el significado de la palabra familia. Tengo un nieto homosexual al que he visto sufrir desde que nació porque se todos nos negamos a entenderlo. Tengo un nieto muerto al que su propio padre mandó matar porque no quería problemas con su amante... yo misma no difiero demasiado de mi querida cuñada... he practicado mucho el viejo oficio de abrir las piernas... e insisto, no te estoy contando todo esto para que te formes una idea de mi... fui lo que fui y soy lo que soy... ahora solo trato de acallar un poco mi conciencia.
Soledad la miró fijo y no supo que contestar. Sara era demasiado cruda para hablar.
—Vete ya. Yo ya hice lo que tenía que hacer. Ahora estás protegida.
—Para tu tranquilidad yo podría firmar el documento que dijera tu abogado para anular lo que acabas de hacer... total ya el Dr. Camblong ya se lo creyó.
—No entiendes Soledad... si quieres matarme y escapar con mi dinero, puedes hacerlo... ya no hice más que dejar una puerta más abierta, al fin y al cabo serás tu quien escoja que camino seguir.
—Soledad... — llamó Bruno desde afuera.
—Vete ya, y no quiero volver a tocar nada de este tema ¿quedó claro?
Ella suspiró profundo, pero asintió.
—Como quieras Sara.
—¿Qué hablabas con mi abuela?
—Quería dejar en claro todo este lío del testamento.
—Y déjame adivinar... te dijo que no y que dejaras así como está ¿verdad?
—Si...
—Pues déjalo así y punto... ahora tenemos otra cosa que atender... las elecciones son el domingo y afuera hay una sarta de periodista.
—¿Y tú quieres ir a atenderlos?
—No sé... creo que deberíamos.
—Soy tu amiga, y acepté todo esto... pero por favor no me pidas que cambie lo que soy.



CAPITULO 7

A pesar de que no dieron la entrevista, la nueva pareja Camblong fue el blanco de todas las revistas de sociedad de ese fin de semana. Los fotografiaron desde todos los ángulos que pudieron captar a través de la alta reja de la casa. No asistieron a ninguna de las cenas de sociedad a la que estaban invitados, ni salieron de la casa hasta ese domingo de las votaciones.
Los periodistas se habían dedicado a rastrear el pasado de Soledad como el mejor de los detectives privados... y habían encontrado todo... toda esa infancia que no quería recordar, todo ese arrastrar de decepciones y fracasos que habían hecho de ella ese ser inseguro al que ella misma aborrecía.
Su querida suegra le trajo un ejemplar de cada revista y le dio los buenos días en la mesa del comedor. Bruno trató de frenar a su madre pero Soledad lo tomó de la mano bien fuerte.
—Ya me imagino lo que dicen... desayunemos en paz. Tenemos que ir a apoyar a tu padre y hoy me levanté con demasiado ánimo como para hacerme mala sangre por nada.
Bruno se limitó a acompañarla a desayunar.
—No te da curiosidad saber qué cosas escribieron?— preguntó él mientras iban camino al local de votación.
—Conozco mi vida Bruno... si se tomaron el trabajo de investigarla lo más probable es que me vean como alguien que aprovechó la oportunidad de salir de pobre rata miserable... si no lo hicieron lo inventarán igual, así que no le veo el sentido a amargarme por algo que yo sabía iba a suceder tarde o temprano.
Los periodistas apenas si los dejaron caminar:
—Sra. Camblong!!! Sra. Camblong!!! apoya usted al doctor o son ciertos los rumores de que él está tramitando ya la anulación del matrimonio con su hijo?
—Permiso.
—Sra. Camblong!!! qué opina de los comentarios del candidato de su carácter oportunista y malintencionado.
—Sra. Camblong!!! que opina de las perversiones de su marido? Participa usted de ellas?
—Yo contestaré a cada una de esas preguntas si es que ustedes me responden qué grado de “sensacionalismo” tienen cada una de ellas... claro, si es que existe un número capaz de medirlo. Quieren saber de mi matrimonio con Bruno?... la verdad es que no me interesa si se anula o no, yo seguiré con él y él seguirá conmigo hasta que uno de los dos no se sienta cómodo en la relación, para eso no necesito estar casada, así que si alguien quiere anular nuestro matrimonio me da igual. Quieren saber si soy una arribista aprovechada?... yo sería una tonta si lo aceptara públicamente y sería más tonta aún si lo negara públicamente, cualquiera que no esté en mi situación ahora pensaría que lo soy y el “ser” o “no ser” es una opinión que está en cada uno de ustedes... y ustedes son libres de pensar lo que quieran. Quieren saber de las perversiones de mi marido? Yo no sé si las llamaría perversiones, lo que sí sé es que me llevo magníficamente con él... sobre el resto, la “gran” opinión pública puede hacerse los ratones o intentar dormir debajo de mi cama, porque considero que es un tema exclusivamente privado. Y ahora permiso, si me dejan pasar voy a hacer lo que vine a hacer.
Bruno disfrutó ver la cara de los periodistas, que se codeaban mientras le abrían paso.
—Me gustó todo lo que dijiste ahí afuera.
—Querían algo de circo y circo les di... al fin y al cabo si no abro la boca ponen palabras hasta a mi forma de sentarme.

