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Máscaras - Capítulos 4 al 5

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Máscaras - Capítulos 4 al 5

Mensaje por Jocelyn Belaqua el Lun Nov 22, 2010 2:39 pm

CAPITULO 4

—¿Alguna vez te dijeron que eres una idiota? Por qué si no lo hicieron yo voy a repetírtelo hasta que se te grave como el propio nombre de tu madre...
A Soledad le pareció borrosa la imagen pero enseguida reconoció la voz.
—Bruno, no te parece que estás siendo un poco brusco? —Ella no reconoció la segunda voz.
—Me importa un bledo si soy un bruto, se merece que la golpeen por caprichosa.
—Déjala dormir, todavía debe durarle el efecto de los tranquilizantes.
Y era cierto, ella no pudo responder ni mover un solo músculo mientras sentía que las voces se distanciaban más de ella hasta que se hicieron inaudibles.

La gata trepó de un salto a la cama, haciendo que ella se despertara.
—Quieta Mística o nos van a echar a los dos de acá. —Bruno le habló al animal ignorándola, y se sentó en la silla del acompañante sin decir más nada. Soledad no supo cómo reaccionar y lo miró rabiosa.
—Ni se te ocurra decir una sola palabra de reproche... porque todavía estoy demasiado enojado contigo como para entender ciertas cosas. —ella intentó hablar— ... no hables, o conseguirás que sólo me enoje más.
Se quedó con ella el resto de la tarde, leyendo un libro del que ella no divisó el título, y Soledad no pudo dormir, ni pudo dejar de mirarlo mientras sentía que quería despertar de la pesadilla que había comenzado aquella tarde en que todo su mundo se cayó. No soportó y en un murmullo entre tímido y culpable lo llamó:
—Bruno...
—¿Si?
—No sé qué decir...
—No hables entonces.
Ella calló y volteó a ver la pared arena.
—Discúlpame... sé que estoy siendo duro contigo, pero es que todavía no entiendo cómo pudiste... no sé... lo que intentaste es.... no sé... extremo digamos.
—No niego que tengas razón, pero sentí que de golpe no había otra salida... es algo demasiado difícil de explicar.
—Pudiste haber acudido a mi en su momento.
—Fui hasta tu casa ese día, tenía una necesidad imperiosa de hablar, de sentir que el mundo no era esa masa borrosa que yo veía... de sencillamente ver las cosas con otros ojos para tratar de cambiar mis colores.
—¿Me buscaste?
—... y me arrepentí de haber renunciado a tu amistad cuando me la propusiste.
—Todavía estás a tiempo de retractarte.
—¿Y vos serías capaz de perdonar tanto egoísmo?
—Yo fui en su momento demasiado egoísta como para reclamarle eso a alguien... y ahora dormí, porque escuché que mañana te dan de alta.
—¿Cómo llegué hasta acá?
—El portero del edificio forzó tu puerta porque Mística aullaba como una condenada a muerte.
—¿Y vos?
—Desde día que me cortaste el rostro, vacié al menos una botella de vodka por noche... antenoche hice una intoxicación alcohólica severa y me trajeron hasta acá.
—No te creo lo que me decís.
—¿Porqué? Yo soy mucho más débil que vos en ese sentido... sólo que tu vaso se colmó antes que el mío.
—Es que si supieras...
—No quiero saber, eso implicaría que yo también tendría que hablar de mi lastre y no quiero hacerlo.
—Una tregua sin porqués entonces?
—Exacto, somos amigos y nada más... tal vez alguna vez podamos sacarnos la máscara del todo.
Ella asintió, cerró los ojos y se durmió tranquila, con una sensación de ya no cargar sola el mundo sobre los hombros, en una búsqueda esperanzada en continuar su vida tal cual era, sin que la sombra de una enfermedad que siempre había visto como demasiado lejana a ella le oscureciera los pocos paisajes que asumía como suyos.

El médico le dio el alta temprano y ella se encontró en la calle con Bruno y Mística, un bolso de manos y la gran sorpresa de que su casero la había echado del edificio.
—¿Cómo que ya no puedo vivir aquí?
—Y no... lo que hizo la otra vez nos compromete, además ya nos enteramos que está sin trabajo y así ¿cómo piensa pagar el alquiler?
—Pero no me puede echar así, el contrato exige una comunicación de por lo menos un mes.
