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Máscaras - Capítulos 1 al 3

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Máscaras - Capítulos 1 al 3

Mensaje por Jocelyn Belaqua el Lun Nov 22, 2010 2:35 pm

Máscaras
por Rocío Anahí



A mi propia máscara...[/center]




[center]CAPITULO 1

—¿Porqué?
—Simplemente porque no tiene sentido.
—¿Y porqué antes decías lo contrario entonces?
—Tal vez porque veía las cosas desde otro ángulo.
—El ángulo que te convenía... y que te sigue conviniendo...
—El ángulo del que dirán, nada más.
—Sinceramente creo que sos un idiota.
—Cree lo que quieras... no me importa.
—No creas que te vas a librar de mi tan fácilmente, tenemos un pacto...
Él la interrumpió:
—... un contrato....
—No seas cínico...
Él dio media vuelta y salió por la puerta con un avanzar rápido. Ella lo alcanzó en el patio y lo tomó del brazo en un arranque de histeria.
—¡Ni pienses que me vas a dejar así como así!... o te va a salir muy caro el que todo el mundo se entere de lo que sos...
Bruno esbozó una sonrisa —si es que aquello podía llamarse sonrisa— y la miró tan fijo a los ojos que ella terminó por ceder la presión sobre el brazo.
—Hace lo que quieras... tengo SIDA... —Analía lo soltó y miró sus manos con asco— ya no tiene sentido fingir lo que no soy, ni siquiera tiene sentido sostener mi maldito “status” social...
—Me estás mintiendo... —dijo ella descreída— ... desde hace tiempo que querés que todo esta farsa termine, es una excusa ¿verdad?
—Insisto, podes hacer y creer lo que quieras... yo te avisé.
Salió de la casa blanca con un peso menos sobre el hombro, se sentía libre a pesar de que la muerte ahora estaba tan cerca, tan tangible, tan endiabladamente presente.
—¿Acaso la muerte es lo único que nos da libertad? —se preguntó, mientras se sacaba el anillo de compromiso que nunca quiso llevar y que le quemaba los dedos.
—¡Bruno!... —Escuchó que alguien lo llamaba y giró despacio, intentando cambiar la expresión lejana de su cara— ¡Bruno!...
—Fabián... qué tal, te creía en el extranjero.
—Sí, pero ya volví.
—Qué bien...
—Cualquiera diría que no te alegrás de verme.
—No me, sólo que estoy en otra cosa y...
—¿Vos?... ¿en otra cosa? ¿y querés que te crea?
—¿Acaso no crees que la gente puede cambiar?
—Por algo mejor si, pero qué hay mejor que nosotros.
—Tenés razón.... me disculpás, se me hace tarde y lo último que me falta es dejar colgada una mina.
Bruno se escapó de la situación y pensó mientras se alejaba: “¿Será posible que yo haya sido tan sórdidamente idiota como él?”.
Caminó por el resto de la tarde y se sintió libre, disfrutó del helado barato con gusto a remedio y hasta se animó a regalar en una capilla cualquiera el ancentral anillo de familia que su padre le había dado hace poco.
Rezó por horas, tratando de imaginarse como sería su vida cuando la enfermedad ya hiciera estragos, cuando no pudiera levantarse de la cama, cuando el cuerpo entero se le cubriera de sarcomas, cuando la gente huyera hasta el estar en una misma habitación con él.
“Tal vez me lo merezco” —pensó, y miró el crucifijo que se alzaba en el extremo de sala.— “Sí, me lo merezco y soy un cínico al estar aquí, pidiendo que el castigo no sea tan grande”.
Cuando llegó a su casa todos lo esperaban en la sala.
—Al fin llegaste. —le dijo Analía mientras descruzaba las piernas.
—¿Qué es eso de que rompiste el compromiso con Analía? —fue el saludo de su padre.
—Tal cual lo dijiste papá, “rompí el compromiso con Analía”.
Ella rompió a llorar mientras se abrazaba a la madre de Bruno.
—Pero Bruno...
—Bruno nada mamá, hice lo que debí haber hecho hace mucho tiempo... y tú deja de ser hipócrita no simules un llanto que no te va.
—Insensible, no te das cuenta que...
—¡¿Qué?! ¡¿Qué eres una chiquilla hueca e idiota que se está quedando sin el partido que había escogido para tener una vida relajada?!
—¡Bruno, basta! —gritó su padre— ¡Estas grande para esos arranques de nene caprichoso!
—Por eso mismo, porque maduré, porque me harté de la frivolidad de todos ustedes, porque sencillamente quiero ser yo sin tener que preocuparme por lo que van a decir tus amigos, los míos o los amigos de mamá!!!
—¡¿Puede saberse que demonios te pasa?! No podés dejar plantada a meses de la boda a una chica de sociedad...
—”Chica de sociedad”... “prostituta de sociedad” diría yo... linda sociedad tenés papá.
—¡Bueno... basta ya... esto no se discute más!... te casas y punto.
—Estás muy equivocado papá, demasiado...
—¿Estás retando mi autoridad?
—No, sencillamente vos ya no tenés autoridad sobre mi.
—No te atrevas a desobedecerme Bruno porque si no...
—¿Si no qué papá? ¿vas a pegarme? ¿vas a sacarme el auto?... tomá... —le tiró las llaves— no quiero ni necesito nada, ya no, con o sin plata soy yo...
—¡Sí un maldito gay! —gritó Analía descolocando a los padres de Bruno.
—¡Eso es, escúchenla... quizá sea la única vez que de la boca de esa puta salga algo bueno!
—No estarán queriendo decir que...
—¿Que soy homosexual?... no papá, no estoy intentando decirlo, lo estoy diciendo.
Bruno recibió la bofetada con gusto, como autocastigándose por haber callado tanto tiempo y escondido la verdad entre bambalinas en busca de mantener una imagen social que ahora entendía como hueca.
—¿Qué esperas? —le dijo a su padre— la otra mejilla también te está esperando...
—¿Cómo es posible que seas tan cruel Bruno?
—He sido cruel conmigo mismo... por no aceptarme como soy y tratar de mantener una imagen dentro del status idiota que tenemos...
—¡Vete de mi casa!
—Son mis planes, no te preocupes.
—Más te vale... lo único que falta para mi carrera política es un hijo amanerado.
—¿Acaso no se te ocurrió pensar que puedo estar sufriendo por sentirme diferente?
—No seas hipócrita... tu madre que te mimó demasiado tiene la culpa.
—No la culpes, tu tienes tanta culpa que cargar como ella.
Él se le acercó otra vez para pegarle.
—¡Vamos... ¿qué esperás?! Si eso va a hacerte sentir mejor porqué no lo hacés... ¿o acaso tu “carrera política” también se va a ver afectada?
—¡Idiota! ¡Tuviste de todo!
—¡Y a pesar de eso soy homosexual!!!... tampoco yo tengo la culpa ¿sabías?
—Más te vale que no te andes revolcando con ningún otro amanerado por ahí...
—¿Y si lo hiciera qué?... ¿y si me vieras como un marica como los que tanto odias enredándome en una esquina cualquiera? Puedo asegurarte que no sería una imagen más deplorable que verte a ti pagando a chiquilinas para que te hagan sentir un poco más hombre.
Esta vez ya no pudo zafar el puñetazo.
—Insisto... vuélveme a pegar... me lo merezco por ser un cobarde y no haberme atrevido antes a decir lo que sentía.
—¡Me importa un bledo lo que sentís o sentías! Ahora vas a casarte como estaba planeado y todo esto va a quedar...
—Debajo de la alfombra, como la basura ¿verdad? como eso que no quieres ver y hay que esconder de los ojos de tus amigos.
—¡He dicho que basta!
—Tienes razón... basta... me iré y no te pediré nada... puedes decir a la gran “societe” que me fui lejos o que me morí que es en realidad lo que te gustaría ¿o me equivoco?
—Bruno... —su madre emitió un gemido histérico y se desplomó sobre el sofá.
—Basta también de histerias mamá, un par de días de compras y tarjetas de crédito y te habrás olvidado de mi.
—Eres un desalmado... no te importa vernos a ti y a tu madre deshechas —Analía lo dijo con un tono lastimero que engañaría a cualquiera—.
Bruno la miró con rabia.
—Prostituta... tenés la caradures de hablar así después de haberte acostado con mi padre.
La madre de Bruno reaccionó de golpe y la escena ya se volvió vulgar, el lloriqueo de Analía negándolo todo, el padre de Bruno escurriéndose callado de la sala, los sirvientes espiando en los rincones dispuestos al posterior banquete de chismes.
Su madre simuló un nuevo ataque de llanto olvidando que también ella había salido algunas veces a “divertirse” con sus amigas; Analía se acomodó los lentes y salió entre ofendida y frustrada.
—Puto, —le dijo cuando ya salía de la sala— puto sin gusto.
—Deberías aprender al menos algo más de vocabulario Analía... sería más “high” que dijeras “marica insulso” ¿no lo crees?
—Idiota.
—Al menos me resigna el hecho de que me lo diga alguien más idiota que yo.
Bruno subió las escaleras y preparó algo de ropa, no trató de juntar sus trofeos, ni sus posters, ni nada que le recordara algo de lo que había vivido... echó una ojeada al cuarto antes de salir y vio una fotografía de familia —el gesto adusto de su padre y la pose acartonada de su madre le hicieron escapar una sonrisa—.
—Voy a morirme, es cierto, pero no voy a ser parte de este teatro una vez más. —lo dijo en voz baja, arrepentido de sus propias acciones, de su propia manera de pensar sólo una semana antes, del poco valor que tuvo siempre para salirse de tanta porcelana hueca que lo tragaba.