—Felicidades mi amor!— Fue el saludo transmitido por TV de la gran esposa del Dr. Camblong en cuanto se supo los resultados... el partido nacional era el indiscutido ganador con más del 78% del electorado.
—¡Bruno! Tu padre ganó y están trasmitiendo en directo, no vas a venir a escucharlo? —llamó Soledad desde la sala.
Bruno comenzó, al unísono con su padre el monólogo que noche tras noche se lo oía practicar en el despacho:
“Querido pueblo mío, desde lo más profundo de mi corazón... gracias... no existe otra palabra que pueda decir ahora, sencillamente gracias... por confiar en mí, por no dejarse embaucar por los inventos e injurias de los que fui blanco, por entregarme su futuro y el futuro de sus hijos... por creer en los ideales de las personas justas y honorables... por tener todavía fe. Y les prometo, que así como he sentido su apoyo incondicional, ustedes serán testigos de un cambio institucional, de un avanzar despacio hacia el crecimiento de este país... un avanzar lento, pero un avanzar seguro, por un camino construido por y para el pueblo... mi pueblo...”
—Te sale bien... podrías ser el próximo candidato “querido”
—A ver, practica tu parte ahora.
—Felicidades mi amor!— dijo Soledad en un tono empalagoso.
—¿Qué es eso?— preguntó Bruno mientras la veía marcar el diario con un montón de círculos verdes.
—Busco trabajo.
—No necesitas buscar trabajo.
—No discutamos Bruno... no pienso ser una cómoda mantenida... deja que me sienta útil, o van a salirme arrugas de tanto no hacer nada.
—Está bien, pero entonces hablemos con abuela, ella te hará algún espacio en alguna de sus empresas.
—No. No quiero eso.
—Pero a mi no me importa si lo quieres o no. —La voz de la abuela se oyó firme en la puerta de la biblioteca— Me parece muy buena la idea de Bruno, trabajarás en una de mis empresas... y no creas que te será fácil querida... de ti dependerá el que te quedes en una jefatura o desciendas a simple secretaria.
—Yo creo que...
—Ya dije todo lo que tenía que decir... mañana a las 8 te presentarás en el Departamento de Recursos Humanos del Instituto Médico Del Plata. Bien presentada por favor, y no digas tu nuevo apellido... veremos si todavía puedes pasar desapercibida...
—¿Porqué no quieres que la reconozcan abuela?
—Bruno... sabes que no me gusta que cuestionen lo que digo... lo quiero y ya...
—Ven conmigo querida.
Sara subió a su auto y desapareció con Soledad, dos horas más tarde, cuando regresaron, Bruno no podía creer lo que veía.
—¿Qué tal? —preguntó Sara.
Soledad había cambiado su cabello largo por un desmechado que apenas si le tocaba la nuca en forma descuidada y su natural castaño oscuro había sido reemplazado por un bordó furioso que le daban al mismo tiempo un aire de chiquilina traviesa y de malvada de telenovela en una mezcla rara y difícil de definir. Sus tupidas cejas se habían reducido a una fina línea y sus ojos quedaron con toda la expresividad que tenían, como los protagonistas reales de su cara.
—Me la cambiaste abuela.
—Ay Bruno, Bruno... ustedes los hombres son todos iguales, o no se dan cuenta de nada o simplemente asienten sin decir “está bien” o “está mal”... “me gusta” o “es un desastre”.
—No es eso abuela... estoy sorprendido... es todo.
—El sorprendido fue el estilista, cuando un domingo, a las nueve treinta de la noche, Sara se fue llegando con su gesto de “ya! y sin peros”.
—Bueno, ahora a dormir... y recuerda Soledad, mañana a las ocho en punto, ya sabes que a mi me gusta la puntualidad.
—No puedo creer lo cambiada que estás. —dijo Bruno mientras entraban en la habitación.
—Pero.... ¿te gusta o no?
—Te queda muy bien... la pregunta es ¿te gusta a ti?
—No sé... es un cambio demasiado brusco, ¿no te parece?
—Pero puedo apostarte que te hubiera encontrado con novio si cuando te conocí ya eras así.
—Eres un adulador.
—Es cierto... no sé, pareces tan atrevida así.
—Eso es lo que me hace dudar... yo no soy atrevida, no soy lo que podría decirse “el aplomo personificado”.
—¿Estás segura? Porqué no te preguntas si eso que respondiste hoy a los periodistas no fue aplomo.
—Es distinto.... estaba enojada.
—Pues enójate más seguido.
—Muy gracioso.
Soledad se maquilló prolijamente acentuando la mirada y con apenas un toque de brillo en los labios, se calzó un pantalón color vino y una camisa ajustada rosa viejo, los zapatos le resultaron bastante más altos que los de costumbre, pero el efecto le gustó.