—Ninguna comunicación, ¿o acaso usted declaró en el contrato que estaba tan loca como para matarse un día cualquiera?
—Eso no es algo que le incumba.
—¡Me incumba o no usted no entra a ese departamento para otra cosa que no sea buscar sus muebles!
—¡No me va a dejar en la calle... eso se lo juro, aunque tenga que empeñar todas mis cosas para pagar un abogado!
Bruno la llevó hasta afuera mientras ella gritaba.
—No te preocupes, y dejá de hacer escándalos... te venís al hotel donde estoy yo y punto.
—Pero yo no tengo plata para un hotel ahora... además legalmente me corresponde una indemnización por desalojo... esto no se va a quedar así...
—Tranquila... ya dije que no te preocuparas y es eso lo que vas a hacer.
Ella refunfuñó pero lo siguió hasta el hotel, no muy lejos de ahí.
—¿Vos pensás que yo me voy a quedar ahí? —preguntó ella cuando vió el edificio de cinco estrellas— un día acá debe equivaler a mi alquiler de un mes Bruno.
—Sí, a mí también ya me está costando sus buenos billetes... tengo una idea mejor, alquilamos otro departamento y lo compartimos.
—Vos no estarás hablando en serio ¿verdad?
—¿Y porqué?
—Yo no me puedo ir a vivir porque si con un tipo?
—Yo no te estoy proponiendo que vivas conmigo, dije que compartiríamos el departamento.
—¿Y no es lo mismo?
—Técnicamente no.
—Técnica o prácticamente mi respuesta es no.
—No pienso hacerte nada.
—No importa, dije que no y basta.
—Mirá que sos caprichosa ¿eh?
—Mirá que sos atrevido ¿eh?
—¿Y eso porqué?... somos amigos... nada más que amigos.
—Somos un hombre y una mujer, eso no está bien visto y basta, no me importa como se tome, no está bien y punto.
—Tenés razón viviríamos discutiendo.
—¿Ya te enojaste?
—No.
—Si te enojaste...
—Si lo hice ya se me va a pasar, así que como vos misma lo dijiste: punto.
—Punto no... no me voy a quedar ahí y es mi última palabra.
La miró y suspiró profundo... dio media vuelta hacia la recepción del hotel y no volteó ni siquiera cuando ella lo llamó casi a gritos. Sentía una languidez extrema y de golpe sintió rabia por Soledad... había intentado suicidarse y él se moría... paradojas.
Ella lo alcanzó cuando llegaba al ascensor y entró con él sin decir más nada; tampoco ella sabía cómo actuar, entendía que él intentaba ayudarla aunque no comprendiera el porqué y se daba cuenta que las intenciones de él estaban demasiado lejos de una cama, pero todo le parecía tan risueño, tan intangible como un cuento de cenicienta barroco llevado al cine por algún director famoso.
—¿Todavía estás enojado?—preguntó después de dos horas de silencio.
—¿Cuántos años dijiste que tenías?—preguntó él después de mirarla fijo un rato.
—Veinticuatro.
—A veces te comportás como si tuvieras muchos menos.
—Lo sé y también sé que merezco lo que acabás de decir.
—Las cosas no pasan por saberlo... pasan por solucionarlo.
Soledad sintió que la golpeaban, sintió que todo lo que le pasaba era su culpa, su mismo no encajar en ningún lado. Y no respondió a Bruno, miró el piso y desató despacio los cordones de sus zapatillas.
—¿No vas a contestarme?
—No... ¿para qué si tenés razón?
—Tampoco te hagas la víctima.
Otro golpe bajo, y el corazón le comenzó a latir exagerado mientras sentía que las puntas de sus dedos reventaban.
—Está bien.
Bruno pasó de la bronca a la sorpresa pero no se animó a decir más nada. Ella hurgó en su bolsón desteñido y anunció que se daría una ducha rápida antes de salir a comer.

—¿Lista? —preguntó cuando la vió salir del baño ya vestida, con una solera larga y con el cabello todavía húmedo.
—Lista... y con hambre.
Ambos bajaron hasta el restaurante del hotel, ambos con culpa por lo tenso del aire que aún se respiraba, ambos con el mismo pensamiento escabroso de su enfermedad... ambos sintiéndose egoístas al extremo y sin la voluntad suficiente como para evitarlo.