CAPITULO 2

—¡Tené más cuidado tarado!
—Disculpame.
—Por lo menos sos algo educado.
—No te vi. —se excusó mientras le ayudaba a alzar sus cosas.
—Gracias. —ella se le quedó mirando mientras él se iba calle abajo, con el bolso colgado del hombre y un paso sosegado, como de quien va pensando lejos sin prestar atención a nada, ni a nadie.
Esperó a que la figura de él se le perdiera un par de cuadras más abajo, antes de seguir su camino... no entendía bien porqué sentía tanta angustia y tanta bronca si en realidad no había nada que la preocupara.
Era hora pico, con demasiada gente como para viajar humanamente en el colectivo, miró su billetera y después de un suspiro decidió tomar un taxi.
—Venezuela y Cervantes por favor.
Pensó en el hombre que se había cruzado hacía un rato: “Parecía que estaba tan lejos.” Trató de recordar su cara y sólo sus ojos se fijaron como una imagen inamovible en su cabeza: “Ojos negros, con lo profundo de la oscuridad como retando un límite que no existe, donde hasta la luz huye como por premonición... me hubiera gustado pintar esos ojos”
Abrió su block de notas y en un bosquejo rápido enmarcó sólo los ojos en una posición irreverente, tosca, firme, como sentando el semblante de una fuerza irreconocible pero triste.
Se bajó del taxi sin poder dejar de mirar el papel, había captado una expresión de niño asustado con un aire de soberbia que imantaba la mirada propia.
—Soledad Rivas, —llamó la enfermera desde la puerta— en el consultorio 3.
El doctor la hizo esperar más de la cuenta, se sintió molesta cuando miró su reloj y descubrió que hacía veinte minutos estaba sentada en el mismo sillón aguardando sus resultados.
—Disculpe la demora, es que creí que había un error en sus exámenes... pero no, lamento decirle que... —calló, y pareció como incómodo de golpe.
—¿Decía?
—Es usted HIV positivo.
Soledad se quedó helada, jamás hubiera pensado que un simple análisis de rutina pudiera darle un resultado semejante. No quiso preguntar nada, ni siquiera quiso mirar a los ojos al doctor... sentía vergüenza, vergüenza de lo que él podía pensar de ella, vergüenza de si misma, vergüenza de sentir que llevaba como un símbolo positivo sobre la frente como un estigma.
Salió rápido del consultorio, trató de repasar en su mente lo que sabía de las formas de contagio, maldijo mil y un veces al único tipo que se acostó con ella y que la abandonó de un día para otro, sin siquiera dar una excusa a la cual poder culpar; pasó frente a una vidriera oscura y vio un reflejo distorsionado... burdo, no se animó a pensar más.
Subió a un colectivo cualquiera y fue hasta el centro, se perdió entre la multitud que caminaba sin ver nada hasta que la multitud se hizo silencio a los costados y los mismos costados desaparecieron.
Escuchó música por el wolkman sin oír, y caminó despacio por ciento un veredas sin tener noción de horas, ni lugares, ni gente.
—Es usted HIV positivo. —repitió mientras cerraba la puerta del pequeño departamento que compartía con una amiga.
—¿Sos vos Sole?
—Sí...
—Voy a salir con Marcos ¿no querés venir? —dijo Romina desde el baño.
—No, gracias.
Romina salió secándose el cabello mientras hablaba sin parar y mojaba todo cuanto encontraba a su paso.
—No te entiendo Sole ¿hasta cuando vas a seguir amargándote por ese tipo que nisiquiera tuvo las pelotas necesarias para decirte “Chau esto no va más?
—Bueno, sabés que no quiero tocar ese tema.
—No lo querés tocar pero tu vida gira en torno a eso nena. No salís, no querés conocer gente nueva, no te arreglás... no es el último tipo sobre la tierra.
—Ya lo sé.
—¿Y entonces?
—Entonces nada, sencillamente nunca estuve al acecho del hombre de mi vida y tampoco lo voy a estar ahora.
—Ese tipo de cosas no te lo crees ni vos.
—Lo digo en serio.
—No te engañes, si sos un dinosaurio en ese sentido!... por más que no lo demuestres vos soñas con la casita blanca rodeada de árboles y un montón de personitas malcriadas agarradas a tu pollera... vamos... dentro de cada una de nosotras existe ese sueñito rosa de pensar que el príncipe azul está esperándonos a la vuelta de la esquina.
—Ni soy un dinosaurio, ni me creo Cenicienta... es solo que duele que te usen y te desechen como pañuelo descartable.
—La vida es así Sole.
—Lo sé, mi error fue haber bajado la guardia.
—Tu error es no jugar con las mismas reglas.
—Tampoco me sentiría bien acostándome con trescientos tipos... y no me malinterpretes, no quiero decir que vos hacés mal, simplemente no es mi estilo.
Romina suspiró:
—Está bien, pero si seguís pensando así vas a seguir llorando... somos egoístas por naturaleza.
—Cierto, por eso mismo quiero estar sola ahora.
—Te aseguro que si venís con nosotros te vas a divertir ¡dale!
Soledad sonrió:
—Gracias, pero es en serio, necesito estar sola un rato.
—Como quieras, pero te anticipo que no vas a ganar nada así.
Soledad vio el esmero con que ella se arreglaba, aceptó el hecho de que le daba un poco de envidia verla tan provocativa y tan deseada, pero también supo que no era la vida que quería para ella ¿qué decía? a partir de ese día ella ya no tenía vida, ya no había meta, ya no había sueño que alcanzar porque el tiempo podía alcanzarlo todo antes.
Se recostó en la cama mirando el techo, cerró los ojos sin poder dejar de escuchar las palabras del médico: “Es usted HIV positivo... HIV positivo”. Un escalofrío volvió a recorrerle el cuerpo mientras sentía que definitivamente todo el techo se le venía encima.
No pudo dormir, se levantó a preparar café a las tres de la mañana y lloró con ganas, con la impotencia de quien quiere vivir y siente que ya no es dueño de su vida, con la angustia de quien sabe que será rechazada por todos y se quedará sola.
Se tranquilizó alrededor de las seis, vistió con desgano el uniforme de trabajo y salió, llegó con las ojeras marcadas en el rostro y un humor bastante susceptible.
—¿Qué haces acá afuera? —le dijo su jefe cuando la vio parada en el pasillo.
—Olvidé mi llave.
—Y como siempre olvidaste también maquillarte un poco. —Ella calló pero lo miró con odio.— No es para que te enojes, lo digo por tu bien.
—No podés saber cuál es mi bien.
—Bueno entonces, te lo digo desde la óptica de afuera.
—Correcto, acepto la crítica constructiva pero eso no significa que necesariamente tenga que hacerte caso.
—Contigo no se puede, no me extraña que te hayan dejado en vereda.
—Eso, no es algo que te incumba.
—Tenés razón, no voy a amargarme el día porque vos te levantaste con el pie izquierdo.
—¿Porqué siempre me echas la culpa a mi? ¿Porqué no me dejás vivir y dejas de preocuparte por como me visto o por como actúo?
—¿Porqué no aceptas que a veces la crítica puede servir para mejorar?
—Porque para vos tu punto de vista es el único que existe... dejame ser como soy.
—Sos una malagradecida ¿sabías?
Ella agarró su cartera y amagó salir...
—¿Dónde vas?
—Donde pueda vivir sin escucharte, y eso significa que renuncio.
—No estarás hablando en serio... ¿desde cuando sos tan drástica?
—Desde ayer... desde que me di cuenta que puedo morirme mañana mismo sin haber hecho nada de lo que en realidad quería hacer.
—Estas demasiado fatalista, supongo que más tarde se te va a pasar.
—Te equivocas, y lo de la renuncia es en serio, me cansé de hacer tus trabajos personales y trabajo extra sin que se me reconozca, me cansé de tener que aguantar todos los días que me hagas sentir un patito feo, me cansé de ser “Soledad la eficiente” que todo lo puede en cualquier momento. Adiós, que la empresa tome esto como abandono de trabajo.
—¡Soledad! —llamó él desde la oficina mientras ella salía.
Caminó aún más que el día anterior, caminó por calles que no conocía y dejó que la angustia volviera a envolverla como una segunda piel. Sabía que haber renunciado era una locura, pero no le importaba, estaba dispuesta a vivir como sentía el vivir mientras pudiera y eso no incluía el masoquismo de seguir en los mismos sitios y con la misma gente que no toleraba.
Cuando llegó al departamento encontró una nota de Romina: “Me fui a la estancia de Ignacio, te llamo más tarde”.
—Loca... —dijo ella en voz baja— ojalá nunca vayas a tener problemas por ser así amiga.
Entró a la cocina para preparar algo de comer y su gata se le acercó mimosa, con el maullido manso y suave que ella adoraba.
—¿Cómo estás Mística? ¿tienes apetito verdad? —la acarició con ternura mientras le daba su comida— dime que debo hacer contigo niña... ¿acaso no seré peligrosa para ti ahora?
Se lavó las manos y preparó una ensalada, el cuchillo se le resbaló de las manos y se cortó, tembló de pies a cabeza cuando vio la gota de sangre que salía de su dedo.
Volvió a salir a la calle y consultó su extracto de cuenta bancaria, sus ahorros no la solventarían demasiado tiempo y menos aún si debía pagar un tratamiento. Decidió dejar las cosas como estaban y no hacer nada para frenar la enfermedad, ahora menos que nunca estaba en condiciones para demasiados gastos.
Trató de inventar una excusa válida para dejar a Romina e irse a vivir sola, revisó una vez más sus análisis y descubrió entre los informes una mirada profunda, su dibujo volvió a tomar cuerpo y ella vio como los ojos se despegaban del papel con esa misma extraña expresión que el lápiz había captado con tanta veracidad... la puerta de entrada se abrió de golpe y Romina entró como un vendaval, con la cara sonrosada y una sonrisa que no podía borrársele del rostro.
—Sé que no es algo que una amiga tenga que decir así tan de sopetón pero... me caso Sole!!!
—¿Te qué...?
—Me caso, —repitió ella mientras estiraba a Ignacio para que entrara— decíselo vos para que me crea.
—Es cierto Soledad, acabo de pedirle que sea mi esposa... ya fijamos fecha para este fin de semana.
—¿Porqué tan rápido?
—A mi edad ya no quiero perder tiempo, y sé que Romina es joven y puede haber buitres que me la quieran quitar.
Soledad sonrió pero Ignacio le dio lástima, con sus cuarenta y siete años parecía un chiquilín de trece, pegado a una adolescente de diecisiete años que a su edad ya había perdido la cuenta de los hombres que habían pasado por su cama.