Se presentó como Eliana Rivas obviando su primer nombre y “su nuevo apellido” como decía Sara. El Jefe de Recursos Humanos la hizo esperar casi hora y media antes de atenderla.
—Señora, el licenciado ya puede atenderla, pase por favor.
Le entregó la nota que le había entregado Sara y después de leerla el hombre la miró con detenimiento. Le entregó los test correspondientes y la hizo pasar a un salón contiguo.
—Tiene 45 minutos señora....
—Rivas. —completó ella.
La prueba era sencilla, los test de agilidad mental de siempre y un poco de vocablos médicos que ella manejaba perfectamente. Lo completó antes de la media hora y regresó.
—Comunícame con la Sra. Sara, Mariana... Si... cómo está señora Camblong, soy el licenciado Ferreira.... si... ella está aquí... sí señora... ¿y no quiere que verifique antes de... no, está bien señora, lo que usted diga... claro... no, no se preocupe... está hecho señora... sí... hasta luego...
El licenciado Ferreira colgó y la volvió a mirar de pies a cabeza.
—Es usted licenciada? —preguntó.
—Prácticamente... estoy preparando mi tesis.
—Ya... podría seguirme por favor.
Ella suspiró profundo cuando salieron de la oficina y subieron al ascensor.
—La gerencia administrativa está en el tercer piso, así que le aconsejo que use el ascensor. —“Gerencia?” se preguntó ella.— El anterior gerente renunció la semana pasada después de la auditoria general del trimestre y permítame decirle que no ha dejado las cosas muy ordenadas que digamos. Le presentaré al personal de su departamento y luego le mostraré el resto del instituto.
“Gerencia Administrativa”, el nombre ni siquiera le cabía en la cabeza. El Instituto Médico Del Plata era uno de los Centros de Medicina de Alta Complejidad más completos del país, era uno de esos lugares en los que cualquier persona que esté en el ámbito médico quisiera trabajar.
—Buenos días. Ella es la Licenciada Eliana Rivas, la nueva Gerente Administrativa.
Más de un par de miradas se clavaron en ellas con esa actitud odiosa de no dar ni dos centavos por lo que veían.
—Buenos días. —respondieron mal que mal todos.
—El señor Franco Bentes, que se ocupa de las compras y pagos; la señora Brenda Cazó, tesorera y la señora Carla Ferminetti auxiliar contable. Bueno, ahora los dejo, esa es su oficina licenciada y cualquier cosa que necesite saber, mi interno es el 169
Escuchaba el cuchicheo de la gente detrás de la puerta de su oficina, pero ya estaba acostumbrada a que hablaran de ella a sus espaldas, así que comenzó a revisar los cajones y la inmensa cantidad de papeles que llenaban el escritorio.
Su interno sonó alrededor de las seis de la tarde.
—Sí?....
—¿Qué haces todavía ahí adentro? Todo el mundo salió hace una hora...
—Ya lo sé... estaba revisando el informe de la auditoría externa.
—Baja ya, te estoy esperando en el estacionamiento... hoy tenemos una cena en la Embajada Argentina y no sé porqué la abuela insiste en que tú y yo vayamos.
—Allá voy. — respondió ella mientras llevaba consigo el grueso volumen de informe.
Bruno todavía no se acostumbraba a verla tan cambiada y la miró despacio en cuanto ella subió al auto.
—Please... no me mires con esa cara... bastante con que yo me sienta un bicho raro.
—¿Qué tal tu día?
—Un poco hosco, pero por lo visto ese es mi destino, así que todo fue normal ¿y tú?
—Aburrido, abuela no quiere que busque trabajo, y dice que me ubicará un día de estos.
—¿No te sientes demasiado controlado por ella?
—A veces... pero ella es así...
—Entonces te gusta que te controle.
—Es feo admitirlo, pero no estás demasiado equivocada... en realidad no es que me guste... simplemente es más cómodo.
Soledad no le dijo nada pero el comentario de Bruno la disgustó... no con él ni con Sara... con ella misma ¿se estaba dejando manipular ella misma? ¿qué clase de juego de ricos era el que estaba jugado y porqué?
—¿Porqué tenemos que ir nosotros a la Embajada? Dudo mucho que sea una invitación para nosotros...
—Es una invitación para papá... pero ella dijo que él no podía ir y que fuéramos en su representación.
—¿Y tu papá aceptó?
—Abuela jamás nos pediría que vayamos a menos que él lo hubiera aprobado.
Soledad no tuvo un buen presentimiento, pero no dijo nada... dejó que Bruno siguiera manejando y se limitó a leer el informe que tenía entre las manos.