Bruno pagó con una Americam Express y ella volvió a recordar de pronto que él era un niño rico de sociedad, con distintos puntos de vistas, distintos principios... hasta distintas ganas. Pensó que quizá si ella tuviera tanto dinero como él a lo mejor podía solventarse un tratamiento que le diera una mejor calidad de vida, o hasta incluso que la curara.
—¿En qué pensás?
—En tu propuesta de alquilar un departamento entre los dos.
—¿Y qué resolviste?
—Acepto si es que me dejás usar primero el baño a la mañana y puedo conservar a Mística.
—Lo de Mística ni siquiera tienes que pedirlo, pero lo del baño es única y exclusivamente si no demorás más de media hora adentro.
—Ok.
—Bueno, compremos un diario y a buscar se ha dicho.

Terminaron en un tres ambientes pequeño, a unos cuarenta minutos del centro y con vista a un colegio secundario de clase media que mantenía las paredes del costado del edificio plagado de graffitis.
Soledad consiguió trabajo de Secretaria en un Laboratorio de Análisis clínicos y Bruno era programador a medio tiempo en una compañía de software. Él llegaba primero y sacaba a pasear a Mística hasta que ambos veían acercarse la silueta de Soledad cuando ya oscurecía.
Él cocinaba algo mientras ella se paseaba de un lado a otro con el plumero y la escoba y Mística se le enredaba en las piernas exigiendo mimos.
—Estás muy pensativa... ¿pasa algo? —preguntó él una noche mientras cenaban.
—No...
—Pensé que habíamos superado esa etapa de los secretos.
—Yo también. —Contestó ella un poco agresiva. Lo miró y suspiró profundo— No me hagas caso.
—Tal vez querés hablar de algo.
—No.
—Creo que si estás molesta por algún motivo lo mejor sería decírmelo.
—Dije que no pasa nada... entendido? NA-DA.
—Sabés que me enferman tus ironías.
Soledad no contestó y comenzó a levantar sus cubiertos rápido.
—Te estoy hablando!
Guardaba su plato en el refrigerador cuando él volvió a repetir aún más fuerte:
—Te estoy hablando! —Mientras la alcanzaba en la puerta de la cocina.
Mística saltó por la pierna de Bruno, arañándolo y él por fin reaccionó. Tomó aire, mientras sentía que el corazón le palpitaba a mil por hora llenándolo de vergüenza.
—Perdona... me descontrolé.
Soledad seguía sin hablar, sólo lo miró y enfiló hacia su habitación con pasos cortos. Bruno no entendía la situación pero tampoco se animó a seguirla, se quedó en la cocina más de una hora, dando ciento un vueltas buscando algo que hacer.
—¿Puedo? —preguntó cuando su remordimiento no pudo más.
—Entra.
—Quería disculparme contigo... últimamente estoy muy nervioso... reacciono mal... sé que no es excusa pero anímicamente me siento fatal...
—Lo sé, he visto que hoy terminaste tu romance con ese “amigo” tuyo del colegio. —Bruno palideció— Siempre creí que había algo raro en ti... y sinceramente te digo que no me importa que seas gay... pero me duele que no me hayas dicho nada.
Él se sentó en el piso y recostó su cabeza contra la cama.
—Me odias ¿verdad?
—Si te odiara sería la persona más desconsiderada del mundo.
—Eso no es una respuesta.
—Si quieres saberlo, tú serías el hombre de quien me enamoraría si las circunstancias fueran distintas... entonces como se te ocurre que podría odiarte?
—¿Explícame porqué las cosas tienen que ser así?
—Simplemente porque vivimos en un mundo real y no en un cuento de hadas.
—No me soporto yo mismo... cómo puedo pedir que me soporte alguien más...
—No te pongas en el plan de víctima, bastante culpable me siento yo como para sentirme peor.
—No me hago la víctima, pero... ¿no te das cuenta lo inútil de mi vida?
—Por favor Bruno, hablas como si fueras un perdido sin futuro y no es así.
—Vos misma sueles recalcar que sigo siendo un nene de la high...
—Lo digo cuando me enojo, o cuando quiero fastidiarte un poco, pero no puedes tomarlo en forma tan literal.
—Sí puedo, porque es verdad, soy un tarado que a sus veintiséis años sigue teniendo arranques de adolescente caprichoso y ególatra, y que bien o mal sigo viviendo para el figuretti en el que crecí, y en el que definitivamente voy a morir porque no soy capaz de crecer... ni de madurar... ni de un montón de cosas que admito que envidio en vos...