Los miró y continuó sonriendo como fachada mientras en su cabeza mil ideas se entrecruzaban y ya no sabía qué pensar: “Ella no es mala, pero viéndola ahora siento que la odio... le abrió sus piernas a hombres de quienes ni siquiera recuerda el nombre y está allí, sana... a tres días de casarse con un hombre adinerado, perdidamente enamorado de ella, bueno a pesar de la locura que está a punto de cometer... y yo aquí, con seis años más que ella, sola, engañada, enferma...”
La carcajada de Romina la devolvió a la realidad.
—¿Me perdonás que te deje sola, verdad?
—No te preocupes.
—Si es por la renta del departamento yo puedo ayudarte. —Se ofreció Ignacio.
—Insisto, no se preocupen, disfruten su felicidad. Ya veré yo cómo me las arreglo.
—Ignacio y yo decidimos que vos seas nuestra madrina de boda.
—Gracias amiga, pero...
—Ningún pero Soledad, te debo el la hayas llevado a trabajar en mi empresa, y el que la hayas cuidado durante estos dos años, desde que su mamá murió.
—No me debes nada —respondió Soledad, mientras veía que su amiga le hacía una seña para que se callara.— Hice lo que tenía que hacer.
—Igual, te lo agradezco... y sin excusas, el sábado tienes que estar en la iglesia San Sebastián, a las siete. Mañana a la mañana Romina irá a comprarse el vestido, te agradecería que la acompañaras y que te compraras algo para ti, no te preocupes por los gastos ya le di a Romina la tarjeta de crédito... y sin excusas. —volvió a repetir viendo que ella quería decir algo.
—Nos vemos mañana cielo. —Le dijo a Romina mientras le daba un beso en la frente.
—Loca ¿qué es eso de que tu madre murió y que yo te cuidé?
—Ay Sole, Sole... vos ya no aprendés más ¿qué querés que le diga? ¿que me escapé de casa porque me fastidiaba que mamá dijera que era una holgazana y una buscona?
—No, pero podrías haber callado eso sin mentir tanto ¿no?
—A los hombres como Ignacio les gusta sentir que son los únicos que pueden protegernos, les gusta saberse el héroe de película de una “muchachita indefensa”.
—No seas cruel Romina, ese tipo te quiere.
—Me quiere de piernas abiertas Sole, igual que todos, con la diferencia que este puede darme todas las cosas que siempre quise.
—Te quiere Romina, más allá de una cama, de nos ser así no estaría tan ciego como para no darse cuenta de que no sos esa Caperucita Roja que el piensa.
—Yo no lo creo así, para mí sigue siendo un baboso cualquiera que se muere por carne fresca.
—No hables así, cualquiera diría que te gusta ser tan fácil.
—Sí... en realidad me gusta, y no me sermonees porque a vos no te sirvió de mucho no serlo... hace dos años estás llorando por un tipo que te dejo en bola, y que yo sepa hasta ahora no tuviste un solo tipo más.
Soledad se sintió humillada, horrible, disminuida, contestó con rabia.
—No podés saber eso, me conoces hace menos de un año y opinás de mí como si tuvieras derecho!
—No hay que ser muy inteligente para darse cuenta de eso, a los hombres no le gustan las mujeres como vos... los hombres quieren disfrutar ¿entendiste? dis-fru-tar!
—Esta bien, hacé lo que vos creas correcto, y dejame hacer lo que yo sienta correcto.
—No quiero pelearme con vos Sole ¿porqué no entendés que siendo como sos nunca vas a llegar a ningún lado?
Ella no le hizo caso, agarró a Mística y salió, estaba con un jean gastado y un buzo desteñido que le iba demasiado grande.
Caminó hasta la plaza que le quedaba más cerca y se acomodó en una hamaca, acarició a la gata despacio mientras miraba algunas madres que todavía jugaban con sus hijos bastante más lejos.
Mística se le escapó de las manos de golpe y ella vio en un parpadear que el perro se le abalanzaba sin que ella la pudiera ayudar. Gritó. Y apenas si vio la sombra que se apresuraba a alzar la gata.
—Gracias... —suspiró mientras la agarraba y trataba de tranquilizar al animal.
Mística arañó a su propia dueña en un ataque de pánico, una fina línea de sangre se vio sobre su brazo y ella se apartó de un salto cuando él la quiso tocar.
—¡No me toques! —él volvió a bajar su mano y se disculpó apresurado.
—No pienses que intentaba hacerte algo... —ella se quedó helada cuando lo miró a los ojos... eran sus ojos, los ojos profundos del hombre que había dibujado la tarde anterior.
—Te conozco.
—Sí, me topé contigo ayer.
Él volvió a intentar tocarle el brazo arañado.
—¡No!... digo no lo tomes a mal pero preferiría que...
—Está bien, sólo que sangra y deberías limpiártelo.
—Gracias pero no.
—Bueno, cuida más a tu gata y espero que si alguna vez nos volvemos a encontrar sea en circunstancias menos “accidentadas”.
—Disculpa, no quise parecer maleducada, lo digo en serio.
—No es nada ¿cómo se llama? —preguntó acariciando el lomo del animal.
—Mística.
—Lindo nombre ¿y vos?
—Soledad.
—Yo soy Bruno ¿venís a menudo por aquí?
—En realidad no, siempre estoy demasiado atareada con mi trabajo o la facultad como para salir a tomar algo de aire.
—Deberías, parecés bastante pálida.
Ella recordó como una estrofa archiconocida la frase de Romina en la cabeza: “así de desarreglada nunca vas a levantarte a nadie”. No reaccionó mal, sólo bajó la cabeza y asintió.
—No creas que te lo estoy echando en cara, tu palidez parece de algo más que de falta de sol.
—Tal vez, últimamente estuve algo enferma.
—¿Tenés algo que hacer ahora?
—No ¿porqué?
—Tengo hambre, te invito una hamburguesa.
—¿No te molesta?
—¿Porqué debería?
—No sé, irte a comer algo con alguien tan desfachatado como yo y con un gato en brazos.
Él se rió.
—¿Y? que yo sepa si el estómago tiene hambre no necesita de smoking.
Ella devolvió la sonrisa y olvidó los prejuicios hasta que llegaron a la hamburguesería; en la barra había un trío de mujeres que giraron al unísono para verlos. Él no era lo que podría decirse un modelo de televisión, pero su estatura mediada y la profundidad de sus ojos negros atrapaban muchas miradas, tenía un andar tranquilo y melancólico le daba una aureola de magnetismo misterioso y sus mismos gestos indicaban que provenía de la gran sangre azul de la sociedad.
Soledad miró las chicas en la barra y quiso desaparecer, definitivamente a su lado parecía un vendedor de diarios vestida con ropa prestadas.
Bruno notó su turbación.
—Tranquila. —le dijo mientras se sentaba a su lado acorralándola contra la pared.— me da la impresión de que quieres salir corriendo de aquí.
—Más o menos. —jugueteó con un escarbadientes.
—¿Porqué?
—Siento que estoy horrible y que todos me están criticando.
—Espera aquí. —Bruno se acercó a la barra y volvió cinco minutos más tarde con un par de hamburguesas.
—Bien, vamos a comer a otro lado, al menos quiero que lo hagas tranquila.
Ella se sonrojó y rehuyó su mirada por el resto del camino hasta que se sentaron.
—Gracias. —murmuró ella.
—Escucha, te saqué de allí porque me di cuenta que te sentiste mal, pero ahora voy a darme el gusto de decirte que eres una tonta. —Soledad lo miró entre ofendida y sorprendida.— Y no me mires así porque es cierto, ¿qué era lo que te hacía sentir así?... ninguna de esas chicas que estaban en la barra tenía su cabello natural, tú eres una pelirroja muy atractiva que vestida como estás das más ternura que un oso de felpa. Sabes, yo no te conozco, pero la forma en la que esa gata se entrega a vos demuestra que no sos mala y puedo asegurarte que seas como seas no podés tener tanta caca en la cabeza como esas nenas ricas.
—Si no me conoces porqué me decís todo esto?
—Porque yo era como ellos, yo tenía la cabeza tan hueca como ellos y me siento en falta conmigo mismo... digamos que es una especie de reivindicación.
—No te entiendo.
—Mi nombre completo es Bruno Ezequiel Camblong.
—¿Del Camblong que está candidatándose a vicepresidente?
—Sí... del mismo, lamentablemente soy su hijo.
—¿Lamentablemente? no sabes lo que estás diciendo o sos un loco.
—¿Porqué lo crees?
—Hay mucha gente a la que le gustaría estar en tu posición social.
—¿A vos también?
—No sé, quizá me parecería un mundo hueco pero supongo que haría algo de ese dinero para no caer en tanta porcelana.
—Si estuvieras adentro verías que no es tan fácil.
Ella lo miró fijo mientras él comía despacio.
—La primera vez que te vi dibujé tus ojos.
—¿Qué? —preguntó el sonriendo.
—Dibujé tus ojos, tenían una expresión demasiado profunda y se me quedó grabada.
—Ese día dejé mi casa ¿sabías?
—Insisto en que estás un poco loco.
—Loco o no me gustaría ver tu dibujo.
—Jamás... y eso es definitivo, además es tarde y todavía tengo que ir al departamento a aguantar los “consejos” de Romina.
—¿Quién es Romina?
—La chica con quien comparto el departamento.
—No lo decís muy alegre.
—No me hagas caso, sólo no somos muy compatibles y ya sabes, cuando no compartes la forma de ver la vida de las demás personas y ellas tratan de cambiarte a toda costa...
—No hace falta que lo expliques, lo entiendo.
Ella sonrió pensativa.
—¿Pasa algo?
—Es paradójico cómo estamos hablando, apenas si sé tu nombre.
—Sí, es raro... aunque no puedo negar que hablar con alguien que no dice tonterías superficiales es bastante grato.
—Hablás como si nunca hubieras vivido nada distinto a eso.
—Y es cierto, cómo lo iba a hacer si yo me preocupaba por las mismas gansadas?
—Te estás autocensurando.
—No, me estoy dando cuenta de que perdí veintiseis años y de que soy un chiquilín inmaduro.
Mística se desperezó en los brazos de Soledad y él se levantó.
—Vamos, es tarde... te acompaño.
—Las dos cuadras que había hasta el departamento lo hicieron callados, era la primera vez que alguien acompañaba a Soledad y ella se sentía cohibida.
—¿En qué piso vives? —preguntó mientras ella buscaba la llave de la puerta principal en su bolsillo.
—En el tercero. —Mística le acomodó el cuello para recibir su caricia y maulló despacio.— Parece que le gustas.
—Es hermosa, realmente hermosa. Me voy... espero que no tengas que aguantar muchos “consejos”.
Ella lo vio irse del mismo modo en que había aparecido, miró a la gata persa con ternura mientras acariciaba su pelo gris azulado y subía las escaleras.
Romina dormía en la sala, con el televisor prendido y un paquete de papas fritas a medio acabar sobre la alfombra. Soledad la miró en detalle y suspirando pensó que la vida no era justa, pero que debía haber un motivo para ello. “Las cosas son como son”, se dijo y volvió a mirar el dibujo de los ojos negros que la observaban desde el papel.