No tardó en vestirse, revisó el nuevo “ajuar” que le había comprado Sara y quedó fascinada por un vestido lavanda de una gasa tornasolada... se sintió excesivamente provocativa, pero no le importó demasiado, su nuevo “yo” le pedía a gritos que la dejara vivir un rato y fue precisamente eso lo que hizo.
Era la única mujer en la reunión y comenzó a dudar de todo aquello... revisó la carpeta que Sara había dejado para ella y descubrió un contrato de compra de un gran lote de medicamentos que ella identificó como un anticancerígeno, unas fotocopias de facturas adulteradas y fotografías de etiquetas falsificadas de los mismos medicamentos. Iba a mostrársela a Bruno cuando una figura conocida apareció en el extremo del salón.
Rodrigo Camblong entró seguro de si mismo, como siempre, y disimuló bien la sorpresa de ver allí a ella y a Bruno.
—Dr. Camblong, ¿no era que no iba a venir?
—Disculpa Arturo, eso pensé pero aquí estoy... firme como siempre al pie del cañón.
Cenaron tranquilos, todos excepto Soledad, que debió soportar al “querido vicepresidente” a su costado, riendo con esa risa sarcástica que le desacomodaba de a poco el nudo de la corbata.
—Puede saberse querido hijo... —preguntó sin dejar de sonreir cuando ya casi acababan de cenar— ... qué diablos hacen ustedes aquí?
Bruno lo miró dubitativo.
—Abuela me pidió que vinieras porque tú se lo pediste.
—Jamás pediría que un par de mocosos de mierda como ustedes me reemplazaran en una reunión.
—Muy halagador señor.
—No estoy hablando contigo criatura.
—Otra vez... Soledad la alienígena... podría cambiar un poco el término señor... ya está muy gastado.
Rodrigo Camblong se alejó de ellos, las ganas de estrangular a Soledad resultaban más fuertes que su arte de aparentar.
—No entiendo nada.
—Es sencillo, tu abuela quería fastidiar a tu padre y nos usó.
—No digas eso.
—Se te ocurre otra razón.
También ella se fastidió, soportó el resto de la cena y se sintió más que libre cuando todos los invitados comenzaron a despedirse.
—¿Qué vas a hacer? —le preguntó él cuando la vio dirigirse directamente a la habitación de Sara, pero no pudo detenerla. Ella le abrió casi al instante y esperó que Bruno llegara hasta allí para dejarlo pasar también.
—Necesito una explicación.
—Soledad.... —llamó él.
—Déjala Bruno, tiene toda la razón del mundo en pedir una explicación.
El rostro de Soledad estaba duro, sus facciones se habían vuelto demasiado tensas y los ojos le brillaban de la rabia. Se sentía usada, un soldadito de plomo en una guerra que no tenía intenciones de jugar.
—Quiero que ambos se sienten y me escuchen. Te dije el otro día Soledad que no había sido nunca una santa y que quizá todo lo que hacía era para acallar un poco mi conciencia. Pues bueno, si he cometido errores en esta vida creo que el último es el peor de todos... y dudo mucho que mi conciencia algún día deje de reprochármelo, así que espero que de alguna u otra forma ustedes puedan al menos disminuir el daño.
—Abuela qué dices.
—Hace unos cinco años comenzamos a “producir” dentro de uno de nuestros laboratorios un medicamento anticanceroso, falso por supuesto, vendido a altos precios a los hospitales públicos a través de eficientes y nutridas “gratificaciones”. Tu padre me lo propuso, yo vislumbré un gran negocio y aquí estamos. No me mires así Soledad, mientras lo cuento me doy cuenta de mi codicia pero tampoco puedo borrar lo que hice. Ahora debo simplemente solucionarlo.
—Y porqué tanta conciencia de golpe.