—No voy a permitir que sigas diciendo esas cosas.
—El hecho que no me permitas decirlas no significa que no sean ciertas.
—Sólo voy a decirte una cosa Bruno... yo admiro en vos la resolución que tuviste para dejar la comodidad del mundo en que vivías para bajar a esto... y te conozco, y aunque no sé que es, estoy segura que hay un motivo muy poderoso que te empujó a hacerlo... no creo que tu homosexualidad sea la única causa, pero te respeto, te quiero y te acepto... sos mi mejor amigo, sos el apoyo que nunca tuve y aunque me enoje y pelee contigo por mil trescientos millones de cosas voy a seguir respetándote, queriéndote y aceptándote.
—Más vale que te calles o vas a conseguir arrancarme una lagrimita.
—Basta, no me cargues...
—Es en serio, nunca sentí ese grado de sinceridad en nadie.
Ella se le quedó mirando y pensó que no era sincera un ciento por ciento, le recriminaba haber guardado el secreto de su homosexualidad pero ella seguía ocultando el de su enfermedad.
—Buenas noches... —se despidió Bruno mientras cerraba la puerta del cuarto y todo volvía a una oscuridad despareja.
—Buenas noches... —respondió e intentó dormir.


CAPITULO 5

—¡Bruno! ¡Bruno! ¡apúrate!
Él salió del baño con el cuerpo lleno de espuma y una toalla a medio envolver.
—¡¿Qué pasa?! Pensé que te asaltaban o algo así.
—Mira. —Soledad subió el volumen del televisor y él escuchó lo que supuso mucho tiempo atrás sería el arma que utilizaría la oposición en la lucha electoral.
“—Dr. Camblong ¿qué opina de los videos que se dieron a conocer a través de Canal 5, sobre su moral y la de su familia?
—Esos videos están trucados, no creo que la ciudadanía no pueda distinguir una filmación trucha, que está siendo usada por mis adversarios para quitarme el rédito de una campaña limpia y de una moral intachable.
—Sin embargo doctor algunos de los implicados en los videos dieron testimonio y...
—Testimonios en un programa sensacionalista, en un canal sensacionalista, y con un periodista sensacionalista.
—¿Iniciará alguna demanda por estas “calumnias” como Ud. las denomina?
—Escúcheme... yo no tengo tiempo para perder en este tipo de preguntas soeces y doblesentidistas... si Ud. mismo ironiza mis declaraciones es más que claro que su objetividad de periodista deja bastante que desear.
—Yo creo doctor que esa apreciación sólo indica cierto “sentido de culpa”.
—Disculpe, pero esto ya no es una conversación seria... permiso... cuando esté dispuesto a entablar una discusión profesional no dude en llamarme.
—Bueno, ustedes han oído las declaraciones del candidato a vicepresidente por el oficialismo... esperamos sus opiniones a los teléfonos del canal...”
Soledad bajó el volumen del aparato de televisión y se le quedó mirando.
—¿Qué es eso de los videos Bruno?
—¿Todavía no sabes nada?
—Te estoy preguntando ¿no?
—El lunes en ese programa de Enzo D’Giaccomi dieron a conocer unos videos... y hay varios de la familia que estamos... comprometidos en ellos.
—¿Qué clase de compromiso?
—Compromisos Soledad... cosas sucias... cosas de las que no estoy orgulloso...
—No estoy recriminándote nada, simplemente quiero saber.
—Te aseguro que no te gustará saber.
—Eso no es algo que tú puedas afirmar, ve a terminar de ducharte y hablaremos.
Bruno tardó algo más de una hora en el baño antes de regresar al living en donde Soledad lo esperaba.
—Prométeme que todo lo que te diga no hará que me dejes, al menos no por ahora, y discúlpame si estoy siendo demasiado egoísta.
—Nunca había sentido tanto miedo en tu voz.
—Tienes razón y quizá lo peor es que el miedo no viene de las consecuencias que puede tener todo esto sino de cómo vas a verme después.
—No debes temer por eso... y lo sabes. Nada más confía en mí.