—¿No fuiste a trabajar? —preguntó Romina cuando se levantó cerca del mediodía y la encontró arreglando su cuarto.
—No, renuncié ayer.
—¿Renunciaste? ¿y porqué no me dijiste nada?
—Vos llegaste con la noticia de que te casabas ¿para qué te iba a tirar un problema?
—¿Y qué bicho te picó para que dejaras tu laburo?
—Ningún bicho, sólo me cansé y decidí quererme un poco y dejar de ser tan masoquista.
—¿Pero ahora cómo vas a vivir nena?
—Que yo sepa vos no trabajas y vivís mejor que yo.
—Sí, pero no podés comparar, yo lo tengo a Ignacio, a Matías, a Rubén... a ese abogadito que de tanto en tanto aparece.
—Y quien te dice que yo no puedo hacerlo también.
Romina no pudo aguantar la carcajada.
—Mirá, te explico, vos no tenés ¿cómo decírtelo? “pasta”... tenés que diferenciar muy bien lo que soy yo de lo que es una puta que se acuesta con un tipo esperando que le paguen... yo soy una especie de “acompañante”, si hay alguien que quiere sentirse bien y está dispuesto a darme los gustos que yo quiera, somos buenos amigos y punto.
—Ya lo sé.
—No digas ese “ya lo sé” en forma tan despreciativa porque te entiendo perfectamente.
—Romina basta, no voy a discutir contigo sobre ese tema, pensamos distinto y ahí se acaba la historia ¿acaso te dije algo alguna vez para que dejaras de hacerlo?
—No seas envidiosa Soledad.
—Espera un rato, el hecho de que no quiera pelear contigo no significa que voy a dejar que me insultes, si vos pensás que te envidio estás equivocada.
—¡Claro que me envidias! ¡Qué darías vos por tener la cara y el cuerpo que yo tengo!
—Podés estar segura que no mucho Romina.
—Sos una mentirosa... te morís por ser como yo.
Soledad suspiró y sonrió sarcástica:
—Sí Romina, no podés imaginarte cuanto!!
—Envidiosa, envidiosa, envidiosa!!! Pero ya vas a ver, ahora mismo voy a comprarme el vestido de novia más caro que encuentre.
—No sé que estás esperando.
Romina salió dando un portazo y Soledad continuó acomodando los libros sobre la biblioteca, trató de concentrarse en lo que hacía pero comenzó a preguntarse si en realidad no envidiaba a su compañera y era incapáz de aceptarlo.
El timbre sonó a las cinco de la tarde en punto. Abandonó el libro que leía fue a abrir, se quedó pasmada cuando descubrió sus ojos mirándola fijo mientras preguntaba:
—¿No vas a invitarme a pasar?
Ella se hizo a un lado en forma autómata.
—¿Te pasa algo?
—¿Sos vos verdad?
—Creo que sí, al menos no me trataron todavía por conflictos por doble personalidad.
—¿Te lo estoy preguntando en serio?
—Sí soy yo... ayer dijiste que vivías en el tercero y entonces hoy vine y golpeé las puertas hasta que me topé contigo.
Ella sonrió.
—Te juro que no puedo creer que estés aquí.
—Qué poca fe te tienes niña... —Mística se le pegó a él por la pierna en busca de mimos— ... preciosa, qué haces —dijo agachándose y tomando la gata— porqué no le dices a tu dueña que deje de creerse un patito feo y se preocupe por convidarme algo para tomar porque me muero de sed.
Ella preparaba un jugo de duraznos cuendo Romina abrió la puerta con una montaña de paquetes.
—Cuidado... —atinó a decir Soledad cuando ella dejó caer sobre él un par de cajas.
—No te ví ¿quién sos?
—Bruno.
—¿Te invité? Disculpá si parezco grosera pero no me acuerdo de vos.
—No tendrías porqué, no nos conocemos.
—¿Y entonces que hacés acá?
—Es amigo mío. —intervino Soledad.
—¿Amigo tuyo?
—Sí ¿porqué?
—No, preguntaba nada más, es que es tan raro. Pero bueno.... mirá ya me compré el vestido, verdad que es precioso... vas a tener que disculparme Sole pero gasté todo lo qque me dió Ignacio y no te pude traer nada para vos, pero ya voy a buscar algo entre mis cosas para ponerte algo decente para la boda... mi madrina no puede estar toda desfachatada ¿no te parece?
—Precisamente de eso estabamos hablando con Soledad, —dijo Bruno entrometiéndose— quedamos en que mañana yo la pasaría a buscar para ir a “Xanadú”.
—¿Dónde? —Romina se dió la vuelta abandonando el vestido sobre el sillón.
—A “Xanadú” repitió él con la sencillez de un mendigo.
—No me hagas reir, Xanadú es la tienda de ropa exclusiva más cara de toda la ciudad, los modelos que se venden ahí son traídos directamente de las colecciones de Kenzo e Yves.
—¿Y?
—No tengo idea de quien sos pero ya me caíste pesado.
—Igualmente.
Romina refunfuñó y llevó todas sus cajas al dormitorio, sin el más mínimo gesto de simpatía en la mirada.
—Sos un loco, no deberías haber echo eso.
—Se estaba burlando de tí, no era justo que lo permitieras.
—Ella es hueca como una muñeca, ni siquiera es capáz de entender tus ironías... pierde demasiado tiempo en si misma como para voltearse a ver a los demás.
—Siempre y cuando no estén mejor que ella.
—¿A qué te refieres?
—No dije en broma lo de Xanadú, mañana mismo iremos y te comprarás lo que tu quieras.
—Bruno yo te agradezco que la hayas echo callar, te agradezco el que hoy me hayas sorprendido viniendo hasta acá, te agradezco el hecho de que me hayas hablado anoche, pero no voy bajo ningún punto de vista a hacer caso a esas tonterías que estás diciendo.
—No son ninguna tontería. —tomó su jugo despacio, y le guiñó un ojo— Déjame ser tu amigo... te lo digo en serio, o al menos sopórtame por un tiempo mientras se me va todo el bajón emocional que tengo... es egoísta lo que te voy a decir pero necesito con urgencia alguien a quien pueda demostrar que valió la pena el que haya vivido.
—Hablas como angustiado.
—Lo estoy, y no sé porqué recurro a vos... ni siquiera te conozco bien, pero en la primera vez en la vida que tengo un presentimiento y voy a tratar de seguirlo si es que me dejas.
—¿Qué quieres de mi?
—Que me escuches, que me veas como soy... que dejes que te sea útil...
—Tienes que tener una razón muy fuerte para pedir cosas así a una perfecta desconocida.
—La tengo, y todavía esa razón me confunde porque hay momentos en los que pienso que es lo peor que me pudo haber ocurrido en la vida, y hay otras en que creo que fue la única manera de darme cuenta de que estaba vivo.
En la cabeza de Soledad volvió a repiquetear la voz del médico “Es usted HIV positivo”, como un eco que cada vez se hacía más agudo y más irritante, miró a Bruno y deseó ser egoísta y no decirle nada, disfrutando de la amistad que él le proponía... sin una causa lógica tal vez, pero para qué seguir buscando causas si uno ya no podía predecir el tiempo, para que extrañar la razonabilidad de los actos si la lógica misma no podía explicar tanta injusticia.
—Está bien amigo, puedes contar conmigo.
Él sonrió, pero Soledad vio de nuevo en la profundidad de sus ojos la misma expresión de resignación. Bruno suspiró y se levantó del sillón de golpe.
—Y con respecto al vestido lo que dije lo dije en serio, y no quiero excusas —se apresuró a decir cuando notó que ella iba a contrariarlo— ¿trabajas?
—Renuncié ayer, pero tengo que comenzar a buscar uno urgente.
—Mañana por lo menos no, te paso a buscar a eso de las nueve, chau.
Ella revisó el vestido de novia de Romina, le pareció excesivamente provocativo para la ocasión, pero la etiqueta del precio gritaba que había sido adquirido de un buen diseñador.
El timbre sonó cuando se disponía a bañarse, escuchó la voz de Romina que conversaba con uno de sus tantos “amigos” y sintió que salió.
—Ni siquiera a punto de casarse tiene el tino de comportarse un poco más centrada.
Se durmió tranquila, a pesar de su desempleo y de su enfermedad, durmió esperanzada en lo que había dicho Bruno, durmió tal vez soñando que su presente podía cambiar.