—Hace un año me diagnosticaron leucemia... y me lamenté pensando que por fin la vida me había ganado la partida y se estaba vengando de la forma en la que la viví... pero confié en mi única familia... confié en Rodrigo aunque lo conocía, porque no me atrevía a perdonar a Bruno por ser un marica. Y fue peor...
—¿De qué hablas?
—Rodrigo me trae él mismo, desde el día que supo de la enfermedad, todas las medicinas que mi médico prescribe. El día de la boda de ustedes descubrí que me está dando a mí el mismo medicamento falso que nosotros vendemos.
—No... no puede ser tanto así abuela... papá será lo que quieras pero no asesinaría a su propia madre.
—Asesinó a su propio hijo Bruno, no seas tan ciego como lo fui yo por favor.
Soledad se sentó en la cama de Sara y la miró incrédula.
—No te voy a dar el discurso estúpido de que me voy a morir... porque lamentablemente para todos, todavía no han podido con esa yerba mala. Tampoco te voy a decir que “me lo debés” porque no me gustaría estar en la plantilla de tus zapatos. Pero quiero por primera vez en la vida pedir un favor... quiero y necesito... que me ayuden... no sé si a terminar con lo que inicié, no sé si a callar mi culpa... no sé si a pedir perdón... dudo que Dios si es que existe me perdone...
—No quiero que hables así abuela.
—No quiero tu lástima Bruno... Sara Camblong fue y será siempre una “señora” prostituta que se hizo valer... y no me importa... viví como quise y tengo que pagar un precio... nada más sencillo y llano que eso.
—Bruno por favor dejame a solas con ella.
—No voy a dejarla.
—Por favor... es sólo un segundo.
Sara la miró fijo. Ella no supo distinguir si en realidad en su mirada había algo de arrepentimiento o si le notaba el alma seca.
—¿Me odias verdad?... no me molestaría que lo dijeras... crees que te manipulo... crees que manipulo a Bruno... crees que...
—¿Podrías callarte?
Sara le hizo caso y continúo mirándola de la manera más inexpresiva que jamás hubiera visto.
—¿Qué pasaría si te dijera que soy una trepadora que fijé en la mira a Bruno hace aún más tiempo del que todo el mundo especula.
—Nada.
—Y qué pasaría si te dijera que soy amante de Rodrigo desde hace tres años?
—Nada.
—¿Qué pasaría si te dijera que yo también me estoy muriendo?
Sara no contestó. La inexpresividad de sus ojos se pintó de golpe de un gris acerado que suplicaba una explicación.
—No seas cruel Soledad.
—No lo soy.
—No eres una trepadora... ni eres la amante de Rodrigo... no tienes las agallas.
—Soy una buena actriz.
—Eres malísima... podría creer incluso que algún día prostituyas tu cuerpo... pero jamás harías eso con tu mente...
—Y entonces?... si no me crees porqué hablas de crueldad?
—Júrame que no está enferma.
—No puedo.
—Miénteme al menos criatura.
—No puedo.
Sara se dejó caer en el sillón desencajada. Rendida por fin a su propia culpa y el abatimiento de no saber ya qué pensar.
—¿Y ahora qué te ocurre?
—Es irónico que le diga esto a una desconocida... pero tengo miedo... se me acabaron las cartas Soledad, ya no tengo nada bajo la manga y para alguien que siempre tuvo todo bajo control eso es asfixiante.
—Tal vez es hora que dejes de controlar las cosas.
—Tal vez.
Soledad tenía escalofríos de rabia, las manos le temblaban y quería salir corriendo de allí, pero la mirada de Sara le impidió mover un solo músculo: sus ojos se veían secos.
—Te entiendo Sara, entiendo que estás vacía y que te sientes sola... yo me siento igual a pesar de Bruno porque definitivamente este mundo es la basura más grande que me crucé en mi vida... pero si estoy enferma, y tengo cuarenta y tantos años menos que usted... no me hable de culpas, porque yo no tengo ninguna y no merezco morirme... la vida es cruel Sara... muy cruel, pero yo no puedo hacer nada.