—Bueno... ya sabes que soy gay... ya sabes que soy un nene mimado de la gran sociedad... ya sabes que jamás se me negó nada y que siempre hice lo que quise... si mezclas todo eso sólo sale un egoísta rencoroso y pervertido. Mi homosexualidad estaba bien encubierta para mis padres y mis amigos, pero tenía mi círculo y no voy a negar que me gustaba filmar ciertas “fiestas” que teníamos. Varios de esos videos estaban guardados en mi cuarto y Analía los descubrió un día.
—¿Quién es Analía?
—Mi novia oficial, la mujer con quien ya tenía un compromiso de casamiento formal, firmado y sellado por nuestros padres.
—¿Y después?
—Analía era una puta en todo el sentido de la palabra, podía acostarse con una jauría de perros si recibía la paga que pedía, era “amiguita” de mi padre, un día revisó mis cosas, me sacó los videos, me chantajeó para que nos casáramos, ya sabes, puedes imaginarte el resto. Me sentía atado y al mismo tiempo quería vengarme de ella... hasta que descubrí que era el juguete preferido de papá y de su sadomasoquismo y le pagué con la misma moneda. Si hay algo de lo que no me arrepiento es de la ridículo que se veía el “candidato” con el látigo en la mano y sus boxer de cuero.
—Y ahora las dos filmaciones están en poder de la prensa ¿verdad?
—Exacto.
—Tu padre realmente me importa poco y nada, pero si tu cara se reconoce en los videos podría traernos muchos problemas.
—Y ya comenzaron, al día siguiente me despidieron en el instituto.
—Hoy es viernes Bruno ¿cuándo pensabas decírmelo?
—No sabía cómo... no es algo de lo que me sienta orgulloso.
Ella se levantó del sillón y le sirvió un vaso de leche.
—No tengo hambre.
—Pero a mi acaba de darme un ataque de ansiedad y estoy a dieta.
—Todavía tienes ganas de hacer bromas... eso significa que no estás tan enojada.
—Más o menos.
—Pero más o menos.
—No insistas demasiado porque se supone que no tengo que reír, al menos para simular un enojo relativo.
Bruno la miró fijo.
—Me hubiera gustado conocerte antes ¿sabes?
—Las cosas se dan en el momento en que se dan, y probablemente si alguno de los dos no se encontraba bajo las circunstancia bajo las que nos conocimos ni se hubiera enterado de la existencia del otro.
—Al menos me gusta pensar que existía la posibilidad de que mi vida no fuera el desastre que es.
—No quiero que te deprimas, porque ahí sí que voy a enojarme con... —el golpe seco en la puerta de entrada cortó la conversación—.
—¿Quién era? —le preguntó ella cuando él regresaba con un sobre en la mano.
—El encargado... escucha: —desplegó la carta y comenzó a leer rápido, con bronca— “De acuerdo al artículo cuatro del contrato de alquiler, le informamos que damos por terminada la locación en forma unilateral, comenzando el período de treinta días de preaviso a partir de la fecha. Atentamente. La Administración”
—¿”Atentamente”? —dijo ella con ironía.
—Esto no se va a quedar así, aunque tenga que poner un abogado no nos van a sacar de acá.
Soledad rió a carcajadas mientras lo estiraba del brazo y lo obligaba a sentarse a su lado en el sofá.
—¿Señor Camblong usted recuerda el día en que me impidió que yo tomara una medida similar?
—Ay Soledad... no me parece un buen momento para que te hagas la graciosa.
—Bueno... bueno... era una broma chiquita, no te sulfures.
—Me preocupa, y no me parece justo.
—Depende desde el punto de vista que se lo mire. Si tú fueras el dueño del edificio lo pensarías dos veces.
—Por discriminación.
—No, por conveniencia. Puedo apostarte que al dueño le importa muy poco tu vida sexual, social o familiar, pero “entre comillas” el resto de sus locatarios podría sentirse “agraviados” u “ofendidos”.
—O sea discriminación.
—Discriminación no, “el qué dirán” tal vez.
—Lo que sea o como lo quieras llamar, es idiota. —Soledad lo miró y suspiró.—¿No me vas a contestar?
—Estas furioso por algo que acepto es injusto, pero es real Bruno... y esa realidad, desde el ángulo en que nosotros estamos no es algo modificable.
—Yo no voy a quedarme con eso, y no me digas que deje de ser un caprichoso que se quiere llevar el mundo por delante, porque aunque sea así y tenga que tragarme después todo este orgullo, no me resigno a agachar la cabeza y dejar que me pisen.