CAPITULO 3

A pesar de las quejas de Soledad, Bruno consiguió que ese sábado estuviera hermosa... vestido rojo sangre en contraste perfecto con su piel blanca mientras las pecas jugaban traviesas sobre los hombros y la espalda en un escote que irritaba hasta a los mismos santos de la iglesia... cabello enrulado recogido dejando la nuca descubierta... maquillaje estudiado hasta el extremo con una sensualidad irreverente... guantes blancos, gargantilla, aretes, tacos... paso calculado en movimientos con contoneo liviano... mirada de gato en celo con más profundidad que el negro.
—¿Sos vos Soledad? —preguntó Ignacio cuando la vió.
—¿Acaso tenías planeado otra madrina?
—Déjame decirte que estás preciosa... y no lo digo por cumplido...
—Gracias, te presento un amigo... Bruno, él es Ignacio.
—¿Sólo amigos?
Él se adelantó a Soledad y respondió.
—No... novios, Soledad tiene la costumbre de presentarme siempre como “amigo”.
—Cuidado con eso hombre.
—Descuida, estoy prestando mucha atención por las aves de rapiña. —bromeó e Ignacio se alejó, impaciente tal vez por la demora de Romina.
—¿Porqué dijiste eso?
—Porque me doy cuenta que te duele con locura que Romina te refriegue por la cara su éxito con los hombres, no te engañes, en este momento tú misma estás deseando que él se lo cuente... y sólo para demostarle que no eres una inútil.
—El hecho de que lo suponga no significa que sea verdad... y la verdad sigue allí.
—Comienza a quererte y verás que no todo es tan negro como te lo pintas, es más, cuando salgas a ese altar vas a darte cuenta que todo el mundo queda fascinado contigo. Ese es otro motivo por lo que dije lo que dije, soy egoísta... y si no te comprometía de esa forma con todos los babosos que van estar detrás tuyo esta noche te ibas a olvidar de mí... y no quiero, por más que suene caprichoso definitivamente no quiero.
Ella sonrió y dejó que él acomodara el mechón de cabello que le caía sobre la frente. Ignacio la llamó y ella se colocó en el sitio que le correspondía.
Bruno no se equivocó, sintió veinte mil miradas sobre si y levantó la frente en un gesto de firmeza que hizo bajar la vista a muchos, notó incluso los ojos de enfado de Romina que hasta apresuró el paso para verla más de cerca. Ella sonrió, y hasta disfrutó con un poco de malicia el suspiro de enojo de Ignacio, que a cada paso de Romina desaprobaba más su vestido.
—Al menos para la boda podrías haberte vestido. —fue su comentario en cuanto la tuvo cerca.
Ella se sonrojó rabiosa, conciente de que Soledad había escuchado la observación de Ignacio haciéndola quedar como una tonta.
Hablando objetivamente su vestido era escandaloso, al menos para la candidez de una novia de su edad... la falda corta como vestido de cabaret con un tajo exagerado en la pierna izquierda... el corsé entallado que servía sus senos como en bandeja... la media de ligas blanca que la falda no llegaba a cubrir...
Una vez más Soledad sintió lástima por Ignacio. Para un hombre de sociedad como él, esto significaba el bombardeo de los medio amarillistas y los programas de chismografía, con lo que podría catalogarse la boda más “cursi” del ambiente.
A pesar de todo Romina tuvo suerte y la ceremonia siguió, cuando la saludó después de la bendición se dió cuenta que la envidia la carcomía ahora a ella.
—No sé qué pretendés vistiéndote así Soledad, no fuiste ni vas a ser nunca como yo.
—Gracias a Dios. —respondió Bruno inmiscuyéndose y agarrándola de la mano.
El torbellino de gente que se acercaba impidió que el agua llegara al río y ambos se alejaron hacia un costado.
—Debo agradecerte por lo que estás haciendo, pero no quiero que juegues conmigo... no me gusta.
—¿A qué te referís con jugar?
—A que me agarres de la mano, a que simulemos ser lo que no somos... a cualquier otra cosa parecida a eso.
—Yo dije que quería ser tu amigo, y me creo lo suficientemente cuerdo como para diferenciar las dos cosas; en esta fiesta están los máximos exponentes de la cultura “hueca” de nuestra gran alta sociedad, estás tan linda que causas rabia en las mujeres y furor en los hombres... sólo te falta estar con alguien de su misma clase para que no te discriminen y la fórmula se completa... quiero demostrarte que lo que piensas se ti misma no es cierto... estoy tratando de ayudarte, nada más y espero que confíes en mí... nada más.
Ella lo miró fijo hasta que suspiró.
—Bueno... está bien, pero comprende que no es para mi una situación normal.
—Intenta que lo sea, al menos por esta noche, sólo quiero demostrarte que lo que piensas de ti misma está lejos de la realidad.