—Hablás con demasiado rencor Soledad.
—Cómo no hacerlo... sin ofender Sara, pero somos como la oveja y el lobo... donde está la justicia divina?
—¿De qué estás enferma?
—Basta con que sepa que lo estoy... y que si bien no tengo “fecha”... no puedo hablar de demasiado tiempo... y ahora disculpe... mañana mismo desaparezco de la vida de todos ustedes... y no se preocupe por nada, a las 8 de la mañana voy a estar en el estudio de su abogado para anular toda esa pantomima que hicimos el otro día.
—¿Y porqué vas a irte?
—Porque Bruno no sabe que estoy enferma y prefiero que piense que lo dejé antes que sepa que le mentí.
—No voy a decirle nada a Bruno.
—Eso es un arma de doble filo Sara... y la verdad es que debería habérselo dicho. No hay más nada que yo deba hacer aquí.
—El día que te casaste te hice una pregunta ¿te acordás?... te pregunté si “necesitabas” a Bruno o si lo “querías”... ¿fuiste sincera en tu respuesta?
—Si... quiero a Bruno, pero no como una mujer quiere a un hombre, se lo vuelvo a repetir ... lo valoro como persona a pesar de la máscara que lleva, incluso pensando que es su propia cara. Pero por eso mismo no tengo nada que hacer acá... ya me cansé de mentirle y de mentirme a mi misma también... al fin y al cabo va a enterarse de mi farsa tarde o temprano y las cosas van a ser peor aún.
—Lo tuyo no es una farsa... simplemente no se lo dijiste.
—Es lo mismo Sara... al menos para mi.
—Si lo querés... como sea... no lo podés dejar ahora.
—No quiera comprometerme Sara, Bruno no depende de mi.
—Eso es lo que vos crees. Bruno anda a los tumbos... hizo siempre lo que yo o su padre le deciamos, jamás pensó por sí mismo.
—Se da cuenta de lo que dice... es su nieto por Dios... además, él siempre se rebeló a ustedes, o no existirían los videos que existen o él no hubiera dejado esta casa... no sea ingenua Sara, quizá Bruno sea un poco inmaduro, pero no es un inútil. Y ahora me voy... es tarde y sinceramente lo único que quiero hacer es dormir.
Soledad caminó segura, pero sintió que las piernas le temblaban, encontró a Mística en el pasillo y la levantó queriendo al menos refugiarse en ella.
Encontró a Bruno parado en el balcón.
—¿Y?
—Nada... aclaramos todo.
—No pensarás decirme sólo eso.
—Depende.
—¿De?
—De si sos capaz de asimilarlo.
—¿Y porqué no podría?
—Según Sara siempre hiciste lo que ella o tu papá decían.
Bruno la miró con rabia pero calló, le dolía que precisamente ella le recordara esas cosas.
Entró al baño y se lavó la cara buscando no sentirse tan idiota, cuando salió encontró a Soledad ya recostada, dándole la espalda.
Se acostó a su lado y le molestó no haber salido en el momento oportuno dando un portazo; la puerta al balcón había quedado abierta y la habitación se llenaba de luna... miró insomne el brillo de la noche y concluyó que no podría dormir.
—¿Estás dormida? —preguntó después de un par de horas.
—No.
—Eso que dijiste dolió.
—Ese era el objetivo.
—Te desconozco Soledad.
Bruno se levantó... después de aquella respuesta le incomodaba aún más estar recostado a su lado. Soledad intentó cubrirse pero él notó que lloraba.
—¿Y ahora?
—Ahora nada. —respondió, sin poder disimular ya la voz crispada.
—Tratándose de cualquier otra persona creería que estás en el plan de víctima... pero... no sé... ¿querés decirme que cuernos te pasa?
—No me hagas caso.