—Me gustaría tener tu determinación... pero no sé si soportaría el golpazo que te vas a dar después.
—Aunque me golpee, Soledad... ya estoy jugado.
Ella pensó que también ella estaba "jugada" y no supo discernir si quería o no tener esa fuerza intempestiva de Bruno.
—Bueno... está bien, si vos estás jugado yo lo estoy aún más... ¿qué vamos a hacer?
—¿Vamos? ¿Estas segura de enfrentar esa pluralidad?
—Y acaso si tu puedes ser tan valiente ¿porqué no puedo serlo yo?
—Me gusta eso.
—¿Eso qué?
—"Eso" que te levanta el espíritu y me deja verte como eres, no con esa armadura de agujero negro.
—A ver... tradúceme lo que quisiste decir con eso, porque te anticipo que tu comparación resultó de golpe como que "muy profunda".
—Ahora ya no, es tarde, yo diría que demasiado tarde, así que amablemente la invito a retirarse a sus aposentos my lady porque mañana será un día de trajín y este caballero necesita reponer ánimos y fuerza.
—Si lo pedís así, no queda más que hacerte caso.

Soledad se fue a trabajar temprano, pero ya no encontró a Bruno en el departamento. Releyó la nota que dejó sobre la mesa con un atento desayuno y rogó que él no se fuera a meter en demasiados problemas: "No te preocupes, nos vemos esta tarde... deséame suerte".
Soledad escuchó durante toda su rutina diaria el tema del momento: “Los Camblong aquí, allá, un poco más cerca, un poco más lejos, los Camblong que sí, que no, que porqué y que cuando, los Camblong que tal vez, que con razón, que había sido... los Camblong, los Camblong y por último los Camblong.
—¿Y vos Soledad? ¿qué opinas de todo este tema? —le preguntó una de las técnicas del laboratorio.
—No sé... el candidato es una persona pública, sea cierto o no es obvio que es una campaña para desacreditarlo.
—Pero te parece... es un degenerado, ¿no viste los videos?
—No, pero me comentaron algo... sadomasoquismo creo.
—Ridículo sadomasoquismo, pero en fin, lo que realmente es una lástima es ese hijo suyo... un tipo que ni te cuento... no sé cómo explicarte, no es literalmente un bombón, pero tiene un físico que Dios mío... insisto, un tipo que ni te cuento.
—Exagerada ¿acaso lo conoces?
—Si me hace a mi lo que le hace al tipo del video, no me importa si tengo tiempo o no de conocerlo... me basta y sobra para una sesión de sexo.
—Cualquiera que te escuchara diría que padeces de un grave problema de “ligamentos”.
—Es que si lo hubieras visto Soledad... jamás dirías que es homosexual... —Ella reconoció interiormente que era cierto, y hasta sintió curiosidad por aquellos videos.— ¡Nena! Te estoy hablando... estás en la quinta luna de Valencia.
—Y vuelta a las exageraciones, no es que sea despistada... simplemente no me gusta meterme en la vida privada de nadie y me parece que esto del candidato es exactamente eso: “un tema privado”.
—No podés decir eso, él es... o era al menos es candidato con mayor aceptación para las elecciones, incluso mucha gente opina que él debería ser presidente y no vice.
—Eso es relativo, si clasificas las personas que están dentro de ese grupo de darás cuenta que todos tienen fuertes relaciones económicas que él ¿cómo no van a querer que él gane si le están solventando la campaña?
—No... no es tan como lo pintas... corruptos son todos, inclusive él, pero tiene algo que no sabría cómo definirte... algo que hace que lo admires, o lo ames o lo respetes.
—Ese algo es carisma Victoria.
—Llámalo cómo quieras, pero puedo apostarte que a pesar de todo, esta hecatombe de chismes sólo va a darle más publicidad y el Dr. Rodrigo Camblong, dentro de un mes va a ser el vicepresidente electo de este país.
—Ojalá no... —respondió
—¿Porqué no? ¿porqué hizo lo que en este país hacen todos?... decime quien guarda el debido respeto a su esposa... se tiró una cana al aire y todos los que hacen lo mismo tienen el tupé de criticárselo... pero insisto, ese Bruno Camblong es un atentado a los sentidos, al menos después de ver los videos, en fin, es lo que podría llamarse: “una verdadera lástima”.