Un remolino de muchachas envolvió a Romina cuando los recién casados entraron al salón de fiestas. Soledad y Bruno habían llegado una media hora antes y el comentario de la fiesta giraba en torno a lo ridícula que había estado la novia versus lo elegante de la madrina.
Hombres y mujeres miraban a Soledad, deseo o envidia podía leerse en cada mirada que percibía, en cada gesto, en cada palabra de saludo cordial pero forzado que de tanto en tanto le arrancaba una sonrisa a su cara altiva.
—No nos habías contado que tu amiguita cazó a Bruno Camblong. —protestó una amiga de Romina que le arreglaba el tocado antes del vals.
—¿Qué amiguita?
—Esa con la que vivías... sinceramente creo que tengo que pedirle la receta, ese tipo tiene la plata que le pidas, un apellido de cuna, estaba a punto de casarse... y dicho sea de paso no está nada mal con esa carita de nene tierno...
—No estarás hablando de Soledad ¿o sí?
—Soledad o como se llame, el hecho es que se nota que él está loquito... mirá como la cela y no deja que nadie se le acerque, miralo...
—Debe ser sólo un entretenimiento para él.
—Sinceramente lo dudo Romina, yo ya lo vi varias veces con la novia en cenas del club y nunca ¿escuchaste bien? “nunca” se comportó así con ella.
Romina vió que Ignacio se le acercaba y salió a bailar, lo pisó varias veces, más preocupada por no sacarle la vista de encima a Soledad que por su propia fiesta de casamiento.
No pudo evitar que ella se levantara de su mesa y cumpliera también con el ritual del baile, en contrapartida ella se agarró del cuello de Bruno en una danza que distaba mucho de un buen vals.
—Vas a disculparme Soledad pero tengo que repetirte que estás extremadamente linda... varios amigos ya me vinieron al ataque pidiendo tu número telefónico. —dijo Ignacio mientras bailaban.
—Gracias por el cumplido.
—No es ningún cumplido, es la verdad y en parte lamento decirlo pero le estás haciendo sombra hasta a Romina.
—No exageres. —respondió ella con una sonrisa que pareció un tanto tímida.
No muy lejos de ellos Bruno intentaba bailar con Romina.
—Estamos haciendo un papelón, así no se baila el vals.
—Sólo intento saber si Soledad te puso alguno de sus maleficios o qué diantres fue lo que pasó contigo.
—No voy a responder a tu comentario porque me parece ruin.
—Ruin o no ella tuvo que haber hecho algo para que estes hoy aquí... a un tipo como vos no puede gustarle alguien como ella.
—¿Y porqué? yo no le encuentro absolutamente nada de malo.
—¡Por Dios! no tiene roce, no conoce nada de sociedad, no sabe como moverse dentro del círculo... ni siquiera es sexy como para atontar a los demás y que no se den cuenta de sus defectos.
Bruno rió con ganas.
—Soledad tiene dos cosas que con sólo cruzar un par de palabras contigo cualquiera nota, primero inteligencia y segundo sensibilidad... y en cuanto a que no es sexy, pregúntale a cualquiera de los hombres de esta fiesta si a quien prefiere entre ella y tú.
—Idiota. —respondió y se soltó de sus brazos. Bruno esperó a Soledad en un costado hasta el cambio de parejas.
—¿Pasó algo? Me pareció que Romina dejó de bailar contigo a propósito.
—Sí, así fue.
—¿Qué le dijiste?
—No fui yo, simplemente está celosa de tí porque no es el centro de atención.
—No me hagas reir.
—No estoy bromeando... es una chiquilla, deja de compararte con ella, vales mil veces más... y al margen de eso ¿te dije ya que estas excesivamente linda?
Ella sonrió con sinceridad:
—Gracias a tí... y yo sé que te costó mucho dinero el ponerme así, pero descuidá, ya veré cómo pagarte hasta el último centavo...
—Basta, —dijo él haciéndola callar— no importa lo que se haya gastado, y no pienses en devolverme ni un sólo billete.
—Gracias, pero no puedo aceptar eso...
—Sí puedes aceptarlo, el dinero es para gastarse.
—Si lo tienes, pero ese no es mi caso.
—No voy a entrar a debatir ese tema contigo, tienes razón, el dinero es mío... yo lo gasto como quiero... y gasté un poco en tí... nada más.
—Bruno...
—No quiero escuchar más nada, están sirviendo la cena y yo tengo un apetito voraz.
Comieron despacio, concientes de tener mil ojos encima suyo, hablaron con la mayor discreción posible y dieron a entender con varios juegos de miradas y sonrisas que entre los dos había una relación muy especial.
Romina alcanzó a Soledad en el baño mientras ella se retocaba el labial.
—¿Qué cuernos pretendes?
—¿Puede saberse qué te pasa?
—Me pasa que estás haciendo lo imposible por arruinar “mi” fiesta de bodas.
—¿Y qué te hace pensar tamaña estupidez?
—¿Vás a ser tan caradura como para negarlo?
—Por favor dame paso... quiero salir.
—No te voy a dejar sin que me contestes.
—Mirá Romina, hace tres días Ignacio y tú me pidieron que sea su madrina, si vos estás enojada o histérica por eso no es mi culpa... así que hace el favor de correrte de mi camino poque me están esperando.
—Sí... el nene Camblong... he visto que tus aspiraciones de trepadora fueron bastante alto, admito que tuviste buen ojo al fijarte en él... pero lamento decirte que para alguien como vos él es demasiado.
—Lo sé Romina, pero la distancia que nos separa no es ni la décima parte del abismo que hay entre un hombre con la cultura y la clase de Ignacio y una aprendiz de vampireza revolcada como vos.
Ya no escuchó las sarta de malas palabras que Romina le lanzó, caminó con paso decidido hacia la mesa, con un porte que causaba entre admiración y deseo... fue conciente de eso y por primera vez en su vida sintió que podía llevarse el mundo por delante sin que nada le importara, por primera vez en su vida se sintió segura, con todos y cada uno de sus defectos.
—¿Bailamos? —invitó Bruno y la noche siguió entre algodones rosados y perfume de incienso.

Despertó cerca del medio día, todavía vestida y encontró una nota de Bruno sobre la mesa del living:
“Te traje y ahora me voy. Creo que tomamos mucho campange, no escribo más porque se me mezclan las letras. Chau”
Ella sonrió con la esquela y la releyó en una especie de “dialecto borracho” hasta que sintió una carcajada detrás suyo.
—Te sale bien ese tonito... yo diría que sos algo experta.
—No te burles porque me enojo —respondió ella
—¿Y...? ¿ te divertiste ayer?
—Mucho, y debo agradecértelo.
—No a mí, a ti misma a lo mejor.
—Voy a preparar algo para comer ¿qué se te antoja?
—Moriría pon unas milanesas con puré.
Mientras ella cocinaba, recorrió íntegramente la casa y distinguió enseguida los lugares que tenían el toque de Soledad, lugares que impresionaban como fuertes en una primera mirada y que en cientos de detalles demostraban su sensibilidad. Pensó en cómo era posible que existiera gente como ella, gente que se emocionara con cosas simples y que no viviera tan pendiente del qué dirán como tanto tiempo él lo había estado.
La miró mientras cocinaba, mientras Mística le reclamaba mimos enredándose en sus piernas.
—¿En qué pensas? —le preguntó ella mientras servía la mesa.