—Si seguís en esa tesitura sí voy a enojarme... una vez te dije que pensaras en plural... no sirve que te guardes todo. ¿Se puede saber porqué querías lastimarme?
—Para que te fueras de la habitación.
—Eso si me pone curioso... ¿y para qué?
—Quería irme.
—Querías escaparte.
—Está bien... quería escaparme.
—¿Puede saberse el porqué?
—Miedo... rabia...
—¿Por lo de Sara?
—Por vos y por mi.
—No te entiendo, pero estoy sacándote las cosas con sacacorchos y es obvio que no pensás decirme todo.
—Es cierto.
—¿Y ahora? ¿Todavía querés escaparte? Si es así quiero que seas sincera... prefiero que te vayas a que “te escapes”.
—Quiero, pero no me animo.
Bruno suspiró y desvió la mirada mientras le hablaba.
—Ya fui suficientemente egoísta al hacer que te metieras en toda esta mentira, si querés irte no voy a retenerte.
Él volvió a acostarse y ella se acurrucó a su lado, le buscó las manos despacio y lo obligó a abrazarla. Lloró con rabia, con desesperación... con impotencia.
Él le besó la frente despacio, bajó las manos apretando su cintura y le buscó los labios.
—No Bruno... no quiero más mentiras... sólo necesito que me abraces.
Él tembló... tembló te pies a cabeza... Soledad se le hizo de papel de pronto.
—Todo esto te lastima demasiado, no puedo seguir permitiendo que las cosas sigan igual.
—No quiero que digas nada, ni quiero que intentes resolver las cosas... dejá todo como está y abrazame, es lo único que quiero...
Bruno no durmió, Soledad tampoco, ambos buscaban sobrevivir... y al mismo tiempo ambos deseaban no lastimar al otro.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó él cuando el día comenzaba a clarear.
—No sé.
—No quiero que te vayas... lo más probable es que vaya detrás tuyo.
—Te mentí Bruno... y lo hice en algo demasiado grande.
—¿Y si no me importara?
—Te importaría.
—¿Y si no quisiera saberlo? Sería decisión mía... no tendrías la culpa de nada.
—De todos modos no estaría bien.
—¿Y si después de decírmelo, en realidad no me importara?
—No sé.
—Quiero amarte Soledad... quiero enamorarme de vos.
—Las cosas no pasan por ahí... y no te engañes porque en realidad no es eso lo que querés... al fin y al cabo tampoco es lo que yo quiero.
—¿Y entonces?
—Entonces voy a dejarme guiar por lo que siento que está bien... auque después me odies el resto de mi vida.
Bruno se le quedó mirando con la impotencia de quien ve que todo se derrumba.
—¿Y entonces?— volvió a preguntar.
—Entonces tengo SIDA Bruno. —Por primera vez en toda su vida Bruno no supo cómo reaccionar... por un lado sentía que al fin podía ser sincero y que realmente podían tener una historia juntos sin una mentira de por medio... por otro, esa verdad significaba que también ella debía pasar el mismo calvario al que todavía él no se resignaba. —Ni siquiera sé cómo pedirte perdón... te mentí... y encima lo hice en algo que no puede considerarse una tontería...
—Si vamos a sincerarnos creo que yo también tengo que confesarte algunas cosas.
—No creo que nada de lo que digas venga al caso ahora... antes que cometiéramos toda esta locura hablé con un abogado y firmé una renuncia a cualquier tipo de reclamo económico con respecto al “matrimonio” que tuvimos... esta es su tarjeta... te agradecería que seas tú el que haga los trámites para la anulación, yo recojo mis cosas y...
—¿Podrías dejarme hablar también? Precisamente lo que tengo que decirte sí viene al caso... no eres la única que tiene SIDA.
—Qué querés insinuar?
—Nada, no trato de insinuar nada.
—No te entiendo.