Soledad compró medialunas antes de llegar al departamento, la verdad era que tenía miedo de llegar. Ella asumía tal vez en un acto de defensa propia, que Bruno sería siempre, eternamente, su compañero. Ella no buscaba sexo, no buscaba amor, no buscaba ninguna de esas relaciones peligrosas que mal unen las dos cosas en una mezcla barata de egoísmo... ella buscaba lo que tenía, un amigo... y el miedo de perderlo se trasformaba demasiado aprisa en pánico.
—Estaba por salir a buscarte, es tarde.
—Me entretuve en la panadería... traje unas medialunas ¿qué haces con todas esas cajas?
—Estoy empacando.
Soledad palideció.
—¿Te vas?—le preguntó, mientras se quedaba helada en el zaguán.
—No puedes hacerme esa pregunta... definitivamente tengo que hacer algo con tu autoestima... a ver, rebobinemos y repite conmigo: “¿nos vamos?”
—Te lo pregunto en serio.
—Y yo te contesto en serio. ¿Acaso no habías dicho que habláramos en plural? ¿Qué somos dos, pase lo que pase?
—Sí.
—¿Y entonces?... Yo tengo la leve impresión de que sólo estás teatralizando para esquivarle al bulto y no ayudarme a hacer tus valijas... y discúlpeme my lady pero eso no es algo que este caballero deba permitir.
Bruno consiguió que ella sonriera.
—¿Eso vas a guardar?
—Ni una palabra, es el primer diente que le tiré abajo a un infeliz.
—Mira que tienes ocurrencias... guardar un diente... eso es de sádicos.
—La venganza es el placer de los dioses my lady.
—La venganza es venganza, no tiene otra definición.
—Y es genial... reconócelo, o acaso no te sentiste toda una “lady” cuando en el casamiento de Romina le hiciste pagar uno a uno todos sus desprecios.
—Es distinto.
—Ahhh... me prestas tus anteojos.
—Qué dices, yo no uso lentes.
—Ahhh... me pareció porque hay un dicho que dice: “todo depende del cristal con que se lo mire”.
—Te odio sabías. —rió ella.
—Es una lástima porque a partir de mañana vas a tener que disimularlo muy bien.
—¿Y eso?
—A partir de mañana y por el transcurso de una semana, serás la prometida de Bruno Camblong y después de eso my lady... tendrás que soportarme como tu señor esposo.
—Estás rematadamente loco.
—Estoy rematadamente cuerdo.
—Estás definitivamente enfermo.
—Estoy definitivamente sano.
—No juegues con un tema así.
—No juego con un tema así.
—Basta.
—Como quieras, lo hablamos más tarde... o mañana, antes de salir.
—¿Tú no estás jugando, verdad?
—No... esa es la solución que encontré a todo este desastre.
—Lo que dices no tiene ni pies ni cabeza ¿cómo se te ocurre que puedo casarme contigo? Y en todo caso ¿qué tiene que ver eso con solucionar nuestros problemas ahora?
—No estoy hablando de amor, estoy hablando de la misma relación que tenemos a la que simplemente le sacaríamos ventaja... hoy fui a hablar con mi abuela... ella desheredará a papá si no se acomoda a...
—A la farsa.
—No lo llames así... me haces sentir mal, no voy a obligarte a hacer algo a lo que no estás dispuesta... es sólo que creí que era una buena idea.
—Mentir no es una buena idea.
—Tienes razón, me estoy dejando llevar por cosas que no son como yo creo.
—¿Dónde vas? —preguntó ella cuando él enfiló hacia el dormitorio dejándola sola en la sala.
—A dormir.
—Pero estamos hablando.
—Ya me diste a conocer tu opinión, y viéndolo desde tu punto de vista estás en lo correcto ¿qué más hay para hablar?
—Creo que mucho.
—¿Qué por ejemplo?
—¿A qué te refieres cuando dices que “las cosas no son como tú crees”?
—Dejemos las cosas como están ¿sí?
—No. —Soledad lo dijo firme, con una mirada que casi ordenaba que él diera media vuelta y volviera al living.
—¿De verdad quieres saberlo?
—Por supuesto.
—¿Aunque no encaje dentro de tu lógica ni tenga una explicación científicamente comprensible?
—Sí, definitivamente sí, ya veré yo si encaja o no en mi lógica.
—Soy egoísta por pensar así, quizá mucho más de lo que puedo reconocer, pero te siento como una especie de personaje dentro de mi vida.