—En que me gustaría haber visto las cosas desde el punto de vista que las ves vos desde hace mucho tiempo.
—¿Y cómo crees que yo veo las cosas?
—No sé... podría decirse que menos superficialmente que yo.
Ella sonrió irónica, situando su vista lejos.
—No te dejes guiar por los espejismos, a mí me gustaría tener toda la plata que tiene tu familia y también la gastaría en un montón de cosas superfluas... la diferencia entre vos y yo o yo y cualquier chica de la alta sociedad es que yo no tengo ese dinero.
—Basta sólo escarbar un poco para darse cuenta que no es lo mismo... por ejemplo, si económicamente estuvieras como mi familia ¿qué harías?
—Bueno... me compraría una casa, un auto, lindos muebles, linda ropa... Mística tendría lo mejor en productos para animales... montaría la escuela técnica que siempre quise... publicaría mis libros aunque nadie los leyera... haría todas las cosas que nunca puede hacer por falta de plata y tendría todas las cosas que siempre quise tener...
—Hay cosas que el dinero no compra, y hay otras que el dinero deforma.
—No niego que tengas razón pero tampoco puedo negar que es una reacción lógica de la mente humana... somos hijos de la vida y actuamos, pensamos y sentimos de acuerdo a nuestras experiencias... si no se sabe lo que es trabajar duro para poder comer, no se valora el plato de comida que se tiene enfrente.
—Entonces nos excusas.
—¿A quienes?
—A nosotros... los nenes mimados de la clase alta.
—No los excuso, para mi son porcelana linda y hueca... pero no los odio, ni trato por cualquier medio de entrar en su mundo como Romina...
Él palideció.
—¿Porcelana linda y hueca?... no pensé haberte caído tan mal.
—Tonto, no me refería a vos.
El no volvió a pronunciar palabra mientras ella servía la mesa y exprimía algunas naranjas para el jugo.
—Te quedaste callado.
—No me hagas caso, —respondió mientras suspiraba— sólo estoy pensando.
Ella volvió a descubrir en su mirada ese dejo de tristeza que una vez había traspasado al papel, supo que no era momento de hablar y comió despacio, sin decir absolutamente más nada.
—También callaste... pasó algo.
—Hay momentos en los que no queremos hablar ni que nos hablen... me pareció que habías llegado a una de esas paradas.
Él la miró fijo y sonrió con una mueca que más parecía de ironía.
—Tenés la capacidad de leer la mente de las personas, eso da miedo... a mí y a cualquiera.
—¿Miedo porqué?
—Porque uno se siente desprotegido.
—No hay razón, además no leo la mente, sólo intento ver las cosas desde el ángulo de las demás personas.
—Creo que eso es ser un poco ingenua, los demás son demasiado egoístas para ver las cosas desde “tu” punto de vista.
—Estoy de acuerdo y muchas veces me reclamé a mi misma el hecho de ser tan “comprensiva” con los demás, pero siempre que intenté cambiar no me sentí bien conmigo misma.
—Y el dolor, y la desilusión... y la rabia que puede inspirarte gente como Romina?
—No sé.
—No podés decirme que no sabés.
—Bruno... “no sé”... nunca me creí la perfecta Sigmund Froid sabelotodo; simplemente es mi forma de actuar y de sentir.
—Una forma tonta de actuar y de sentir.
—Gracias por el elogio. —Respondió en voz baja.
—¿Lo ves? Deberías de enojarte por lo que acabo de decirte.
—Hay razones y motivos que no entenderías.
—¿Cuáles?
Mística trepó a la mesa de un salto y para Soledad fue la excusa perfecta para dar por terminada la conversación.
—¿Tenés hambre princesa? Vení, hoy te tengo un menú especial.
Ella dio de comer a la gata, levantó los cubiertos de la mesa y se escurrió dentro de la cocina buscando algo para el postre.
Cuando volvió con un par de manzanas, él la miraba furioso.
—Estabamos hablando... y aparte de que es de mala educación dejar plantado a alguien, a mi particularmente me resulta muy molesto.
Ella también endureció sus rasgos, y aunque no subió su tono de voz, sus palabras resultaron demasiado firmes:
—Punto uno: Con el grado de terquedad y egoísmo que ahora mismo estás demostrando, definitivamente hay razones y motivos que no entenderías. Punto dos: hay cosas de mi vida que no me gusta admitir aunque sean ciertas, y es “mi” derecho, no voy a dejar que violes ese espacio. Punto tres: Odio que me critiquen sin tener una base sólida sobre la que fundarse, y vos no la tenés porque sabés muy poco de mi. Espero haber sido clara.
Bruno suspiró, murmurando un “Sí, lo fuiste”.
Él alzó la gata que se le enredaba entre las piernas buscando mimos.
—Mística... —dijo en voz baja mientras jugueteaba con sus bigotes.— Me voy... gracias por el almuerzo.
Ella no reaccionó, lo siguió hasta la puerta y le dijo “Adiós” en cuanto traspasó el umbral. Se culpó después, cuando volvió a la sala vacía y se sintió otra vez sola.
“Después digo que no soy yo... que son los demás... y sin embargo corro a cuanta persona se me acerca.”
Salió a comprar el diario, en búsqueda de un nuevo trabajo después de su último ataque de heroína, pero no pudo concentrarse en una sola página en más de una hora.
Una vez más agarró a Mística y se fue al parque, a dejar que su mente buceara en sus complejos mientras ella acariciaba la gata dormida en su regazo.
Oscurecía ya, cuando sintió que alguien se sentó a su lado en el banco despintado.
—¿Cómo se llama? —preguntó Bruno acariciando el lomo del animal.
Ella lo miró confundida, pero contestó
—Mística, ya lo sabés.
—Sí, lo sé, pero quiero empezar de nuevo para que hagamos de cuenta que hoy no nos peleamos.
Él consiguió arrancarle una sonrisa.
—Te voy a decir algo, y quiero que me respondas sinceramente. Tengo un problema grave... muy grave, me siento solo, estoy acobardado, creo incluso que lo que me pasa ahora me lo merezco y necesito un amigo... uno de verdad, uno que soporte mis arranques de nene mimado de la high, uno que me ayude a reconciliarme conmigo mismo. Sé que pedirte todo eso a vos es mucho porque ni vos ni yo nos conocemos bien... pero hay algo muy dentro de mí que me dice que no me estoy equivocando al decirte todo esto.
Ella lo miró fijo mientras él hablaba, su rostro en sí era inexpresivo pero él palpó dolor en su mirada.
—Bruno, vos querés alguien que te ayude a sobrellevar tus problemas, y yo ni siquiera puedo con los míos...
Él no dijo más nada y se levantó, caminó calle abajo sin siquiera despedirse y cuando llegó al hotel se sintió un egoísta.
Desdobló el resultado de la prueba y la leyó una y otra vez hasta que las palabras que se repetían en su cabeza perdieron el sentido. Bajó al bar, tomó un vodka... y otro, y un par más después y esperó que todos los demás se fueran para pedir al mozo que lo ayudara a llegar a su habitación.
Sintió vergüenza, asco... miedo... una sensación de ahogo insoportable que le nublaba los ojos y le mecanizaba el tiempo. Chocó con la cama y su embriaguez no le dejó llegar hasta el baño, cayó pesado sobre la alfombra parda y vió de cerca la profundidad de la miseria humana.