—Yo también te mentí, yo también traté de refugiarme en alguien para olvidar lo que me pasaba, yo también fui lo suficientemente egoísta como para plantearte ser parte de mi vida sin decirte que soy HIV positivo.
—Estás mintiendo... estás tratando de convencerme que me quede, nada más.
Bruno buscó en el cajón de la cómoda el sobre arrugado del resultado y se lo tendió. Soledad lo leyó con la misma pesadez de alma que había leído el suyo cientos de veces hasta convencerse de lo que decía.
—¿Y ahora qué? —Preguntó él. — Ambos nos sacamos las máscaras y no creo que ninguno de los dos esté en condiciones de reclamar nada al otro. Lo que voy a decir es morboso, pero creo que no podemos estar en una mejor situación.
—Lo dices como si tantas mentiras entre ambos no tuvieran ni el más mínimo peso.
—Soledad, desde que te conocí supe que te mentía... y créeme que cada día he pensado en decirte toda la verdad... pero no me animaba, me acobardaba pensar que después que lo supieras ya no tendría a nadie...
—Tienes a tu familia...
—No puedes decirme que esto es una familia después de conocerla; además, lo que quiero que entiendas es que los dos... y escucha bien: “los dos”, mentimos en la misma cosa, con la misma gravedad y por el mismo motivo... y desde mi punto de vista eso anula las culpas, aunque tengo que reconocer que tú eres mucho más valiente que yo porque no sé si yo hubiera tenido el temple necesario para contártelo todo si esto no hubiera surgido.
—¿Te das cuenta de lo paradójicamente maquiavélicos que somos?
—Si.
—¿Y puedes aceptarlo así como si nada?
—No... si lo que quieres saber es si me da vergüenza... la respuesta es sí... pero hemos quedado frente a frente en tablas.
—No entiendo cómo puedes ser tan irónico contigo mismo.
—Es simple Soledad... tengo miedo de morirme... solo busco la mejor manera de sobrevivir.
Soledad lo miraba y en el fondo lo entendía, ella había jugado con las mismas cartas y a pesar de la culpa y de la autocompasión sabía que él tenía razón… los dos buscaban la mejor manera de sobrevivir. ¿Podemos juzgar a alguien por eso?
—Sabes que esto es un punto final.
—No lo es. No si eres lo suficientemente cuerda para darte cuenta de que es una oportunidad para ambos de seguir viviendo.
—Vos o yo no vamos a vivir más porque sigamos con esta farsa.
—Vos y yo no estamos enfermos todavía Soledad… pero entiendo si lo que no quieres es cargar con un futuro enfermo.
—No digas tonterías… sabes que no pasa por ahí.
—Y entonces?
—Pasa porque es una mentira… somos una mentira…
—Como quieras, ya está… si no lo aceptas porque somos una mentira voy a publicar en los diarios que soy gay, y que los dos somos HIV positivos… dejará de ser una mentira… pero no te vayas. —ella sintió un escalofrío con esa última súplica— o no entiendes que no quiero quedarme solo?



to be continued...





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Re: Máscaras - Capítulos 6 al 7

Mensaje por Charlotte Evans el Mar Nov 23, 2010 12:25 am

BRUNO!!!!!!!! *_*



eso es lo único que tengo para decir jajajajaja xD... a y también te recuerdo que ya tengo una pancarta terminada (?) jajaja
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Re: Máscaras - Capítulos 6 al 7

Mensaje por Robbin Masen el Mar Nov 23, 2010 2:41 am

*Levanta su pancarta de "BRUNO TE AMO!!! SOLEDAD SOS MI IDOLA!!! "
Y una un poco mas chica que dice "Abuela de Bruno sos muy grosa!

Bueno sin palabras, si yo soy buena... vos te llevas el NOBEL



Spoiler:


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Re: Máscaras - Capítulos 6 al 7

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