—¿Un personaje?
—No lo dije con esa ironía... quiero decir que te siento como parte de mi vida, pero tengo miedo de que malinterpretes eso.
—Malinterpretar en qué sentido.
—Soy gay, con mayúsculas y subrayado, conciente de mi sexualidad y asumido más que un cien por ciento.
—¿Y?
—Y que no sé... te quiero de una forma muy especial, te quiero conmigo lo que me queda de vida y... ay Soledad, no me pidas que te explique algo que para mi es difícil de entender... haces que me sienta como un adolescente idiota.
—Estás tratando de decir que me quieres pero que estás perfectamente seguro que no deseas una relación digamos “carnal” conmigo...
—Algo así.
—Para mi eso es una muy buena amistad.
—No puedo llamarlo así porque es más fuerte, mucho más fuerte... no se me pasa por la cabeza convivir con un amigo pero contigo no sólo es una idea, es una especie de necesidad.
—Creo que estás demasiado confundido Bruno: no me quieres pero me quieres, no quieres tener una relación pero quieres que convivamos... no sé... acaso te estás escuchando
—Si es tan fácil para ti explícame que sientes tú por mí.
—Cariño... un cariño muy grande, un cariño que me permite confiar en ti, que me permite vivir contigo, que me permite mostrarme como soy, que me hace sentir bien cuando estoy contigo y me preocupa cuando sé que algo te molesta o te lastima. Siento la libertad de poder apoyarme en ti cuando el piso se me desdibuja y creo que no hay nada más allá. Siento ternura, necesidad... confianza.
—Sientes exactamente lo mismo que yo... ¿porqué me lo censuras entonces?
—Porque la diferencia es que yo sí puedo enamorarme de ti.
Bruno le esquivó la mirada y se quedó callado un rato.
—Yo me sentiría orgulloso si tú te enamoraras de mí.
—El estar orgulloso no significa nada si no puedes corresponder a la otra persona.
Élla se sentó junto a él en el sofá e intentó abrazarlo.
—No te molestes en compadecerme... soy demasiado egoísta como para merecerlo.
—Y vuelta la burra al heno hombre.
—¿Y qué quieres que te diga? Te quiero conmigo, no puedo evitar sentirme tan bien como jamás me he sentido, no me imagino feliz sin que tu estés ahí... pero soy homosexual, soy un marica sin pelotas y créeme que te mentiría y sería tu pareja si eso te hiciera feliz y evitara que me dejes... odio el que hayas descubierto la verdad.
—Cálmate... Bruno cálmate y mírame... —ella le tomó la cara con las manos y lo obligó a mirarla— yo no dije que “estoy” enamorada... pero tienes que saber que no es nada difícil que una chica se pierda locamente detrás de ti.
—¿Porqué no me dices de una vez que soy un nene caprichoso que sólo piensa en si mismo?
—Porque yo te quiero así como eres, sin la más mínima modificación.
Ella lo obligó a recostar su cabeza sobre sus piernas y le acarició la cabeza hasta que Bruno se durmió. Lo observó despacio, estudiando cada centímetro cuadrado de su cuerpo y fue sincera consigo misma: no era difícil quedar pegada a él, tenía un sex appeal extraño que más que pasión despertaba ternura. Recordó sus posturas, sus sonrisas, sus salidas, sus gestos y sus frases enojadas... sus silencios, sus manías y sus peros... sus caprichos... sus consejos de filósofo barato con careta de psicoanalista condecorado de Harvard... sus rabietas... su manera complicada de ser simplemente él.
Bruno despertó cuando Mística, celosa, trataba de disputarle el regazo de su dueña.
—Ya Mística... toma tu lugar, no puedo ser ni tu rival.
—Cobarde, eso significa que vas a dejarme plantada en la iglesia? —Bruno la miró y ella le hizo un gesto para que no hablara— Estoy segura de lo que estoy haciendo... desde que estoy contigo quiero vivir, y eso era algo que hace mucho había perdido en algún bolsillo descosido.
—Júrame que no es sólo por lástima que estás haciendo esto.
—Te lo juro.
—Júrame que no te arrepentirás.
—Te lo juro.
—Júrame que...
—Bueno... bueno, no es por nada, pero ya cállate que me desesperas niño.










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Jocelyn Belaqua
Ѽ Soy esa extraña dama Ѽ

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