—Será posible que me sienta tan mal... acabo de dar la espalda a alguien que sólo se proponía ser mi amigo. ¿Qué me pasa Mística, es tanta la amargura que siento que ya ni siquiera puedo dejar de lado el egoísmo?
La gata maulló despacio y ella se imaginó la respuesta: “Sí, tu amargura es ya el colmo de egoísta”
Buscó a Bruno el día siguiente en la plaza, en la hamburguesería en la que habían ido, en las calles cercanas... ella también sintió vergüenza, asco... miedo... ella se odió por buscarlo sin siquiera saber qué haría después. Tal vez un “discúlpame”, tal vez la misma indiferencia del comienzo, tal vez un cohibirse extraño ante situaciones que sobrepasaban la propia forma de pensar... tal vez nada.
Pasó una semana y Soledad desesperó, el cargo de conciencia se hizo insoportable y ya no supo más que hacer.
—¿Qué me pasa? Siento que lo peor que hice en mi vida fue tratarlo como lo hice. Qué paradoja, cualquiera diría que tengo algo que ver con él.
Mística la miró de golpe y ella una vez más contestó como si la gata pudiera entender algo.
—Está bien Mística, voy a hacerte caso, no me daré por vencida, vamos a encontrarlo a como de lugar.
Tomó la guía de teléfono hasta dar con el apellido Camblong y suspiró cuando vio la dirección: “Primer Presidente 333”, intentó primero por teléfono pero quien atendió pidió cientos de identificaciones sólo para contestar que Bruno no estaba.
Se calzó un vestido cualquiera y unos borceguíes que la hacían parecer algo loca y revoltosa y salió. Mística maulló detrás de la puerta cerrada pero ella prometió traerle atún y la gata calló como si entendiera.
En la calle Soledad se sintió ridícula, pero no le importó demasiado... ya nada le importaba demasiado, la gente se le hacía navegantes sin rumbo fijo y ella no era otra cosa que otro barco sin timón dentro del mar.
Era de suponer que no podría ni siquiera traspasar el portón de entrada, los guardias formaban tan parte del muro como los ladrillos rojos y ella se sentó en la vereda de enfrente esperando sin saber que. Después de cuatro horas, la temperatura bajó y ella perdió ya todo rastro de paciencia, caminó un par de cuadras hasta la avenida principal y se increpó a si misma la tontería de estar allí buscando a alguien que apenas conocía.
Se quedó mirando a las prostitutas que se aglomeraban en la esquina y pensó que entre ellas, Romina y ella misma no existía ninguna diferencia... todas sobrevivían, con distintos principios tal vez, con distintas escalas de valores, con distintos sueños, pero con la misma vida que cuando menos pensabas te jugaba sucio y te mareaba.
Pasó por el supermercado y le compró un par de latas de atún a Mística, miró la gente, las cosas, las plantas, nada le tenía sentido y quería llorar, pero sus ojos estaban secos y sus pupilas apenas si se contraían por el efecto de la luz. Comprendió que debía volver, antes de que la misma incertidumbre que sentía la hiciera cometer una locura.
Pensó que podía soñar y que encontraría a Bruno delante de su puerta como en un cuento de hadas... pensó que él le diría “Quiero ser tu amigo aunque tengas SIDA y mi amistad te va a curar”... pensó que tal vez hasta podía llegar a enamorarse de él y que entonces por fin alguien la querría y sería feliz.
Pero el portal estaba vacío, y estaba oscuro, y no había nadie que al menos la saludara de paso. Subió las escaleras despacio, acarició a Mística con ternura mientras le servía su plato y como una autómata revolvió las cajas que Romina aún no había retirado hasta que encontró su frasco de sedantes. Se acomodó en el sillón y llamó a la gata para que durmiera en su regazo.
—Te quiero Mística, espero que entiendas... —y tomó diez píldoras, y otras diez y un par más que quedaban rezagadas en el fondo del frasco.









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Jocelyn Belaqua
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